M anuel Fraga, hijo adoptivo de nuestra ciudad, amó con todas sus fuerzas a Galicia, y Galicia le correspondió. Entregó lo mejor de sí mismo por su tierra. Concibió para ella sueños de convivencia y bienestar que se cumplieron. Imaginó un galleguismo amable y conciliador, y logró que su pueblo se sintiera cómodo en él. Su legado queda en forma de palabras, de actitudes y de realizaciones. No hay un rincón de nuestra comunidad donde no haya una huella, un recuerdo, una presencia de don Manuel.
En estos momentos de incertidumbre, don Manuel nos deja el ejemplo del político comprometido que sabe caer y levantarse, sin abdicar nunca de sus principios. Entendió la política como un servicio. Dejó de lado cualquier egoísmo en pro de grandes aventuras colectivas. Supo ayudar a la reconciliación de los españoles, y logró que los gallegos recuperasen su autoestima. La democracia española y la autonomía gallega llevan para siempre su sello. Los españoles y los gallegos ya lo hemos colocado en un lugar preeminente de nuestra historia.
Como un homenaje y una aportación a Marcel Proust, don Manuel tituló uno de sus libros de memorias En busca del tiempo servido. Su tiempo no fue perdido sino servido. No hubo causas democráticas o autonómicas en las que no se involucrara con una pasión que no hizo menguar la edad. No conocía el cálculo egoísta. No iban con él las cautelas propias del político sin convicciones que se deja llevar por el viento. Prefería equivocarse a inhibirse. Prefería emitir la opinión chocante antes que refugiarse en la ambigüedad.
La idea de servicio es casi una obsesión. La política como servicio. La política como puesta en práctica de unos valores comunitarios que el político encarna. Si hay políticos que van de arriba abajo, don Manuel es un prototipo de los que conciben la vida pública como un acudir constantemente al ciudadano común. La gente es la principal inspiración del hombre que nos acaba de decir adiós. Su idea de una mayoría natural no es otra cosa que la opinión del hombre de la calle, transformada en programa.
Esa forma de entender la política se manifiesta especialmente en Galicia. El secreto de la identificación que logra establecer Fraga con los gallegos está ahí. Los gallegos vieron en él a alguien que ponía a su servicio experiencia y sabiduría. Vieron en él a alguien que los entendía y comprendía. En unos momentos en los que la autonomía zozobraba, don Manuel es el emigrante retornado dispuesto a trabajar por su tierra. Ofrece ideas claras, entrega, entusiasmo, energía. Galicia recibe el mensaje y lo responde con un apoyo democrático del que no gozó ningún dirigente occidental.
Fraga no se resigna al tópico de la Galicia entregada a un destino funesto. Demuestra que la política es útil para lograr que un país resucite y emprenda un camino nuevo. He ahí una hermosa lección para los tiempos que corren. Hay un tipo de política capaz de cambiar el rumbo de las cosas. Quien lo dude, que acuda al ejemplo que nos deja don Manuel. Un político honrado y trabajador.
Como persona que ha trabajado a su lado, solo puedo expresar mi orgullo y emoción en estos momentos. He tenido la oportunidad de haber estado junto a un gran hombre, y por ello me siento un privilegiado. Espero ser un digno discípulo de su manera de entender el servicio público. Como todos los coruñeses, hoy siento que España y Galicia han perdido a un magnífico servidor público.