Maduro es muy burdo, y precipitó el desastre. Pero la tragedia se remonta al populismo de Chávez, que, en vez de poner orden en las instituciones y el Gobierno, ofreció a los venezolanos un paraíso terrenal pagado con petróleo a 130 dólares por barril. Como siempre sucede en estos casos, la prosperidad regalada era un espejismo. Y la falta de rigor y competitividad se aliaron para destrozar el sistema productivo, desperdiciar el escaso capital existente y crear una masa de población dependiente dispuesta a darlo todo por un régimen disparatado.
Las urgencias de los populistas, devenidos ya en dictadores, hicieron el resto, al proponer una carrera de reformas constitucionales que, más allá de su condición de experimentos atrabiliarios, promovieron la ruptura y el enfrentamiento dentro de la sociedad venezolana. El país otrora más próspero de América del Sur es hoy una auténtica ruina. Y aquella democracia que, merced a la corrupción de los partidos y de sus élites dirigentes, se dio por muerta, es ahora un ideal mitificado al que todo el mundo quisiera regresar. Por eso es necesario preguntarse qué pasó o -parafraseando a Vargas Llosa- «en qué momento se jodió Venezuela».
La historia de los populismos -desde los más sangrientos a los más amables, y desde los que surgen por la extrema izquierda a los de extrema derecha- es siempre la misma: pequeños problemas mal resueltos que indignan a la población, falsos profetas y redentores que prometen ríos de leche y miel, desórdenes constitucionales que bloquean el sistema, y agotamiento acelerado del capital acumulado. Finalmente, cuando los motores empiezan a pararse, el poder se aferra a la dictadura para defenderse de sus propios fantasmas, mientras los ciudadanos empiezan a piar por la democracia perdida y por la imposible regeneración del país. Pero, como nada funciona ya, no queda más salida que un reguero de sangre, sudor y lágrimas.
Lo que no puede achacársele a los populismos es el engaño. Porque producen señales de deterioro e injusticia que son visibles varios años antes de estallar. Y porque hacen su camino hacia la dictadura en un mar de referendos y elecciones plebiscitarias a los que los votantes se aferran como a un clavo ardiendo. Por eso suelen derrumbarse disfrazando sus errores de guerras perdidas, o de formalismos democráticos urdidos en defensa de la libertad. Venezuela es hoy una lección de política impartida desde su propio derrumbe. Pero la historia europea y americana de la primera mitad del siglo XX no tiene nada que aprender de este colapso, cuyos destellos seguimos con los emergentes populismos de izquierda (como Tsipras) y derecha (como Trump). Porque, salvo que los modelos cambien inopinadamente, todo apunta a que también por estos andurriales habrá desorden y lágrimas en estúpida abundancia.