Nueve años «descifrando» el chip belga

Ana Furones es una ingeniera de software avilesina que descubrió su nuevo hogar gracias a un Erasmus de fin de carrera

La avilesina Ana Furones, en Leuven
La avilesina Ana Furones, en Leuven

Redacción

Un Erasmus de fin de carrera hizo que Ana Furones descubriese una realidad que le acompaña desde hace casi nueve años en su vida diaria. En septiembre de 2010, esta avilesina llegó a Bélgica para desarrollar un proyecto final. Lo que en principio era un viaje para acabar sus estudios acabó por ser el descubrimiento del que sería su nuevo hogar, donde trabaja como ingeniera senior en una empresa de desarrollo de software financiero. La crisis económica española, junto a las condiciones laborales que le ofrecía el país belga, fueron las principales razones para que la asturiana se decantase por su estancia en Bélgica. Una vida en la que su pareja ocupa un papel importante, ya que emigró junto a la avilesina y eso ayudó a que la asturiana pudiese amoldarse mejor a su nuevo hogar.

Su proceso de adaptación a las costumbres belgas no fue complicado, ya que su pareja contaba con algún familiar en este país que llegó al mismo en la oleada migratoria asturiana de los 60-70. Este hecho permitió a ambos contar con una persona a la que acudir en caso de necesidad. Además, al haber cursado un año en Bélgica con la beca Erasmus, todo fue más sencillo para la asturiana. Sin embargo, lo más duro para Ana Furones fue un factor al que los oriundos del Principado están habituados: el mal tiempo. «A pesar de que en Asturias estamos acostumbrados a que esté nublado y llueva, el hecho de estar en Bélgica a veces incluso semanas sin ver el sol deprime un poquito», comenta.

La avilesina afirma sentirse sorprendida por cosas que, a pesar de que se traten de tópicos contrastados, no dejan de asombrar. La seguridad es una de las cuestiones que más le chocan, así como la flexibilidad laboral, el hecho de poder conciliar la vida personal y trabajo de forma fluida, gracias a los horarios, que se adaptan mucho a las necesidades de los trabajadores. «Puedes dejar una bici sin candado por la calle que, al volver, sigue ahí. La vida privada, por otra parte, es muy sencilla de compaginar con el trabajo», comenta. La reacción de los belgas ante el sol es una cuestión que no deja de sorprender a la avilesina. «En cuanto hay un rayo de sol la gente se vuelve loca y sale a la calle, o se va a un parque, lago o a la costa», explica.

La socialización es uno de los aspectos que peor lleva Ana Furones, debido a una serie de complicaciones inherentes a la cultura belga. «Es muy difícil hacerte amigo de un belga porque suelen formar parte de círculos cerrados, y muchas cosas se complican en exceso por las tres lenguas cooficiales, que obstaculizan el entenderse con ellos». La vida social asturiana dista mucho de la forma de entender las relaciones personales y laborales en Bélgica: un país donde los compañeros de trabajo no suelen quedar a tomar algo después del trabajo. El contraste entre ambas formas de concebir las relaciones personales es muy marcado. «Es raro quedar con los compañeros de trabajo después de las horas de oficina. Normalmente, cuando la jornada acaba los belgas vuelven directamente a casa para estar con su familia o con sus amigos de siempre», señala. La forma de planificar un cumpleaños también refleja las diferencias culturales entre Asturias y Bélgica: para planear una celebración en este país, se debe realizar con semanas de antelación para cuadrar la disponibilidad de todos los asistentes.

A pesar de las evidentes disparidades entre ambas culturas, lo asturiano siempre ha estado muy presente en Bélgica, donde muchos emigrantes viajaron en las décadas de los 60-70 para buscarse una vida que no podían encontrar en el Principado. Además, el centro asturiano de este país es un punto de encuentro perfecto para todos los expatriados, que pueden compartir experiencias mientras degustan productos típicos de la tierrina. «Podemos ir al centro asturiano a beber unas sidras, comer un poco de picadillo o de cabrales, o simplemente juntarnos con otros expatriados cuando nos entra la morriña», afirma. Las celebraciones asturianas también se adaptan a lo belga, y prueba de ello es la forma de festejar el Día de Asturias en Bélgica. «Para celebrar esta fiesta, se viste al Manneken Pis (la pequeña estatua del niño meón que es uno de los símbolos de Bruselas) con el traje típico asturiano, ¡y mea sidra durante una hora!», señala.

La distancia de la avilesina con su tierra natal acentúa de forma muy pronunciada las cosas buenas y malas de la región. Aspectos como la gastronomía, el calor de la gente o la naturaleza son factores que Ana Furones echa mucho de menos del Principado, aunque existen algunas realidades asturianas que no echa en falta. «La contaminación que hay en la región, la falta de trabajo, y la mentalidad reticente a los cambios y la ausencia de un segundo idioma son algunos de los factores negativos de la tierrina», sostiene.

Ana Furones vuelve una o dos veces a Asturias cada año, tiempo suficiente para que la avilesina dé buena cuenta de la situación social y económica del Principado. La emigración de sus amigos y conocidos a otras ciudades de España o del extranjero es una realidad que vive la avilesina cada vez que retorna a su región natal. Una tierra que, según señala, sigue más o menos igual que a su marcha en 2010. Encantada con su vida en Bélgica, no descarta volver a España, aunque entre sus destinos no se encuentre el Principado. «En caso de volver, sería a una provincia que me ofrezca las oportunidades laborales que no existen en Asturias», confiesa. Nueve años después de aquel Erasmus que le descubrió una nueva vida, la avilesina sigue  «descifrando» el chip belga. 

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