Esta joven estaba a punto de entrar a trabajar en un bufete de abogados cuando le dijo a su familia que quería ser granjera. Con su marido creó a Nosa Granxiña, un perfil de Instagram en el que cuenta su vida en el campo
31 jul 2023 . Actualizado a las 10:03 h.«Era un sueño que tenía desde pequeña. Algo que llevaba dentro y que hablaba bajito con Jose (su marido), pero que nunca le había contado a nadie». Sandra tiene 28 años y es de Ferrol. Se fue a Salamanca a estudiar Derecho. Acabó la carrera, hizo el posgrado y un máster y todo apuntaba a que iba a ejercer como abogada. «Recuerdo que mi madre, un poco en broma, me decía: “Mira este ático en A Coruña, está genial para cuando vayas a trabajar allí”. Me visualizaba trabajando de abogada y viviendo en un piso». Pero Sandra tenía otros planes. Una idea que siempre le había rondado por la cabeza y que solo conocía su pareja, la persona que la acompañaría en esta aventura: Jose. De la misma edad que Sandra, un día pusieron el chat de WhatsApp de sus familias patas para arriba: una foto de los dos acompañados de unas ovejitas. Y así, de la noche a la mañana, Sandra y Jose se convirtieron en granjeros.
«Nunca había tenido contacto con animales, pero es cierto que lo de vivir en el campo siempre estuvo ahí. Recuerdo que de pequeña siempre pedía tractores para jugar», cuenta Sandra desde su casa en Narahío, en San Sadurniño, donde, con Jose, está llevando a cabo su proyecto de granja: su idea es recuperar animales de raza gallega y reforestar el terreno que compraron eliminando eucaliptos y creando un bosque autóctono. «Al principio no sabía nada. No sabía cómo cuidar una cabra, cómo hacer un cierre, aprendí todo desde cero», recuerda Sandra.
Para compartir su aventura en la aldea y descubrir cómo es el día a día cuidando animales, Sandra y Jose crearon un perfil de Instagram: Nosa Granxiña (@nosa_granxa). Con un toque de humor, van relatando sus aventuras día a día montando la granja, cuidando de los animales y descubriendo cómo es la vida en el campo. Desde cómo sus ovejas se convierten en escapistas y encuentran el agujerito para escaparse, hasta cómo están montando desde cero su bosque de frutales.
LA MAESTRA
Los dos son decididos. Un mes antes de la pandemia se mudaron de un piso en Ferrol a una casa que tenían los abuelos de Jose en San Sadurniño. Hicieron la mudanza en un fin de semana y ahí empezó todo. Sandra casi no había tenido contacto con el campo: «Lo típico que te cuentan tus abuelos en una visita, lo básico». Google y YouTube son parte de sus fuentes para sacar adelante este bonito proyecto. «Hace unos días aún estaba buscando en YouTube cómo esquilar una oveja porque no aparecían los esquiladores».
Pero sus verdaderos mentores, la fuente de toda la sabiduría sobre la vida en el campo y con los animales, se la dieron sus vecinos. «Nos mudamos al campo (primero a una casa a 300 metros que era de los abuelos de Jose) un mes antes de la pandemia. Yo tenía mucho desconocimiento hasta el punto de que, por ejemplo, llegaban las gallinas y el gallo y no entendía el proceso de decir: “Y este huevo, ¿me lo puedo comer?”. Entonces Josefa, la vecina de al lado, nos enseñó todo». Como dice Sandra en un post en Instagram: Josefa es la abuela que le regaló el campo. «Durante la pandemia éramos tres casas y nos hicimos como un colegio. Había un chico, Xavi, que nos ayudaba mucho, sobre todo en los trabajos físicos, y después nuestra vecina Josefa, que fue la profesora de todo. Recuerdo ir por las mañanas y decirle: ‘Josefa, ¿esto cómo se hace?’ Todavía hoy si tenemos problemas y preguntas vamos a su casa, la pobre tiene una paciencia infinita».
