L a transición los crio y la crisis los juntó. Y la infinita vanidad que ambos comparten los impele a actuar como tutores de una etapa que ya no es la suya, y a vender sus obviedades como apotegmas aristotélicos. No se trata, claro está, de cuestionar su derecho a decir lo que mejor les parezca, sino de recordarles que lo único que los convierte en bufones de este reino de miserias es su pretensión de monopolizar el sentido del Estado, tratar a sus sucesores como estúpidos parvulitos, y reprocharles que, en vez de ser marionetas en sus manos expertas, traten de liderar este tiempo de extrema dificultad.
Tampoco pretendo negarles los méritos que objetivamente se ganaron. Pero me gustaría evitar que, actuando como patéticos espíritus puros, contribuyan a degradar este momento más de lo que ya está, como si a una época de glorias diáfanas le hubiese sucedido una era de tontos y corruptos abocados al desastre. No debemos olvidar que si a González le corresponden el fin de la transición, la reconversión industrial, el ingreso en la UE y la modernización del Estado de bienestar, también tiene en su currículo -¡ay Felipe de mi alma!- cosas tan lindas como los GAL, la corrupción del Estado que hundió su cuarto mandato, la espantada que metió al PSOE en la crisis que todavía padece y la mezcla arriesgada de política y negocios. Y si a Aznar le competen algunos éxitos de gestión económica, también lleva encima -en su versión de Aznarillo de Tormes- el desastre militar y moral de Irak, la burbuja inmobiliaria, la normalización de los pelotazos y los compañeros de pupitre, la añoranza del imperio de Carlos V y la conversión del PP en una máquina de negocios y latrocinios que ahora aflora ante el estupor general.
Los dos tienen responsabilidades en el impulso y aprovechamiento del pujolismo chantajista y reivindicativo que está en la base del actual problema catalán. Los dos perdieron magníficas oportunidades para ordenar la banca, definir el modelo de financiación autonómica y diseñar una financiación limpia y eficaz de los partidos. Los dos cayeron en la tentación de inversiones faraónicas y clientelares que devinieron después en la llamada época del despilfarro. Y los dos tienen una talla intelectual solo pasable que, siendo suficiente para gobernar con dignidad, los lleva a confundir la filosofía política con la obviedad solemnizada y el engolamiento de lo simple.
Los dos coinciden también en estar haciéndole la puñeta a sus respectivos partidos y sucesores, y en dar la sensación de que disfrutan más con el «detrás vendrá quien bueno me hará» que con el progreso de España. Y por eso, asumiendo las palabras del rey que ambos tuvieron, considero oportuno preguntar: ¿por qué no os calláis? Aunque en este caso es evidente que «si no lo dicen, revientan». Su última coincidencia.