España, la anomalía europea


La noche del 26 de junio los ojos de Europa estarán puestos en España, porque el resultado de las elecciones va a tener efectos que van más allá de nuestras fronteras. Desde hace años, los países de la Unión Europea tienen intereses contrapuestos, según su posición en relación a la deuda. Los países que, como nosotros, son deudores frente a los acreedores, con Alemania a la cabeza.

Dicho de forma genérica, los acreedores utilizan su poder para imponer desde hace siete años, en los países del sur, un programa de reducción del gasto público por un lado y de devaluación del trabajo por otro. Las consecuencias de esta política de austeridad compulsiva y de recortes laborales ya son más que evidentes para todo el mundo: un empeoramiento generalizado de las condiciones de vida y de trabajo de la mayoría social y que además es responsable de que la recesión haya durado mucho más en la UE que en cualquier otro sitio. Y que ahora estemos en una fase de crecimiento mediocre, recuperación insuficiente y elevado desempleo.

Ante la evidencia del fracaso de esta estrategia, y del dolor que produce en la sociedad, en la Francia de Hollande primero, en la Italia de Renzi después, seguido de la Grecia de Tsipras y del Portugal de Costa, sus gobiernos intentaron aplicar una política diferente? Pero no pudieron. La conclusión es más que evidente: un país aislado no puede salirse de la ortodoxia impuesta por la troika, no es posible hacer una política antiausteridad en un solo país. La imperfecta arquitectura económica e institucional de la UE, que tiene en el euro su máxima expresión, es una camisa de fuerza que limita al extremo el margen de maniobra de los gobiernos. En ese pulso del norte acreedor y del sur deudor, entre la austeridad y la política expansiva, España es una anomalía: uno de los países con más deuda exterior y con el mayor numero de desempleados y sin embargo tiene un gobierno de la derecha que obedece complacido el dictado de la ortodoxia neoliberal. Una anomalía que es utilizada como la gran coartada por la Troika, porque somos la cuña que rompe la posibilidad de conformar un frente de países que representan más del 50% del PIB de la UE y que, por lo tanto, tendrían fuerza suficiente, si actúan unidos, para modificar al menos parcialmente la estrategia económica de la UE.

Por eso no debemos seguir gobernados por el mismo partido que recortó en 50.000 millones el gasto público y que aplicó una política laboral que ha hecho de nuestro país uno de los más desiguales del continente. Necesitamos un cambio de gobierno para que, entre otras cosas, modifique la correlación de fuerzas en la UE para acabar con la austeridad compulsiva, para mejorar nuestras vidas y darle esperanza al proyecto europeo que va a la deriva.

El resultado de las elecciones españolas va a ser celebrado la noche del próximo día 26, bien por los banqueros de Fráncfort o bien por los trabajadores en huelga de Francia, los pensionistas griegos o los jóvenes parados portugueses. Cada uno, cuando vaya a votar, debería saber con quién le gustaría celebrarlo.

España, la anomalía europea