El verano es para los supersalidos

Cuando llega la ola de calor hacemos un repaso al cine «teenager» de adolescentes pasados de hormonas, en el que la franquicia «American Pie», con la que Netflix aumenta su colección, es una de las joyas de la corona


Es un subgénero que nos acompañado desde hace casi cuatro décadas. La comedia teenager norteamericana pasada de hormonas nos ha concernido en algún momento a todos, por muy estupendos que nos pongamos en el trazado de nuestra memoria cinéfila. Sin duda, ninguno de estos títulos entra en el cuadro de honor de las películas que elegiríamos para llevarnos como náufragos en un bote a una isla desierta. Si usted todavía sostiene que salvaría de un incendio títulos como Porky’s, de Bob Clark, pues ya va siendo hora de que vayamos madurando.

Pero no todo es automáticamente desdeñable en esta abultada tienda de campaña del cine de acné y testosterona bizarra y humor de zafia cofradía colegial que, visto hoy, en muchos casos, no superaría los códigos de lo aceptable en una sociedad que trata de dejar atrás un género marcado a fuego por el territorio sin ley del hetero-patriarcado old style.

Las de culto

Pero hagamos historia: el subgénero de jóvenes ávidos de iniciaciones sexuales nada ejemplares nace justo antes de la castradora década de los 80 y la era Reagan: en realidad, solo un par de años antes, con dos películas que han entrado ya en la categoría de cine de culto: Animal House (Desmadre a la americana) y Meatballs (Los incorregibles albóndigas).

La primera, con la firma de John Landis, supuso la puesta de largo de un efímero pero poderoso icono pop: John Belushi y sus fiestas de la toga-toga. La segunda nos presentó, directamente llegado, como Belushi, del semillero del Saturday Nigth Live. Solo que Bill Murray vino para quedarse y hacerse un mito autorreferencial. Ambas películas comparten guionista, Harold Ramis, autor tiempo más tarde de comedias canónicas como Atrapado en el tiempo.

Podríamos hacer arqueología y remontarnos a las películas del dueto Annete Funicello y Frankie Avalon en la California sesentera de surf y curvas: Bikini Beach, Pijama Party o Cómo rellenar un salvaje bikini. Pero de todo eso hace más de medio siglo, así que no hagamos olas y volvamos al origen del cine supersalido que arranca en los 80.

En realidad, hay que soslayar la influencia que en estas comedias tuvo un género tan lejano como el slasher: películas donde un grupo de adolescentes iban siendo eliminados por un psycho-killer que siempre tenía el tozudo empeño de acuchillar primero a las parejas que practicaban petting sex. Vean la genuina Viernes 13 de 1980 y todo quedará aclarado.

Moralina

La ya citada moralina que protagonizó el Hollywood de los ochenta aparcó el sexo teenager con la ya citada y nada memorable franquicia de Porky’s y la que hay que entender hoy como una rareza fuera de su horma cronológica: Risky Business (1983), con Tom Cruise, nominado al Globo de Oro, y Rebecca de Mornay.

No es en modo alguno casual que la escatología, los chistes sobre sexo oral y la gomina seminal con la que los hermanos Farrelly repeinaron a Cameron Diaz llegase en los 90 clintonianos, con Dos tontos muy tontos y Algo pasa con Mary. Como tampoco es accidental el éxito taquillero y sociológico de la cadena American Pie: las salas se llenaban con adolescentes de edad muy inferior a los 18 años que los Estados Unidos del back to bassics de George W. Bush impusieron con la temida calificación R que en teoría excluía del acceso al que fue el precoz público natural de una función en la que todo parecía muy explícito aunque la carga de moralina final anulase los méritos de la osada función.

Sin duda, el padre padrone de la comedia (a)sexual del nuevo siglo fue Judd Apatow. Él fue capaz de proponer una maduración de sus claves con las notabilísimas Virgen a los cuarenta (2005), Lío embarazoso (2007) y, en ese mismo año, Supersalidos, como renacimiento a lo grande de la buddy-movie teenager.

Un cine en el cual saltaron al primer plano actores como Seth Rogen, Paul Rudd, Michael Cera, Will Farrell o Jonah Hill. Solo hay que ver la trayectoria posterior de Apatow, como productor de la serie Girls, para dimensionar su importancia como refundador de una educación sentimental.

Actores mártires

Y con Apatow centrado ya en el intimismo y el viaje interior, en 2011 se consagra el coloso de los road trips tan psicotrónicos como soterradamente existencialistas: Todd Phillips y su The Hangover (Resacón en Las Vegas), obra maestra que dejó todo sibilinamente preparado para que las comedias de gamberra buddy-movie alcanzaran las cotas de adulta opera summa en El lobo de Wall Street, con la cual Martin Scorsese oscurece hasta lo fastuoso lo que nació como campamento de incorregibles albóndigas y de animal houses con actores mártires de túnica sagrada.

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