Con mascarilla y a dos ruedas: «mi nueva normalidad» en el Erasmus

La asturiana Graciela Díaz cuenta su experiencia de vivir dos «mitades» de su beca Erasmus, con una pandemia mundial de por medio

La asturiana Graciela Díaz en la rivera del río Weser, Bremen
La asturiana Graciela Díaz en la rivera del río Weser, Bremen

redacción

Escribo estas líneas desde el Rhododendron Park, uno de los tantos rincones verdes de la ciudad alemana de Bremen. Los senderos del jardín están repletos de gente corriendo y paseando. A lo lejos se escuchan las voces de un grupo de niños que juega un partido de fútbol. En este floreado rincón cercano a mi casa, parece como si los últimos meses hubiesen sido una extraña pesadilla. Pero las mascarillas en el tranvía y en los supermercados, y los avisos que advierten de la importancia de respetar la distancia de seguridad, son un pellizco doloroso que recuerda que todo lo vivido ha sido real; aún seguimos conviviendo con el virus.

Atrás quedan los meses en cuarentena que viví en Asturias de casualidad. La decisión de regresar a España no se debió al coronavirus. Tenía vacaciones y había decidido volver a casa para estar unos días con mi familia y amigos, por lo que el viaje fue normal. Me encontraba volando hacia Madrid justo en el momento en el que Pedro Sánchez declaraba oficialmente el estado de alarma. Llegué a mi pueblo, Piedras Blancas, para ver cómo todos los negocios considerados no esenciales cerraban. La cuarentena empezó con la perspectiva de volver a Bremen en un mes, pero a medida que pasaban los días, la posibilidad de retomar el Erasmus parecía cada vez más complicada. La Universidad Carlos III me ofreció cancelar la beca y acabar el año académico como estudiante regular, pero yo preferí continuar con el curso en el extranjero, aun cuando todo apuntaba a que este iba a ser online. A finales de abril mis sospechas se cumplieron y las clases del segundo semestre empezaron de forma telemática. Solo un mes después, y tras mucha búsqueda de papeles y viajes posibles, logré volver a Alemania en un vuelo de servicios mínimos para poder decirle adiós a la experiencia Erasmus

De vuelta a Bremen, la bicicleta se ha convertido en mi mejor amiga. Los días se resumen en largas rutas sobre ruedas por las extensas zonas verdes de la ciudad-estado, combinadas con reuniones por ordenador y paseos a orillas del río Weser. Las instalaciones de la Universidad siguen cerradas y muchos de los locales a los que acostumbraba a ir habitualmente también. Donde todo era ajetreo y viajes, ahora reina la tranquilidad y el echar de menos a mucha gente que no ha podido volver. 

Dicen que el Erasmus es una experiencia que te hace crecer como persona. Vivirlo en medio de una pandemia mundial ha sido triste, pero también ha servido para que ese crecimiento sea innegable y evidente. De este año me quiero quedar con lo bueno, sin olvidar estos meses de incertidumbre que me han hecho sentirme aún más afortunada si cabe por haber podido disfrutar de esta experiencia. Brindo, con una cerveza Beck’s en mano, porque la «nueva normalidad» siga incluyendo la posibilidad de que los universitarios puedan vivir el Erasmus. Prost!

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