Grecia, ¿dónde está Prometeo?


«En medio del terror y de la sospecha, / con la mente agitada y los ojos asustados, / buscamos soluciones y planeamos qué hacer/ para escapar de la segura/ amenaza que tan espantosamente nos acecha».  Estos versos de Kavafis, escritos en 1911, son indicativos de lo que ha sido la historia reciente que ha padecido, como una losa, el pueblo griego.

El desgobierno y la corrupción de los clanes políticos (y familiares) aliados y al servicio de unas políticas neoliberales que reducen la soberanía nacional a una mera cuestión formal y lo fundamental, la soberanía social se reduce hasta un punto que borra unos derechos sociales que se creían consagrados en Europa Occidental. Más que nunca Grecia se ha convertido en un territorio de experimentación en el que juegan los laboratorios de la tecnocracia dominante del poder económico. Y las cobayas de esas prácticas son los sectores más desfavorecidos de la ciudadanía griega. Y ahora, otra vuelta de tuerca: el territorio helénico parece haber sido puesto en venta.

Como todas las sociedades balcánicas, la cuestión nacional penetra de forma intermitente en la vida de los griegos. Herederos de una cultura milenaria, de la que sentirse orgullosos, tienen a su vez reciente, a unas generaciones de distancia, su dominación por un imperio. A eso habría que añadir, una guerra y una dictadura, por lo cual es entendible que la cuestión nacional y social se mezclasen en un referéndum sobre las imposiciones de la troika y que fueron rechazadas mayoritariamente y celebrado ese triunfo con un masivo ondear de banderas griegas.  Y ambas cuestiones vuelven a mezclarse ahora con rastros de tragedia: mientras continúan los recortes sociales, Grecia ha sido puesta en venta.

Con la creación de un organismo destinado a las privatizaciones, se muestra un catalogo de lo que está dispuesto para el mejor postor: sedes olímpicas, playas, hoteles, campos de golf, propiedades históricas y montañas cercanas a la Acrópolis, que de momento parece haberse librado de la rapiña. El puerto del Pireo (en un 67%) ha pasado a control de una empresa china. Y lo mismo puede pasar con algunos aeropuertos, los que tengan beneficios pasaran a control privado, de alguna empresa extranjera, mientras que los deficitarios continuaran bajo control público. Los beneficios para el capital, las pérdidas para el conjunto de la ciudadanía; perfecta ecuación neoliberal. Los chicos de Syriza se muestran como alumnos aventajados de la escuela de Milton Friedman.

Prometeo ha sido una de esas figuras mitológicas que se ha convertido en símbolo de la liberación y de la emancipación. Le quitó el fuego a los dioses para dárselo al pueblo y que se librasen de las tinieblas a que los dioses les sometían. No es extraño que lo encadenasen, como encadenan hoy a la ciudadanía griega. Ni que esos ciudadanos creyesen a un Prometeo (los actuales gobernantes), que no han resultado serlo, sino practicantes del conocido cambio lampedusiano. Otra vez, en versos de Kavafis: «Y sin embargo nos equivocamos, ése no es nuestro camino; / las noticias eran falsas/ (o no escuchamos, no comprendimos bien). / Otro desastre, otro que no habíamos pensado/ súbita, tempestuosamente cae sobre nosotros; /  y sin darnos tiempo ?sin prepararnos? nos arrebata».  Curiosamente ese poema lleva el título de Fin, esperemos que no sea premonitorio. Quizás ese arrebatamiento, sean las tierras y lugares en venta, todo un símbolo de lo que está sufriendo el pueblo griego: lo nacional y lo social, a pies de una tecnocracia a la que sirven fielmente unos gobernantes que tuvieron el mandato popular para rebelarse, para ser Prometeo. Pocas veces ha existido una oportunidad como esa; quizás era la hegemonía social de la que hablase Gramsci. Sin duda el camino era difícil, pero existía el empuje, la pulsión y el aliento de las gentes. El camino a Ítaca es complejo, pero hay que emprender el viaje.  Ahora quizás, pongan hasta Ítaca en venta. El cansancio y el hastío siguen, la lucha contra la tiranía de los dioses, aunque sea sin Prometeo. Pues como dijo Michel Foucault: «Mientras haya poder, habrá resistencia a ese poder».

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