Papá miénteme otra vez


Los aprendizajes que provienen de la crisis van a quedar marcados seguramente en algunas actitudes de las generaciones que se incorporan -o lo intentan- a la vida adulta. No ha sido una época de revoluciones ni los cambios sustanciales se han manifestado en la forma de organizar el poder político (al menos por ahora) pero la huella que ha dejado en la conciencia de nuestra debilidad colectiva ante el poder económico y del sojuzgamiento de nuestras vidas a una estructura productiva, será difícil que se borre o se matice. En las personas que, en este periodo, han formado su percepción esencial del mundo o han tenido que batirse el cobre para hacer el tránsito a una vida independiente, el impacto probablemente ha sido determinante y modelará sus escalas y criterios. Piénsese que los de la generación inmediatamente anterior -la mía- veníamos de un convencimiento en un progreso lineal e ilimitado, puede que con retrocesos puntuales y accidentes trágicos de la historia, pero confiados en que los avances de la democracia, los Derechos Humanos o el acceso a condiciones de vida dignas para todas las personas, eran, como quien dice, inexorables, aunque hubiese que empujarlos con dedicación y empeño. Mientras para nosotros la crisis y sus secuelas ha sido un baño de realismo salvaje y una decepción que nos deja aturdidos, a las personas jóvenes que han cultivado su noción de la política en la era de la desafección y para las que la pobreza laboral es, de partida (y no sobrevenidamente, como en otras cohortes de edad) un destino probable, no se trata de una recomposición sino de una realidad así aprendida por primera vez. Nada que rescatar ni recuperar de lo que no han apreciado ni apenas soñado, por tanto.

El concepto de promesa generacional, últimamente en boga, siempre me ha parecido un poco engañoso, en tanto que reduce el rumbo de los receptores a hacerse acreedores de la recompensa, cumpliendo la condición impuesta; por no hablar de las limitaciones de cualquier generalización de esta clase. No obstante,  parece evidente que, en un concreto momento y contexto los mensajes que se proyectan, desde la familia, el centro educativo, los medios de comunicación, etc. dirigido a los jóvenes en su paso a la asunción de responsabilidades en su propia vida, contienen ciertos elementos definitorios se pueden sintetizar. Que el esfuerzo daba lugar al progreso social, que la formación permitía nuevas oportunidades, que el bienestar material podía incrementarse, que prepararse más que los antecesores daría una vida mejor, forma parte de la promesa generacional que, para muchas personas entre los 20 y 30 años -prácticamente la mayoría de esta franja- se ha roto de una forma brutal, sin explicaciones y sin alternativas. Con un paro juvenil del 46%, salarios medios entre los 10.000 ? (menores de 25  años) y 19.000 ? (de 30 a 34 años), tasa de emancipación del 20% entre los menores de 30 años y la emigración juvenil no sólo como necesidad para una parte importante, sino incluso como paradigma, parece lógica la animadversión a lo existente, el sentimiento de engaño permanente y su traslación en las actitudes y decisiones políticas.

Uno de los eslóganes que hizo fortuna en 1968 fue el de «papá miente», como forma de rechazar la promesa de «aurea mediocritas» y valores burgueses frente a la que aquella generación europea se rebelaba, haciéndolo además contra los propios principios apolillados que estaban llamados a heredar. Hoy la promesa hecha a los jóvenes de las «clases medias y trabajadoras» como se dice ahora, se ve frustrada por una realidad bien cruda y nuevamente, aunque por distintos motivos, se descubre la mentira (involuntaria e instintiva, pero falsa al fin y al cabo) que encerraba el camino al anhelando bienestar. No sólo porque sea cuestionable el propio objetivo de la comodidad material en el sentido del ultracapitalismo al uso (a costa del planeta, del consumo de ansiolíticos o de matarnos a trabajar) sino porque, directamente, ésta quedará fuera del alcance, por mucho que se sigan las instrucciones que acompañan a la promesa. Está por ver si el cuestionamiento de todo esto deparará algo distinto y mejor, o solo un monumental cabreo de insospechado efecto corrosivo.

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