La herencia que nos dejó el terremoto del 15-M

Un lustro después de que los ciudadanos salieran a la calle para convertir la indignación en protesta, analizamos las cinco cosas en las que se ha traducido el movimiento social más importante de los últimos años

Recuerda en imágenes el 15-M en Galicia Las asambleas y las acampadas no se quedaron en la madrileña Puerta del Sol. Las ciudades gallegas mantuvieron durante semanas una participación activa en este movimiento ciudadano cuyo legado sigue presente.

Cinco años cumple ya el sonado movimiento 15-M. Aquel que fue capaz de convertir la indignación en protesta. El que llenó la plaza de Sol de un germen crítico que poco a poco se fue contagiando en cada rincón de la geografía española y que hoy, cinco años después, ha dejado una herencia que se deja sentir en las poltronas políticas.

El 15-M consiguió comenzar a deshilachar las cuerdas que formaban el encorsetado sistema político. Fue la chispa que encendió la reclamación. Pero sobre todo, fue el empujón definitivo para que eso que llaman nueva política aterrizara definitivamente en el sistema. Algunos presumen que tras este movimiento la política dejó de ser cosa de élites. La politización caló en otros sectores. Otros echan el ojo a la realidad. Con unas segundas elecciones a la vuelta de la esquina y un parlamento en el que el bloqueo político de unos y otros ha provocado que el único cambio sea el color de las sillas, hay quien se pregunta si eso que muchos presumen como cambio es en realidad el mismo lobo con otra piel de cordero.

Entonces, ¿qué nos ha dejado el 15-M? 

1. Otra forma de participar

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Fueron muchos los que cayeron en la cuenta de que sus voces también contaban. Pero no si se erigían en bares y corrillos. El 15-M promovió otras formas de participar. Fórmulas alternativas que recogieron algunas fuerzas políticas. Al menos de las que presumen algunas de estas formaciones. Los círculos de Podemos revolucionaron el modelo. Cambiaron la partida de ajedrez que desde hace años jugaban entre dos. Sus efectos quizás no fueron tan eficientes. La mano de algunos dirigentes, que movieron a placer las decisiones que salían de estos grupos ciudadanos, corrompieron en cierta medida la naturaleza de participación popular en la que querían convertirse. Pero es indudable que algo nos han dejado. 

Conscientes de que algo estaba cambiando, partidos tradicionales como el PSOE decidieron escuchar lo que se decía por abajo. Por sus bases. En estos últimos años se ha abandonado el dedazo. Se han iniciado procesos de primarias y las bases han empezado a tener algo que decir. Incluso el reacio Partido Popular, el de más férreas tradiciones, empieza a romper su cascarón. Dentro del partido hay voces con poder, como Cristina Cifuentes, que piden la inclusión de las primarias como un proceso obligatorio dentro de todos los partidos.

2. Ya no es cosa de dos

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Bipartidismo, alternancia, turnismo... Durante años escuchamos la misma retahíla. Un gobierno en manos de dos. PSOE y PP se repartían el pastel, del que un ínfimo pedazo quedaba en manos de partidos minoritarios. Los carteles que se colgaban en las fachadas de la Puerta del Sol resumían la situación en curiosas consignas: «PPSOE. Game Over» «PSOE, PP, la misma mierda es». 

Cinco años después, en el Congreso se habla otro idioma. La partida de dos ha empezado a ser un torneo en el que participan muchos. La Nueva Política -encarnada básicamente también en dos caras- ha entrado en las Cámaras españolas para cambiar completamente la jugada. Todavía queda por ver después del 26J en qué se traduce todo esto. Porque seis meses después de lo que parecía un giro de 180 grados, España sigue estancada en el «y tú más». Un viejo conocido.

3. Democracia transparente, o al menos translúcida. 

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El eco de aquellos gritos de Sol que pedían más y mejor democracia se han dejado sentir hoy en día. Al igual que el eco, han ido perdiendo fuerza, pero todavía se dejan sentir. El 15-M revitalizó una demanda que parecía herida de muerte. Porque los ciudadanos quieren saber y quieren acceder a todo lo que se trata desde los sillones que les gobiernan. ¿Quién y por qué decide? ¿A dónde va a parar lo que cada mes se paga en concepto de impuestos? ¿Cómo funcionan las cuentas de las administraciones?... Preguntas tan longevas, se rejuvenecieron. La corrupción empezó a convertirse en la ponzoña del sistema. Y una vez más la indignación preocupó a los de arriba. «No hay pan para tanto chorizo» o «Culpabl?$» se convirtieron en frases bandera en las manifestaciones que se empezaron a repetir por todas las ciudades españolas.

En noviembre del 2013 se aprobó la Ley de Transparencia. Un maquillaje que las administraciones aplicaron a sus maltrechas fachadas y que se tradujo en toda clase de sugerentes iniciativas. Páginas web, interminables documentos con todas las propiedades de los que nos representan, información al alcande de todos... Papeles mojados que siguen sin acabar con el arraigado mal de la corrupción, pero que suponen un paso más hacia el conocimiento de lo que se mueve por ahí arriba.

4. El sistema electoral, ese gran desconocido. 

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A pesar de que era el encargado de formar nuestros gobiernos, muchos desconocían qué era exactamente el sistema D'Hondt. En los últimos años ha ido calando la traducción del mismo. El 15-M ha sido capaz de introducir en la agenda política la necesidad de hacerle un pequeño lavado de cara al sistema electoral. Esta demanda, que antes no era ni mentada, empieza a aparecer en los programas electorales. Porque lo que antaño preocupaba solo a partidos como Izquierda Unida ha empezado a encontrar otros bandos en los que calar. Y a pesar de su nueva dimensión, se habla de ello, pero poca traducción obtiene. A día de hoy seguimos sin saber cuál es el plan B que pretenden.

5. Privilegios sí, pero limitados. 

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Los figurines encorsetados, la clase privilegiada, los candidatos alejados del ciudadano de a pie han dado paso a otra política. A la que viste como todos, a la que lleva rastas, a la que es como los demás. Eso que tanto se pedía en las plazas españolas sí que parece haber calado entre los partidos. Al menos en casi todos. 

Aquellos tiempos de vino y rosas, en los que el Congreso estaba reservado para la flor y nata de la sociedad han quedado atrás. El candidato del que presumir ya no es el que llena plazas de toros. Es el que da sus mítines en el rincón del barrio de toda la vida. El buen cabeza de lista ya no es el que se da baños de masas entre los suyos, es el que se atreve a colarse en el programa de máxima audiencia de la televisión. 

Tampoco se estilan los grandes lujos. Toca arrimar el hombro. Toca dejar de ser simplemente político para ser político ciudadano. Porque los que se han quedado sin casa, una lucha que se ha convertido en otra de las grandes herencias del 15-M, no admiten coches blindados o lujos a espuertas. Aquella España del pelotazo se terminó. Para los de abajo, y también para los de arriba.

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