La asturianía no entiende de fronteras: se lleva por dentro

Las raíces de Verónica Crespo son asturianas y, a pesar de que ella nació en Oviedo, se ha criado en Móstoles. Ahora vive en Francia, pero esté donde esté, se siente 100% asturiana

Verónica Crespo, una asturiana que trabaja en Francia como auxiliar de conversación, con niños de entre 13 y 18 años
Verónica Crespo, una asturiana que trabaja en Francia como auxiliar de conversación, con niños de entre 13 y 18 años

Redacción

Hay varios dichos que aluden a que uno no define de donde es según su lugar de nacimiento, como el famoso «no se es de donde se nace, sino de donde se pace», pero aún así son muchos quienes realmente tienen arraigado en sí el sentimiento de pertenencia a la tierra que le vio nacer. Este es el caso de Verónica Crespo. Su familia, tanto por parte de madre como de padre, es asturiana, y a pesar de que poco después de casarse sus padres se mudaron a Madrid, por azares de la vida a ella también le tocó nacer en el Principado, lo que le hace sentir 100% asturiana.

«Yo nací en Oviedo porque como iba a nacer en agosto, a mi madre le recomendaron que con el calor que hace en Madrid, si tenía la oportunidad de irse al norte, que se fuera. Y por eso tengo la gran suerte de ser asturiana», explica con alegría Crespo. A pesar de haber vivido toda su vida en la capital española, adora Asturias como si se hubiera pasado toda su vida entre los inmensos y verdes prados del Principado. «Desde bien pequeña, como toda nuestra familia seguía en Asturias, íbamos con mucha frecuencia. Recuerdo pasarme meses enteros allí, y además tenemos una casa en Villahormes, cerca de Llanes, de donde es la familia de mi padre. A mi me encanta, y aunque no cambiaría Móstoles por nada del mundo, me siento muy asturiana de corazón», cuenta Verónica Crespo.

Veronica Crespo vestida de llanisca
Veronica Crespo vestida de llanisca

Pero ahora la vida la ha llevado por otros derroteros, y no reside ni en Asturias, ni en Madrid, sino en un pueblo cercano a Limé, Francia. Allí se encuentra realizando una beca de auxiliar de conversación orientada para estudiantes de lenguas modernas, carrera que Crespo finalizó el pasado año y que estudió en la Universidad Complutense de Madrid. «Ahora trabajo con niños de entre 13 y 18 años. No exactamente como profesora, ya que no hago las mismas horas que un docente ni pongo notas, pero me centro sobre todo en incentivar la conversación. Así les ayudo a corregir errores, y que se suelten más a la hora de hablar enfocándose mejor en el trabajo oral, reforzando el vocabulario», cuenta la asturiana.

Está encantada con esta nueva experiencia, aunque aún hay cosas sobre las costumbres francesas a las que no está hecha del todo. Los horarios de comida, o el concepto de fiesta de los franceses, distan mucho de los que Crespo está acostumbrada. «Lo normal aquí es que la gente coma sobre las 12:00 o las 12:30, y si quiero comer en la cafetería del instituto en el que trabajo, toca adaptarse. Además, el tema de la fiesta es diferente. Aquí se sale muy pronto, o hacen fiesta en casa, pero es normal teniendo en cuenta que los precios son abusivos. Tienes que buscar mucho para encontrarte un bar en el que medio litro de cerveza te salga por menos de cinco o seis euros, pero también es verdad que como estamos muy cerca de Bélgica, la cerveza es buenísima», argumenta.

Por el momento, se quedará hasta mayo en Limé, y su objetivo es poder repetir esta experiencia. «Barajo varias posibilidades, como repetir la beca en otro sitio, o volver en verano a casa e intentar repetir aquí el curso que viene. Me gustaría quedarme aquí un año más, quizás encontrar un trabajo, y si no buscar otro país en el que pueda trabajar en algo parecido a un consulado, ya no tanto centrándome en la enseñanza, sino a algo más internacional», cuenta la joven. «Aunque es un futuro incierto, y más en la situación actual que estamos viviendo», reconoce la ovetense.

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