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En los años ochenta, en plena efervescencia del fenómeno hooligan en España, el Estado de El Molinón estaba lleno de pintadas. Abundaban los «Puta Oviedo, puta capital» pero una pintada destacaba sobre las demás por su sorna y su originalidad: «Los policías son unas bellísimas personas», rezaba.

La policía, nos guste más o menos, es una institución imprescindible en cualquier sociedad democrática. Es la responsable de hacer cumplir las leyes y de perseguir a sus infractores. Pero precisamente por su papel de ejecutor del monopolio de la violencia en manos del Estado, se presta a excesos en el ejercicio de su autoridad que ningún país ha sabido o ha querido limitar.

En las últimas semanas hemos conocido noticias que sonrojarían a cualquiera que tenga un mínimo sentido de la democracia. Los ocho guardias civiles que apalearon a un inmigrante que trataba de saltar la valla de Melilla han sido condecorados por el Ministro del Interior Jorge Fernández Díaz. De nada sirvió que las imágenes quedaran grabadas y fueran emitidas en medio mundo, para vergüenza de la dichosa Marca España. Esta misma semana los dos mossos d?esquadra responsables de que Ester Quintana perdiera un ojo han sido absueltos de cualquier delito. Y no deja de resultar curioso porque la Generalitat de Catalunya indemnizó en su día a Quintana, reconociendo implícitamente el exceso que cometieron los agentes ahora absueltos.

Para rematar la ignominia policial, hace unos días nos hemos enterado de que dos agentes de la Unidad de Intervención Policial (los conocidos antidisturbios) del Cuerpo Nacional de Policía denunciaron la pasada semana a una ciudadana en el entorno del Estadio Vicente Calderón por llevar un bolso en el que estaban impresas las siglas ACAB. De nada sirvió que bajo las citadas siglas se pudiera leer «All Cats are Beautiful» (todos los gatos son hermosos) y que apareciese la carita de un gatito de esos que se convierten en virales en YouTube. Los agentes entendieron que el significado real del acrónimo era «All Cops are Bastards» (todos los policías son bastardos) y no quisieron atender al juego de palabras ni a ningún otro argumento. «Es una ofensa contra nuestra profesión», debieron pensar. Afortunadamente alguien en la administración ha tenido el sentido común del que parecen carecer los agentes que interpusieron la denuncia y esta finalmente ha sido archivada.

Los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado son instituciones particularmente corporativistas. Y es cierto que en muchos casos sus agentes se juegan la vida por defender la seguridad y la libertad de los ciudadanos, como le ocurrió al GEO Francisco Javier Torronteras muerto en el piso de Leganés en el que se inmolaron varios terroristas del 11M. Pero la heroicidad de algunos agentes no justifica ni legitima el autoritarismo de muchos otros y la ausencia total de límites en el ejercicio de su potestad. El uniforme de esos funcionarios cuya misión debería ser la de garantizar las libertades y el Estado de Derecho, parece darles carta blanca para comportarse como matones más propios de regímenes totalitarios.

Este problema parece ser inherente a la condición de policía y a la protección que la legislación les brinda, con su presunción de veracidad incluida. Pero hasta donde yo sé, ningún Estado ha tratado de responder a una pregunta que es algo más -mucho más- que un eslogan: ¿Quién vigila al vigilante? No es que los controles sean escasos sino que la legislación camina más bien hacia el territorio de la impunidad de los agentes, dictando leyes mordaza que les permiten una discrecionalidad mayor en el ejercicio de su autoridad, que ya de por si es muy amplia.

Que las condenas a agentes por abuso de autoridad sean una rara avis en nuestro país da buena cuenta de la impunidad que la ley les otorga. Amnistía Internacional lleva años denunciando casos de malos tratos y torturas que se producen en nuestras comisarías. Los sindicatos de policía deberían ser los primeros interesados en acabar con esa lacra que ensucia el nombre de todo el cuerpo, pero muy al contrario demuestran un corporativismo rancio que prefiere esconder la suciedad bajo la alfombra. De ese modo hacen daño a todos los ciudadanos, pero sobre todo a los buenos policías; aquellos que conocen los límites y hacen su trabajo con el mayor de los respetos a las libertades ciudadanas. Mientras tanto otros se dedican a denunciar a chicas que se pasean con bolsos en los que se leen las siglas ACAB. Ya lo decía aquella pintada de El Molinón: Los policías son b? ?ellísimas personas.  

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