Anna Freixas, autora de «Yo, vieja»: «Si cuidas siempre a los nietos, tus hijos te deberían pagar por ello»

Javier Becerra
JAVIER BECERRA REDACCIÓN / LA VOZ

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Alisa Guerrero

En «Yo, vieja» reivindica una vejez sin productos antiedad y abierta a nuevas formas de sexualidad. Una etapa para vivir sin culpabilidad y cuidándose para ser más feliz. Un momento para sentir el glamur de usar un bastón y no renunciar a la vida

10 ene 2022 . Actualizado a las 19:43 h.

Anna Freixas tiene 75 años. Los aparenta y está muy contenta con ello. Se considera una vieja, sin que el sustantivo contenga carga negativa. Tal es así que acaba de publicar Yo, vieja (Capitán Swing), un ensayo en el que esta escritora feminista y profesora universitaria jubilada traza un recorrido por los derechos de las mujeres mayores y plantea un modo de estar en el mundo. Lo hace repitiendo insistentemente el vocablo vieja. «Lo hago intencionadamente para desestigmatizarla —aclara—. Queremos sortear una palabra que forma parte de la vida. Es decir, eres niño, eres adulto y eres viejo. De la misma manera que ser niño no lleva asociado una serie de cosas peyorativas, que lo podríamos hacer, la palabra vieja sí. ¿Por qué? Porque está contaminada con unos prejuicios sociales que implican que la vejez es un estadio negativo de la vida, cuando en realidad es positivo. Primero, porque has llegado. Y segundo, porque las viejas y los viejos aportamos muchísimo a la vida, a la sostenibilidad, a la cooperación, al trabajo voluntario, la sabiduría, el buen hacer y el buen trato».

 —¿Es el momento de decir «soy vieja y estoy orgullosa»?

—Sí, totalmente, orgullosamente vieja. Y, sobre todo, ser vieja y poder parecerlo, no tener que disfrazarte de jovencita. Ser vieja no es ir como un trapo sucio por la calle, sino con los signos de tu edad y los años que has vivido. Es decir, tus arrugas, tus canas y tu cuerpo, que no es el de una niña de 30 años.

 —Eres muy crítica con los productos antiedad, pero reivindicas el cuidado. ¿Es difícil encontrar el punto medio?

—A mí me gusta pensar que cabemos todos, los que se cuidan y los que no. Pero yo llamo más la atención sobre aquellas cosas que a veces hacemos o parecemos los viejos que resultan molestas a la sociedad o que perpetúan el estigma de la vejez, porque te pones pelma, repites las cosas y que cuentas batallitas.