Se les ha puesto a los dirigentes del PP y a sus corifeos mediáticos una sonrisita de satisfacción que, además de irritante, resulta incomprensible. Ese aire de prepotencia se debe, al parecer, a que están convencidos de haber dado con una fórmula mágica e infalible para llegar a la Moncloa sin aplicar un solo gramo de autocrítica. La maniobra de Rajoy es tan clara que resulta burda. Consiste en llegar a la presidencia no por sus propios méritos, sino a lomos del pánico a un Gobierno podemita. La paradoja es que, presentando a Pablo Iglesias como única alternativa, lo que pretende Rajoy no es solo que crezca el PP, sino también que Podemos medre a costa de hundir al PSOE.
La genialidad que creen haber diseñado Rajoy y Jorge Moragas consiste en alentar el sorpasso, convencidos de que los socialistas no auparán jamás a Pablo Iglesias a la presidencia del Gobierno. Dan por hecho que, quedando tercero, Pedro Sánchez dimitirá, el PSOE afrontará una catarsis y no tendrá más opciones que abstenerse para que gobierne el PP (Rajoy o Soraya) o sumarse a la gran coalición. Pero ese cuento de la lechera presenta varios problemas.
El primero es el de menospreciar la probada capacidad del PSOE para suicidarse. Véase como ejemplo de ello lo que acaba de hacer el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona, convirtiéndose en salvavidas de una atribulada Ada Colau. Ese historial de autodestrucción es lo que impide descartar la hipótesis de que los socialistas acabasen entregando el Gobierno a Podemos. El segundo problema es el que implica fiarse de los sondeos que apuntan al sorpasso. Entre otras cosas, porque esas encuestas se basan en la hipótesis de una enorme abstención que al final no será tal, porque aunque muchos españoles estén hartos, son conscientes de que el 26J no solo está en juego un Gobierno, sino también un cambio de modelo. Unos por miedo a que eso suceda (PP y PSOE) y otros pensando que ahora o nunca (Podemos y Ciudadanos), irán finalmente a votar. Quizá incluso más que el 20D.
Pero, para el PP, el principal problema de alentar un escenario en el que su única alternativa sea Podemos es que acabe convirtiéndose en realidad. El próximo Gobierno, sea el que sea, se enfrenta a un terrorífico panorama de recortes del que probablemente saldrá quemado en poco tiempo. Hundir al PSOE como recambio y situar a Unidos Podemos en el liderazgo de la oposición, que es a lo que juega el PP, es por ello temerario a medio plazo para quienes defienden el statu quo y se encuentran cómodos en la alternancia bipartidista. Rajoy haría bien en tratar de ganar convenciendo a los españoles de que sus propuestas son las mejores. Pero intentar aniquilar al PSOE dando aire a Podemos porque le resulte más cómodo quedarse con la izquierda radical como única alternativa, es un juego del que el PP podría llegar a arrepentirse a medio plazo.