¿El fin de la lucha de clases?


No han sido pocas las ocasiones en las que muchísimos de los grandes empresarios españoles han conseguido decepcionarnos a todos y todas quienes esperamos de ellos una actitud responsable para con el país. A todos y todas quienes esperamos que contribuyan a crear progreso económico, bienestar social, y riqueza para el conjunto de la sociedad, y no sólo para sus bolsillos. Lo último de la larga lista de acontecimientos que contribuyen a esta decepción, han sido las declaraciones del presidente de la patronal española, Juan Rosell, quien aseguró el pasado lunes que «el trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX». Caramba.

Suelo asegurar que uno de los mayores frenos para el avance del país, lo supone su clase empresarial. Y creedme, me gustaría que fuese de otro modo, y que los grandes empresarios de España tuviesen una mentalidad acorde a nuestra época, que les permitiese compaginar su legítimo deseo de ganar dinero con la responsabilidad social y con un trato adecuado a la clase trabajadora de este país? Pero, por desgracia, estamos muy lejos de que esa sea la realidad. Con demasiada frecuencia escuchamos declaraciones parecidas a las de Rosell, como cuando la presidenta del círculo de empresarios, Mónica de Oriol, afirmó que prefería contratar a mujeres que no fuesen a tener hijos, o como cuando el expresidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, aseguró que para salir de la crisis, los trabajadores y trabajadoras debían trabajar más y ganar menos. Son sólo algunos ejemplos, pero que son representativos de un pensar común de la mayoría de nuestra clase empresarial, que parece ir en la línea de que la creación de (su) riqueza está reñida con los derechos laborales de la clase trabajadora del país.

Y no me preocuparían tanto los planteamientos de esta clase empresarial (esos sí que son propios del siglo XIX y no los trabajos fijos y seguros) si no fuese porque sé que existe entre los partidos políticos de este país, fundamentalmente las derechas del PP y Ciudadanos, además de algunas de las derechas nacionalistas, un ansia viva por llevar esos mismos postulados a nuestra legislación. La reforma laboral del PP del año 2012 ?apoyada entre otros por CiU, ese partido con el que alguno quería construir una mayoría «de izquierdas» en el disuelto Congreso- supuso una ruptura absoluta del modelo de relaciones laborales en nuestro país, que dejó a los representantes de los trabajadores y trabajadoras en una posición de total debilidad, y además ha propiciado la mayor oleada de precariedad laboral de las últimas décadas. Por su parte, Ciudadanos y su propuesta del contrato único quieren ahondar aún más en esa precariedad, extendiéndola a la totalidad de los contratos de nuestro país. Tal vez si la clase empresarial dejase de encontrar en la derecha política de este país un reflejo de sus más profundos anhelos, se planteasen avanzar hacia postulados más razonables, y más propios de la época que nos ha tocado vivir. Aunque, claro está, resulta complicado que nieguen a las grandes empresas sus reivindicaciones cuando son algunas de ellas quienes, presuntamente, han estado financiando de forma irregular a alguno de esos partidos a los que antes me refería.

Así pues, mientras algunos sigan sin evolucionar, parece que la única forma de recuperar la dignidad de la clase trabajadora española y de afianzar sus derechos será de la mano de la izquierda política, social y sindical. Porque, aunque hayamos avanzado en muchísimos aspectos, hay algo que sigue como siempre: la izquierda ?que sólo lo es cuando no se niega a sí misma- defendiendo a los trabajadores, a los más débiles, a los de abajo; y la derecha, defendiendo a los de arriba, a los más poderosos. Nuestro éxito como clase trabajadora -que no consiste en la derrota de nadie, sólo en el fin de las injusticias- dependerá de nuestra capacidad para saber explicar que, aunque en otro contexto y con otras formas, la lucha de clases está muy lejos de haberse terminado.

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