El eterno retorno de la matraca «indepe»

Los politólogos vaticinan que los independentistas persistirán en su desafío al Estado, pero tendrán en cuenta que la Justicia actúa cuando se saltan las leyes


Ni los independentistas tienen la mayoría social que les permita volver a plantear su desafío al Estado ni los constitucionalistas han logrado desbancarlos, pese a la victoria de Ciudadanos. Los politólogos consultados por La Voz muestran su cautela sobre la posible incidencia de los resultados en el escenario electoral nacional.

¿Cómo hay que interpretar los resultados electorales?

Para María José Canel, «estamos ante unos resultados que permiten a cada bloque una interpretación a su favor». La catedrática de Comunicación Política explica que, para el constitucionalismo, «el 21D explicita que una mayoría social no quiere la independencia sino la unidad de España, y que las instituciones catalanas recuperen la normalidad, es decir, que pasen del procés a preocuparse de las necesidades de los catalanes». Por su parte, para el independentismo, «el 21D muestra que la normalidad a la que la gente quiere volver es a la restitución de la autoridad en Cataluña, terminar con el 155 y traer al Gobierno legítimo, argumento que además es fácil porque el presidente ‘exiliado’ es, precisamente, el ganador en su bando». Concluye que «la fotografía que arroja el 21D es la de dos Cataluñas».

«La movilización ha sido amplia en ambos bloques y, con ligeros corrimientos, la situación en lo básico sigue siendo similar a la anterior. ¿Para este viaje al punto de partida hacían falta las alforjas del 155?», se pregunta Carlos Barrera, experto en comunicación política. Para Fran Carrillo, los resultados demuestran que «Cataluña no es nacionalista, pero tiene un problema de nacionalismo, el encaje no es tanto con el resto de España como entre las dos formas de ver y sentir Cataluña».

¿Qué puede pasar a partir de ahora? ¿Seguirá el desafío independentista?

Para Barrera, «lo más lógico es que las fuerzas independentistas se pongan de acuerdo para formar un Gobierno; eso sí, con la incógnita de quién sería el presidente debido a los procesos judiciales en marcha». Señala que, «dado el tono desafiante empleado la noche electoral, cabe esperar que el desafío independentista continuará, si bien deberá reinventarse para no caer en repeticiones al fin y al cabo fracasadas». Carrillo no duda de que el desafío seguirá: «Solo hay que analizar las declaraciones de Puigdemont y Rajoy». «El independentismo ha perdido fuerza, no ha ganado las elecciones y solo representa un 47 % de la población, con todo esto es desaconsejable seguir en esta dinámica, sería temerario y suicida, pero están en ello», señala

Santiago Martínez vaticina que el más que probable Gobierno independentista «se basará en que ahora ha obtenido el refrendo popular para sus tesis independentistas y exigirá una negociación con Madrid, lo que pondrá en una situación complicada a Rajoy, puesto que ya no podrá hacer oídos sordos, los independentistas dirán que las urnas hablaron».

Canel estima que «aunque parece que nada ha cambiado, todo será distinto». En primer lugar, porque «excepto los cinco fugados en Bruselas, el resto del independentismo tiene experiencia de que la Justicia se aplica, y que saltársela puede tener importantes perjuicios personales». En su opinión, «esto marcará distintas intensidades en las motivaciones del secesionismo, con las consecuentes discrepancias a la hora de desafiar». En segundo término, porque «el constitucionalismo podrá esgrimir, ahora con mayor autoridad que antes, que lo que la mayoría de los catalanes piden es la unidad con España».

¿Cómo afectarán los resultados al escenario electoral nacional?

Canel considera que «trasladar los resultados del 21D a España tiene trampa: tanto PSOE como PP han perdido fuerza porque sus votantes han hecho la opción del voto útil». Señala que «en unas generales al conflicto independentista se añadirán otras cuestiones como la economía, las políticas sociales o la internacional». En su opinión, «el votante recalculará de nuevo, y en caso de que quisiera otra vez desvincularse de su partido habitual para dar utilidad a su voto, optará por Ciudadanos solo si considera que soluciona mejor que los demás el problema al que dé más relevancia».

Para Barrera, «es una incógnita, el PP ha salido notablemente dañado, también parcialmente Podemos y en alguna medida el PSOE». Pero destaca que «el comportamiento electoral particular en Cataluña no es exportable tal cual al resto de España. Queda mucho partido por delante a nivel nacional y el 'previsible' Rajoy ha dado muchas sorpresas y tiene una capacidad de supervivencia no desdeñable». Martínez estima que «es muy previsible un adelanto electoral porque la situación de Rajoy va a estar muy discutida y necesitaría que el presidente que negocie con Cataluña tenga suficiente legitimidad, el problema es que ahora Ciudadanos estaría de moda electoralmente hablando». «Podría ser una oportunidad para el PSOE si continúa el desgaste de Podemos entre el electorado de izquierdas», añade. Para Carrillo, puede haber un «efecto contagio del factor Ciudadanos en el votante de centro-derecha del resto de España, gran parte del cual observa con mayor simpatía la gestión que del caso catalán ha hecho el partido naranja». También apunta un «retroceso de Podemos, sin discurso y nadando en la ambigüedad».

El diálogo, una salida cada vez más complicada

Las elecciones catalanas han vuelto a evidenciar que Cataluña está dividida en dos bloques enfrentados y que las terceras vías parecen condenadas al fracaso. ¿Cómo se puede revertir esta situación de fractura? Según Barrera, «solo hay una manera, hablando y no imponiendo». El profesor de Periodismo de la Universidad de Navarra señala que «cuando no hay una mayoría social clara, no queda otra solución, cada bloque debe pensar que no puede hablar en nombre de toda Cataluña». Pero admite que «no es ejercicio fácil en las a actuales circunstancias, y menos con dos políticos graníticos como Rajoy y Puigdemont, poco dispuestos a moverse de sus posiciones». Para Martínez, «solo cabe la vía de la negociación, pero veo complicado el escenario de interlocución, puesto que la legitimidad constitucionalista en Cataluña la tiene Ciudadanos y no el PP, y es Madrid quien debe negociar, y en el bloque independentista hay división, ahora más si cabe tras las rencillas de la campaña». Carrillo considera que «lo de sentarse a hablar, cuando una de las partes miente reiteradamente, es complicado». En su opinión, «el independentismo usa la proyección freudiana de sus propios actos, acusa a la otra parte de unilateralidad, abusa de la palabra democracia y habla de votar como un ejercicio supremo que les han arrebatado, tres mentiras, tres falacias que usan a sabiendas de su efectividad».

Sin plan de acción

Carrillo sostiene que el Gobierno «debe construir mecanismos de comprensión, escucha, seducción y alteración de estereotipos para poder avanzar en el conflicto». Pero, añade, «no tiene un plan de acción que combine un discurso contundente contra la mentira nacionalista con nuevas caras que representen a un electorado que puede llegar a ser próximo».

Canel apunta otra dificultad para el diálogo: «Puigdemont, que utilizará el respaldo en las urnas para ganar su reputación internacional, quiere presidir la Generalitat, y hacerlo pasa por forzar al sistema español a mostrarse internacionalmente como antidemocrático, es decir, como obstructor de la soberanía popular expresada, ahora sí, en unas urnas legítimas». Este será «otro episodio complicado para la proyección de España fuera de nuestras fronteras, más quizá que el del 1 de octubre o el del recurso de Puigdemont a la Justicia belga».

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