El corazón dividido: de Guatemala a Asturias y viceversa

El guatemalteco Raúl Fernández cuenta cuáles son las principales diferencias culturales entre España y su país de origen

Raúl Fernández (a la derecha) junto con su padre, de origen asturiano
Raúl Fernández (a la derecha) junto con su padre, de origen asturiano

Un viaje siempre se debe de empezar con el primer paso. En mi caso yo seguí los pasos de mi padre, pero a la inversa. Cuando él tenía 16 años decidió embarcar a América en busca de un futuro mejor, mientras que yo decidí embarcar en un avión hacia España en busca de una oportunidad. Muchos dirán que suele ser lo común hoy en día, que sean los americanos los que viajen para poder trabajar. Mi intención no era esa, yo iba con un sueño que todo niño tiene, sin importar de dónde sea: ser futbolista profesional. Con pasaporte y botas en mano, en el año 2013 tomé ese avión que cambiaría el rumbo del resto de mi vida.

A mi llegada caigo en las instalaciones del Real Oviedo con el fin de poder quedarme en su cantera. Pero por razones de espacio y deportivas del club deciden que no es mi momento para estar ahí. Es entonces cuando un club pequeño pero de grandes ambiciones me abre sus puertas: Juventud Estadio. Este club se convertiría en mi segunda casa durante los siguientes dos años, donde viviría una gran cantidad de momentos maravillosos, rodeado de un grupo humano excepcional.

Sin embargo, mi vida en España no fue todo fútbol. Mi padre es originario de Casas del Puente, en el concejo de Salas y anualmente veraneábamos en un pueblo contiguo, Cornellana. Allí tenemos un piso que se convirtió en mi humilde morada durante mi estancia en España. Cornellana resultaba ser un pueblo acogedor y alegre durante el verano, pero en invierno es frío y desierto. Acostumbrado a verlo siempre soleado y lleno de vida me resultó realmente impactante verlo casi vacío. El clima tampoco ayudaba. En Guatemala es raro el día en el que el termómetro marque menos de diez grados por lo que, cuando llegaban las famosas heladas, yo no quería ni salir de la cama. 

Dejando a un lado el clima, mi estancia en Cornellana me hizo darme cuenta de lo diferentes que son las vidas de un lugar a otro. La cultura del café con leche a media mañana, los vermús de los domingos o empezar la fiesta a las doce de la noche y regresar a las ocho o nueve de la mañana. Eran cosas a las que yo no estaba acostumbrado. Me di cuenta que lamentablemente yo no tenía mucha libertad en Guatemala. La inseguridad que se vive en mi país es un cáncer que se sigue expandiendo y me hizo apreciar el hecho de poder caminar tranquilo por la calle a altas horas de la noche sin el miedo de que algo malo me pueda pasar. De todas las diferencias sociales, que son infinitas, esa fue la que más me impactó y más disfruté. 

El racismo, presente en mi estancia

Desgraciadamente no todo fue bueno siempre. Me di cuenta de que, efectivamente, sigue habiendo discriminación y algo de racismo hacia la gente latinoamericana. No quiero decir con esto que toda España o Asturias sea así, pero sí me di cuenta de que no son muy reacios a la gente de fuera, teniendo en cuenta que hace 60 años fueron ellos los que se fueron a buscar esas mismas oportunidades a otros países, en su mayoría latinoamericanos. Tal y como hizo mi padre. Palabras como «sudaca», «panchito» o «guachupino» eran bastante habituales. Mi apariencia no es precisamente la de una persona de Guatemala: soy de piel muy blanca, alto y con el pelo casi rubio, lo que es muy poco común. La gente descubría que era de fuera cuando me escuchaban hablar. Ahí era cuando siempre me decían algún comentario fuera de lugar, no en mi contra, sino en contra de mi cultura. 

La vida en Asturias, la mejor experiencia

Actualmente ya no vivo en Asturias, sino que he regresado a Guatemala. De mi estancia allí prefiero acordarme de lo bueno: las famosas fiesta de prao (Nuestra Señora de Cornellana, el Xiringuelo, el Carmín de la Pola...), las buenas amistades y buenas personas que me encontré en el camino. También esos paisajes y esa naturaleza que solo Asturias da, el poder andar en bicicleta por la carretera en verano, disfrutar de los baños en el río, las idas a la playa después de una noche de folixa. Los fines de semana en el Carlos Tartiere o esas frías noches de invierno tomando un buen pote de berzas. Sin duda Asturias influyó mucho en la persona que soy hoy, para lo bueno y para lo malo. Ese paisaje verde y todas las personas que me encontré en el camino siempre estarán en mi corazón. 

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