Sandra y Jose se conocieron con 16 años, ya en el instituto, y ya en ese momento coincidieron con su deseo de vivir en el campo. «Todavía no éramos novios y Jose me trajo de visita y vi por primera vez las pacas de hierba». Con ellos viven en a Nosa Granxiña cuatro ovejas, tres cabritas (regalo de boda de unos amigos), unos gatitos y cuatro perros. «Teníamos patitos también, pero cosas del campo, vino el zorro y se los llevó». Tienen también gallinas, que estos días, cuentan, «están de vacaciones» en casa de los padres de Sandra mientras preparan todo en su finca para tener nuevas cuadras. Su objetivo es ampliar la familia animal y tener también vacas y cerdos. «Todo lleva su tiempo, porque tenemos que ir cortando y acotando la finca. Además del tiempo que lleva pedir y esperar por los permisos».
En este tiempo, Sandra aprendió a hacer cierres, a entenderse con las ovejas y hasta a ejercer de madre de una de ellas: Milagritos. «Nació antes de tiempo y su madre no la quiso. Así que me puse a cuidarla y a darle biberones desde que nació. Aquí también me ayudó Josefa, no sabía ni cómo se preparaba el biberón». De esas semanas de cuidado quedó un vínculo y Milagritos es una más de la familia. «La llamas y viene, de hecho, cuando vamos a dar un paseo vienen los perros y Milagritos. Te tumbas al sol y se tumba a tu lado». Cuentan que sus vecinos les dicen que tienen consentidos a los animales: «Los llamas y vienen. Hasta el castrón, que normalmente suele ser malísimo, se deja hacer todo. Incluso la hija del vecino le hizo trenzas en la barba. Son preciosos, pobriños, muy asalvajados no están».
UN SUEÑO
Por Instagram reciben muchos mensajes de ánimo y de personas jóvenes que, a través de su trabajo, se plantean la idea de llevar a cabo proyectos similares. «Nos hace mucha ilusión y con el tema de la repoblación nos dice la gente: ‘Tengo un terrenito de mis padres, lo voy a hacer yo también, viendo los beneficios que tiene’. Es guay que gracias a nuestro sueño se esté así cambiando un poquito el mundo».
Cuentan que su proyecto avanza más rápido de lo esperado. Para Sandra, la vida en el campo es todavía mejor de lo que se había imaginado. «Sabía que me iba a encantar, pero realmente hasta que no te has visto metida en la vida en el campo no eres consciente de ello. Muchas veces que me pongo filosófica, no es que no me guste la ciudad, y pienso que a veces simplemente hay algo que te dice que ese no es tu lugar. Cuando estaba estudiando en Salamanca, estaba bien, pero no acababa de meterme ahí y me faltaba algo. Y fue llegar al campo y dije ‘era esto, esto es lo que me faltaba. Lo dejé todo para montar una granja y este era mi sueño’».
Por ahora van poco a poco haciendo las tareas diarias, cuidando a los animales y preparando la finca, pero Sandra sueña a lo grande: «En un futuro muy lejano, igual nunca sucede, me encantaría tener una casa rural. Un lugar al que pueda venir la gente y vivir un día de granja, que puedas levantarte, ir al bosque de frutales y llevarte tu cosecha».
«También sería genial enseñar a los niños. Yo sabía lo básico de la vida en el campo, pero sería una buena oportunidad dar este contacto con los animales a los más pequeños. Sería algo bonito. Por ejemplo, tenemos un sobrino y le vamos explicando. El otro día nos preguntó que si le dábamos fresas a una vaca saldría batido de fresas». Y así, entre animales y desbrozadoras, Sandra y Jose van cumpliendo su deseo de una vida en el campo. Una vida rodeada de cabras, ovejas, perros, gatos, gallinas, cerdos y vacas. Una con un bosque de frutales y una pradera verde en la que tumbarse a soñar.