Prometían seriedad, pero vuelve la astracanada

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

A quienes se hubieran tragado la milonga de que nuestros partidos han aprendido de los errores de la pasada campaña y de su esperpéntico epílogo en forma de legislatura fallida, lamento tener que decirles que pueden ir abandonando toda esperanza. Estamos a unas horas de que se inicie la campaña electoral, pero podemos asegurar ya que las fuerzas políticas no solo no van a corregir el cúmulo de despropósitos al que asistimos hace seis meses, sino que con toda seguridad estos quince días de perenne mitin se van a convertir en una tortura mucho peor que la padecida en diciembre. Ni siquiera queda ya, para quienes se creyeran el cuento, ese sueño de que la irrupción de los nuevos partidos serviría para dignificar el nivel de los discursos y los programas y forzaría a los representantes de la vieja política a elevar la altura de sus mensajes.

Lejos de eso, lo que se está produciendo es una regresión a los tiempos más oscuros de nuestra política. A ese festival de falsas promesas de imposible cumplimiento que, habiendo sido siempre obsceno, alcanza ya en los tiempos que corren y con millones de ciudadanos pasando apuros para sobrevivir el nivel de indignidad y de estafa política. Mariano Rajoy, el mismo que en el año 2011 ganó las elecciones a lomos de la promesa de rebajar los impuestos y que solo un mes después de ganar aquellos comicios nos endilgó un hachazo fiscal sin precedentes, vuelve a las andadas y nos garantiza de nuevo que habrá rebajas de impuestos a mansalva para todos, aún sabiendo que en Bruselas le esperan, a él o a quien le toque dormir en la Moncloa, con la guadaña preparada. Quien quiera, que le crea.

Albert Rivera olvida también aquello de decirles a los españoles la verdad, aunque duela, y se apunta con descaro al carrusel. Garantiza que bajará los impuestos a «todos los españoles» en el 2018 y que creará 2,5 millones de empleos en cuatro años. Y dos huevos duros, que diría Groucho. Tonto el último, piensa Pedro Sánchez, que no se queda atrás y promete una subida inmediata del salario mínimo en un 4 %, un ingreso mínimo vital de hasta 708 euros y luchar contra el paro por la original vía de que el Estado contrate a 217.000 nuevos funcionarios. Y Pablo Iglesias lo que promete es ya directamente la arcadia feliz envuelta en un colorín de Ikea. Con él en el Gobierno, el paro bajará al 11 % en tres años y el gasto público se incrementará en 60.000 millones de euros. Poca cosa. ¡Ah!, y de paso, Iglesias achantará a Alemania, no recortará los 8.000 millones de euros que exige Bruselas y no pasará absolutamente nada. Y todo esto, sin que haya empezado la campaña.

Con semejante demagogia, desvergüenza y desprecio a la verdad, a lo más que podrían aspirar ya nuestros líderes es a estar a la altura de aquello que les exigía el cínico Winston Churchill. «El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene; y de explicar después por qué no ocurrió lo que él predijo». Son absolutamente incorregibles.