Presa de las epidemias de individualismo y espectacularidad que afectan a las sociedades avanzadas, la democracia que se practica en la UE se está evidenciando como un instrumento desequilibrado y débil, con escasa capacidad para construir, y un enorme potencial fragmentador. Para avanzar en procesos de integración que son urgentes -política exterior y de defensa, migraciones, unidad fiscal, políticas sociales y modelo educativo- todo son problemas, vetos, laberintos jurídicos, tacañerías y dilaciones. Pero si se trata de cuestionar la unidad, basta con que un grupo de euroescépticos lo plantee, que la extrema derecha crezca el 1 %, o que cualquier élite territorial reclame una entidad histórica que se remonta a Chindasvinto, porque todo el sistema institucional y mediático se pone nervioso y empieza a restringir derechos, a ceder posiciones éticas y a criticar todo lo que hemos hecho bien, mientras se ofrecen referendos exploratorios que, presentados como muestras de respeto a los ciudadanos, son en realidad estúpidos y acomplejados instrumentos para generar desorden y dudas sobre el sistema.
La idea general es que ningún avance positivo -UE, estabilidad territorial de los Estados y control de las variables que influyen en el destino común- puede darse por consolidado, porque coartaría la libertad de proponer insensateces y entelequias, mientras todo lo pasado -incluyendo las historias más mentirosas, fracasadas y aberrantes- puede emerger una y otra vez, con presunción de racionalidad, bajo la ley del eterno retorno, y con la exigencia de utilizar todos los elementos democráticos que le permitan desestabilizar el presente en nombre del pasado. Y así vivimos todos en vilo, temiendo que un referendo atrabiliario, un irresponsable brexit o un partido autoritario se cuelen en nuestras vidas y esperanzas, al amparo de la indignación, el populismo y la debilidad de la clase política.
Eso es lo que -como ya se hizo con los catalanes, escoceses y flamencos- se le promete a los británicos. Que una vuelta al pasado, a la competitividad irrefrenable entre los Estados, a los rearmes y a las fronteras, es una ventaja, porque les permitirá disfrutar de los mismos mercados sin aportar recursos al proyecto común.
Por eso tengo la sensación de que el brexit, los referendos secesionistas y los coqueteos con los extremistas y los populistas son gravísimos errores de un sistema acomplejado que no sabe defenderse. Y por eso espero que si salimos con bien del estúpido compromiso del día 23, al que nos llevó el postureo de Cameron, aprovechemos la oportunidad para consolidar avances y enterrar las viejas utopías y las mohosas entidades que nos impiden trabajar en la construcción de un futuro justo, próspero y pacífico. Aunque mucho me temo que -como diría un moderno- «es lo que hay».