Mi generación


Cuando era pequeño siempre preguntaba a mis padres y a mis abuelos ¿Cómo era antes? Y mis abuelos me hablaban de mina y de carbón, del grisú y del hambre, de la dictadura y la guerra. Contaban cómo habían tenido que levantar el brazo en alto y gritar «¡Arriba España!» para que no les pegase un guardia civil. Al hacerlo, en cambio, se les veía felices de vivir con lo que tenían entonces, resignados y felices como son resignados y felices los obreros que trabajan 12 horas si antes habían trabajado 18. Cuando le hacía la pregunta a mis padres, en cambio, la reacción era diferente como también los eran los temas: Me hablaban de cómo eran Asturies y España antes, cuando eran pequeños y yo aún no había nacido, cuando eran jóvenes y yo no era más que un proyecto o una idea. Y ellos, cuando lo hacían, me hablaban con la vista cansada y un brillo en los ojos de una dictadura oscura, de una religión asfixiante como un gas que se metía por todos los resquicios de la vida o de unas escuelas autoritarias en las que pegaban con reglas en las uñas a los niños revoltosos como lo era yo en los noventa. Pero en cambio, había en sus palabras algo que no había en las de mis abuelos: Había épica y no resignación. Había el regusto dulce del que supo que cambió la Historia, que participó en algo más grande que él. Había orgullo. El orgullo de los pequeños gestos que tal vez no cambiaron un mundo, pero sí un país.

Mis padres, mis tíos y la gente de su generación, fueron de ésos que corrieron delante de los grises, que iban en secreto a reuniones del PCE o llevaban pasquines en las mochilas y se cagaban de miedo cada vez que veían a un policía. Pequeños gestos, cotidianos y discretos que sin embargo... ¡Qué necesarios! Qué necesarios fueron para traernos escuelas sin violencia, urnas de cristal y el poder hablar y opinar sin preguntar primero.

Tal vez sea porque me esté haciendo mayor, porque esté a punto de llegar a la treintena y vea cómo a mí alrededor mis mejores amigos y compañeros de facultad van a tener hijas dentro de algunos meses que me hago la pregunta: ¿De qué le hablaré a mis hijos, si algún día los tengo? ¿Qué le contará nuestra generación a la siguiente? ¿Qué les contaremos? ¿Con qué ojos los miraremos a la cara? Y cuando pienso en las próximas elecciones no puedo evitar preguntarme con nerviosismo qué va a elgir nuestra generación... ¿Mirar la cara de nuestros hijos con la resignación de nuestros abuelos o con el orgullo de nuestros padres? ¿Con orgullo por haber sido capaces de darles cosas como «Justicia», «Sueldo Digno» o «Poder Adquisitivo»? ¿O con tristeza por habernos conformado con sonreir porque el collar ahoga menos y la cadena no aprieta tanto?

El 26 de Junio no estamos decidiendo el gobierno de nuestro país, es mentira. El 26 de Junio vamos a decidir algo mucho más importante: ¿Cómo quieres mirarle a tu hijo a los ojos?

Valora este artículo

0 votos
Comentarios

Mi generación