«Buena suerte, pásalo bien y no mueras», bizarra comedia fantástica de Gore Verbinski con Sam Rockwell como emisario del futuro
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El director ha querido tomar de nuevo todos los riesgos de implicarse en un cine fantástico destroyer, surreal, vocacionalmente grotesco
14 feb 2026 . Actualizado a las 09:56 h.Las tradiciones siempre vuelven. Ha retornado la nieve a la Berlinale. Y otra costumbre local: este festival presume de ser el más político, el de mayor compromiso con las causas urgentes en el mundo, el más racializado y pansexual. Pero su oficialidad, sus dirigentes, sus jurados —este año está presidido por el pesebrero y parasitario tipo llamado Wim Wenders— adoptan de nuevo actitudes miserables ante situaciones como la de Palestina. Alemania, siempre en el lado equivocado de la Historia. Y Wenders negando que el cine pueda remover conciencias o poseer en algún modo una naturaleza política. Para Wenders hace cuarenta años que filmar solo se traduce en pasta gansa y en robar ideas a los agonizantes o a los difuntos.
En esta segunda jornada de la Berlinale el foco pasaba por un enviado del futuro que llega a nuestro tiempo para salvar al planeta del secuestro sufrido ante la dictadura de la tecnología y sus magnates. No, no se trata del Dirty Sánchez apadrinado por Elon Musk sino de Sam Rockwell, el protagonista de Buena suerte, pásalo bien y no mueras, locura fantastique que llega ya precedida de tremenda fanaticada y que firma Gore Verbinski. Posee Verbinski una carrera poco apreciada por la crítica, pero ciertamente curiosa en su perseverancia a la búsqueda de un cine bizarro, de una idea de plasmar en actores de carne y hueso la caricatura que parece querer incorporar elementos del cine de animación de Tex Avery y una idea de lo grotesco muy personal y en ocasiones valiosa.
Verbinski es —en su perfil mainstream— el exitoso inventor de la franquicia de Piratas del Caribe y el bucanero Jack Sparrow. Pero igual que ahí reventó la taquilla junto a Johnny Depp, también se la pegó de modo estrepitoso con su intento de reinventar el wéstern como cartoon en El llanero solitario, donde Depp se disfrazaba de pinturero e imposible indio nativo. También quiso Verbinski hacer de Nicolas Cage un hombre del tiempo para todas las estaciones sin mucha fortuna. E incluso ha ganado un Óscar cuando se decidió a dirigir animación en estado puro con Rango, donde Depp de nuevo intervenía, en esa ocasión solo con su voz.
Se había venido hablando bastante —en términos de que estábamos ante la propuesta sci-fi de la temporada— de Buena suerte, pásalo bien y no mueras, el filme con el que Verbinski ha querido tomar de nuevo todos los riesgos de implicarse en un cine fantástico destroyer, surreal, vocacionalmente grotesco. Los principales festivales del género se pelearon por estrenarla este invierno, pero finalmente la marcianada ha aterrizado en la Berlinale. El filme arranca con Sam Rockwell invadiendo una hamburguesería, llegado de un tiempo futuro, para reclutar aleatoriamente a algunos de los comensales en una misión destinada a salvar nuestro mundo de la pandemia de la high-tech. Los móviles, las pantallas, la inteligencia artificial, la realidad virtual, la robótica son los jinetes del apocalipsis a los que Sam Rockwell —quien es como un Terminator descacharrado, algo así como el añorado Robin Williams de El rey pescador— pretende eliminar antes de que sea tarde y nuestra generación Z termine de desconectarse del todo de lo tangible.
Verbinski no propone una película política. Él es un hacedor de universos de ciencia ficción con muchas incrustaciones de humor del absurdo, de surrealismo, también de chanzas de desigual fortuna. La primera parte de Buena suerte, pásalo bien y no mueras es tan desopilante como sugestiva. Y llega a la brillantez cuando se estructura —un poco a lo Pulp Fiction— con la acción de esa odisea de la gente corriente en cruzada antitecnológica comandada por Sam Rockwell, desencuadernada en sucesivos flashbacks que van explicando de dónde proviene cada uno de estos inopinados agonistas. En una de esas subtramas, todas sensacionales, una pareja de profesores se ve perseguida por una turba de zombis adolescentes cazadores de boomers y poseídos por sus móviles. Es como un remake de The Faculty. En otra, una mujer cuyo hijo ha muerto asesinado en un tiroteo de instituto encuentra en los avances robóticos la posibilidad de clonar al crío. Y en la tercera historia, la mejor de todas, una joven que ha nacido con alergia a los teléfonos móviles —sufre hemorragias nasales incontenibles ante los celulares— crece y se busca la vida animando cumpleaños infantiles, vestida de princesa triste de Rubén Darío. La actriz que encarna a esta frágil criatura, Haley Lu Richardson, es deslumbrante. La recordaba de la temporada siciliana, en Taormina, de The White Lotus. Su presencia en el filme de Verbinski se percibe como una aparición.
