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Hay detalles que pasan desapercibidos hasta que alguien los señala. En la nueva unidad de convivencia del Centro Polivalente de Recursos Valentín Palacio, en La Pola Siero, no hay un control de enfermería presidiendo el espacio ni un largo pasillo con puertas idénticas a ambos lados. Lo primero que aparece es un salón con sofás. Después, una cocina, una mesa puesta, fotografías familiares, sillones traídos de casa, plantas, una estantería con libros y un piano. Si no fuera porque todas las habitaciones están adaptadas y porque el edificio forma parte de una residencia pública del ERA, cualquiera podría pensar que acaba de entrar en una vivienda compartida.

Ese es precisamente el objetivo del nuevo modelo de cuidados de larga duración que el Principado está implantando a través de la Estrategia CuidAS, transformar la residencia en un hogar y sustituir una organización basada en horarios y rutinas por otra centrada en las preferencias de quienes viven allí.

Durante la visita, las responsables del centro repiten una idea casi como un mantra. «Hay que cambiar la mentalidad, empezando por el lenguaje», apunta Beatriz Cueva, directora del centro. «Intentamos decir que ellos no ingresan en el centro; ellos se mudan de su casa a otra casa. Hay que perder el concepto de que ingresas en un hospital o en una prisión. Esto es su casa y van a vivir aquí», añade.

Unidad de convivencia de la residencia Valentín Palacio de Siero
Unidad de convivencia de la residencia Valentín Palacio de Siero Héctor Herrería

La diferencia no es solo semántica. Se traduce en pequeños gestos cotidianos que modifican por completo la forma de entender la vida dentro de la residencia. Ya no existe una hora fija para levantarse o acostarse, ni todas las personas realizan las mismas actividades al mismo tiempo. Si alguien quiere dormir un poco más, puede hacerlo. Si otro desea quedarse viendo un partido de fútbol hasta el final, también. Rebeca Rodríguez, una de las auxiliares que comparten el día a día con los residentes, recuerda el ejemplo del último Mundial: «Antes, si el partido terminaba a las once de la noche, el cambio de turno obligaba a acostarlos antes. Ahora intentamos propiciar esos espacios para quien quiera disfrutarlo».

La misma filosofía se aplica a las actividades. En lugar de proponer ejercicios iguales para todos, se busca que cada persona siga haciendo aquello que ha formado parte de su vida. «Una terapia con plastilina... Si nunca fuiste a la escuela y jamás utilizaste plastilina, quizá no tenga sentido. La misma terapia puede ser hacer pan, amasar harina y agua o pelar unos calabacines para preparar un puré. El objetivo es el mismo, pero conectado con cada persona», explica Rodríguez.

Esta individualización está presente en todos los rincones. Las habitaciones se decoran con fotografías familiares, cuadros, muebles o butacas procedentes de las antiguas viviendas de los residentes. «¿Tienen una butaca que guardan con especial cariño? Pues la traen. Nos hace falta aquí porque esto también es su casa», explican. Incluso existen apartamentos adaptados para matrimonios, con una pequeña sala de estar, dormitorio y baño, para que las parejas puedan seguir viviendo juntas.

Habitación de la unidad de convivencia de la residencia Valentín Palacio de Siero
Habitación de la unidad de convivencia de la residencia Valentín Palacio de Siero Héctor Herrería

La sensación de hogar también se construye con las historias de quienes habitan el centro. Angelina Huerta, por ejemplo, vive acompañada de Pepín y Sonia, dos muñecos que no la dejan sola en ningún momento. El personal cuenta que, antes de trasladarse a esta unidad, Huerta pasaba gran parte del día intentando marcharse y sometida a un duro tratamiento médico para equilibrar su comportamiento. «Estaba muy alterada, quería escapar continuamente. Ahora no toma medicación y está siempre tranquila y sonriente», comenta el equipo de auxiliares.

Unos metros más allá vive Mari, la residente de mayor edad. Tiene 102 años y todavía recuerda con naturalidad las tres décadas que pasó en París. En otra habitación aparece una camiseta del Sporting firmada especialmente para Jorge. Y en el salón, Rosita Embil, antigua organista de La Pola se sienta al piano e interpreta de memoria varias piezas mientras el resto de residentes la escuchan.

Angelina Huerta, residente, y Rebeca Rodríguez, auxiliar
Angelina Huerta, residente, y Rebeca Rodríguez, auxiliar Héctor Herrería

La participación va mucho más allá de decidir qué hacer durante el día. También colaboran en la decoración de los espacios comunes. Un ejemplo lo ofrece un antiguo decorado que, en principio, iba a retirarse. «Les gustó tanto que no querían quitarlo. Después pidieron hacer un lavadero y lo construimos entre todos. Participan en la idea, en la elaboración y en la decoración».

Las propias trabajadoras reconocen que el cambio también ha transformado su manera de entender el trabajo. Las auxiliares dejan de limitarse a cumplir tareas para convertirse en la figura de referencia de cada residente. «Son el alma de todo esto porque son quienes más tiempo pasan con ellos», resume Nerea Monroy, gerente del ERA. Rebeca Rodríguez lo tiene claro: «Yo no volvería a trabajar como antes. Aquello era una tarea estricta, un horario marcado: 'Ahora te levanto, ahora al comedor'. Aquí cada día es diferente».

Ese ambiente más doméstico también ha cambiado la relación con las familias. Es habitual que hijos o nietos entren simplemente a tomar un café o compartan el vermú con sus padres. «Hay quien dice que viene a tomar el vermú a la residencia de su madre, y la gente se sorprende. Pero esa es precisamente la idea», señala Beatriz Cueva.

Beatriz Cueva, directora de la residencia de mayores Valentín Palacio de Siero
Beatriz Cueva, directora de la residencia de mayores Valentín Palacio de Siero Héctor Herrería

Otro de los pilares del proyecto es la eliminación de las sujeciones físicas. El centro presume de ser el primero de Asturias libre de contenciones. «Nos parece normal ver a una persona sujeta durante todo el día y no nos llama la atención, cuando nadie aceptaría ver a un animal atado permanentemente», reflexiona Cueva, convencida de que muchas prácticas responden todavía a un modelo excesivamente sanitario. «Durante años solo se priorizó la salud medida por un termómetro. Nosotros queremos mirar también cómo vive la persona», sentencia la directora.

Las nuevas unidades de convivencia son todavía una experiencia incipiente en Asturias. La de Pola de Siero, en la que el Principado ha invertido 195.653 euros con financiación europea, dispone de doce habitaciones individuales con baño, cocina, comedor y espacios diferenciados para la convivencia. Es la segunda puesta en marcha por el ERA, tras la de Arriondas, y forma parte de un despliegue que continuará en otros centros de la red pública.

Al abandonar la residencia queda una sensación difícil de resumir. No es solo que haya muebles distintos o una cocina abierta. Es que, durante toda la visita, apenas se habló de camas ocupadas, protocolos o plazas residenciales. Se habló de gustos, de costumbres, de recuerdos, de partidos de fútbol o de salir a comprar al supermercado. En definitiva, de intentar que una residencia se parezca un poco más a aquello que cualquier persona identifica como su hogar.