Escuché a un viejo emigrante retornado que hablaba con mi padre una frase que yo adopté como divisa vital. Lo dijo con rotundidad. «Toda a terra é país». Hoy en este Alba de Groria del 25 de julio, recuerdo el texto de Castelao desde el exilio y contemplo a otros muertos ilustres en una santa compaña infinita y aseguro con García Márquez que uno es de donde tiene sus muertos.
Y medito sobre ese estado de ánimo que llamamos patria mientras suena en el desván de la memoria la canción de Brassens que reitera en una estrofa que «en el mundo no hay peor pecado que no seguir al abanderado», y concluyo, emulando a la canción del pirata que no duda en señalar que «mi única patria, la mar», que en mi caso es la lengua, mis dos lenguas, en la que me expreso ejerciendo mi oficio de escritor y la que acoge dando voz a mis sentimientos más íntimos. Acaso mi patria definitiva, última, esté en los libros, en todos los libros, los leídos y los por leer, los que he escrito y los que están por escribir.
Hoy, 25 de julio, miré con Quevedo «los muros de la patria mía» y me di de bruces con un paisaje que no reconocía. No estaba Meendiño, ni Pedro Madruga, eché de menos al Maestro Mateo y a la monja Egeria, a San Rosendo y a Gonzalo de Dumio, se desvanecieron las figuras del pórtico de la Gloria y Galicia era solo un espejismo, un alalá perdido en el eco que el viento deshilachaba corriendo por los valles. Y recuperé fragmentos de un poema de Mario Benedetti que me conmovió cuando los leí por vez primera y que dicen: «Quizá mi única noción de patria/ sea esta urgencia en decir nosotros, Quizá mi única noción de patria/ sea este regreso al propio desconcierto». La patria ha sido la cortazariana casa tomada que resiste por ahora los embates de la memoria colectiva con Galicia como ocasión perdida.
Y en esta Quintana dos Mortos ya no hay banderas que convoquen plurales. Galicia es un proyecto errático, la santa compaña que evocaba Castelao en esta fiesta mayor del país, vagando desnortada por caminos, por todos los caminos del poniente.
Sé bien cuál es mi origen y mi destino. Doy como Juan Sin Tierra, como Ashaverus, el judío errante, la vuelta al mundo sin sosiego, haciendo del viaje fe de vida, para llegar al lugar de donde partí, al pueblo donde vi la mar, al que me regaló la luz y me obsequió la lluvia, al que un día llegaré a rendir viaje y me permita entrar por la puerta abierta de la eternidad. Acaso eso sea mi concepto de ser, mi origen primero con Galicia como referencia primera y definitiva. Y lo digo hoy, 25 de julio, mientras desovillo, desmadejándola, la palabra patria, que tal día como hoy brota en los labios de miles de gallegos como una feliz canción campesina llena de fiesta y de esperanza.