Es una pena que, una vez que la estructura de Buena suerte, pásalo bien y no mueras se desequilibra y que, una vez que hemos descubierto el pasado de la pandilla basura que acompaña a Sam Rockwell, su presente caiga en la grandilocuencia, el efectismo estirado, la guerra de los mundos y un batiburrillo truculento y agotador. Quedémonos con la fiesta gamberra e ingeniosa de su primera hora. Y con Haley Lu Richardson en todos los casos.
Bill Evans, el genio y la heroína
Everybody Digs Bill Evans se llama uno de los discos antológicos del legendario pianista de jazz. Es también el título de la película en la que Grant Lee nos cuenta la cara oscura de la vida de Evans. Lee es un veterano documentalista —ha firmado uno bastante difundido sobre Joy Division y fue director habitual de los videoclips de Radiohead— y en su película el tratamiento visual —en un blanco y negro como impostado y, para los momentos más autodestructivos, un color granulado y ojeroso— me genera una cierta distancia frente a lo que se nos cuenta, que es la crisis vital que Bill Evans sufre en 1961, precipitada cuando su bajista Scott LaFaro muere en un accidente automovilístico solo unos días después de grabar el antológico álbum Sunday at the Village Vanguard.
En esa fase de adicción a la heroína, su hermano decide enviarlo a Baton Rouge, donde se han jubilado los padres de ambos, para que Evans pase el mono y la desintoxicación. Y en esa tierra de huracanes de la Florida, en medio de la crisis de los misiles, Evans —interpretado por un inexpresivo Anders Danielsen Lie— habita como en un limbo. Porque la paz de ese matrimonio que forman su amargado padre galés y su madre de origen ruso es casi la de los cementerios. Allí visita un pub irlandés donde Bill Pullman le canta a su hijo jazzista el elegíaco Danny Boy. Casi como para mandarlo al cielo.
De manera que a Evans, de vuelta a Nueva York, le falta tiempo para volver a Harlem y recuperar su tóxica relación con su antigua novia y con el caballo. No puedo decir que Everybody Digs Bill Evans no merezca respeto. Hay en ella una cruda recreación de una vida marcada por el fatum —suicidios morbosos, coches ensangrentados— y por un genio que, como casi todos, nunca logró ser feliz. Me despierta alguna duda ética el tratamiento de la adicción y su relación con un arquetipo de mujer. Pienso en películas como Lennie, de Bob Fosse, o Bird, de Clint Eastwood, que trataban como esta el talento descomunal unido a la autodestrucción. Y claro, la no desestimable película de Grant Lee se empequeñece.
De las otras dos cintas a concurso, la turca Yellow Letters y la tunecina À voix basse, se puede decir que no molestan y que son decorativas. En Yellow Letters, su director, el turco-alemán ?lker Çatak, muestra unas habilidades para envolver e inflar una obra bastante vacía que le salían bastante mejor en Sala de profesores, un notable thriller de ambiente escolar con el cual a punto estuvo de ganar el Oscar hace dos años. Ahora presenta lo que arranca como una película de denuncia del autoritarismo iliberal en la Turquía de Erdo?an. Sus protagonistas, una diva del Teatro Nacional y su marido, autor dramático de sus obras y profesor universitario, son despedidos de modo drástico por apoyar las manifestaciones contra el gobierno.
La esencia política del filme se disgrega en menos de media hora. Porque después Çatak se va centrando en los problemas domésticos de esa familia, en el primum vivere. Que si tienen que mudarse a la casa de la madre de él, que se ve forzado a hacerse taxista ocasional. Luego hay subtramas apasionantes: las albóndigas de la suegra no le molan a la hija adolescente de la pareja. La actriz pasa de intentar reconducir su carrera en el teatro independiente a vender su alma a una telenovela turca. Y la cría, en la edad del pavo, se lía con un perroflauta. Todo esto lo sostienen unos actores muy solventes. Y Çatak mantiene ese toque de avispado para que Yellow Letters quede aparente. No la descarten del palmarés.
La directora tunecina Leyla Bouzid aborda en À voix basse el tabú que pesa en el Túnez presente en torno a las relaciones homosexuales. La protagonista, una arquitecta afincada en París, vuelve a la casa de familia porque ha aparecido muerto su tío. Ella regresa con su novia pero la alberga en un hotel para evitar traumas. Las circunstancias del fallecimiento de su pariente —aparece desnudo en un descampado— sacan a la luz otro secreto a voces: el de la homosexualidad de armario del tío difunto.
Bouzid desarrolla con corrección y en ocasiones hasta mimo una historia que inevitablemente suena algo antigua, a pantalla dejada ya atrás o contemplada demasiadas veces. Y desafina mucho una partitura que enfatiza lo melodramático. Quien da un recital es la actriz israelí Hiam Abbass. No descubrimos nada: comenzó en producciones que defendían la causa palestina o en el cine de Amos Gitai y hace ya una década que la gran industria reclamó su talento. Está en el espantoso Blade Runner de 2017 pero también es la esposa de Brian Cox en Succession. Y siempre aporta sabiduría interpretativa. Su papel de madre de la protagonista en À voix basse sí que merecería lugar en el palmarés que repartirá el ladino Wim Wenders.