Sociedades abiertas, sociedades plurales


Lo que es innegable es que las estructuras sociales actuales son plurales, demasiado para algunos. Vivimos en sociedades abiertas tanto a presiones internas (reivindicaciones multiculturales internas de tipo étnico, religioso, lingüístico o sexual) como a flujos externos (inmigrantes, refugiados). Y muchas de ellas generan sentimientos de xenofobia, rechazo o simple indiferencia. La figura del otro, del distinto a mí, del que vive de un modo distinto al mío se generaliza y se hace cada vez más evidente.

La sociedad pluralista está vinculada a la tolerancia. El pluralismo presupone tolerancia, sin ella no hay sociedades ni abiertas, ni plurales. Hasta aquí, nada parece ser nuevo: la tolerancia fue una de las premisas de la génesis del liberalismo. Pero debemos apreciar un matiz que separa el origen de la tolerancia de la visión pluralista. Ese matiz, nada superficial, es la diferencia entre la neutralidad, la indiferencia liberal y la subjetividad y la consideración pluralistas. Entre la abstención y el reconocimiento, entre la imparcialidad y el partidismo. De hecho, esta diversidad es enriquecedora para el individuo y para la sociedad.

Las reformas protestantes obligaron a considerar la tolerancia religiosa, en primer término, como un bien básico garantizador de la convivencia, no sólo religiosa. Se llegó a la conclusión, a la propia necesidad más bien, de que preferible era convivir que tratar de eliminar u homogeneizar al resto de confesiones. Para ello, se separó la ciudad de Dios y la del hombre (aunque con esta frase se hace evidente que estas ideas ya flotaban en el ambiente europeo) y el teocentrismo abandonó la interpretación social, lo público, para pasar a un plano privado. En la actualidad sería lo auténtico, lo propio, lo que ha sustituido este espacio de fe y, presuntamente, lo público es el lugar para el encuentro y la convivencia (aunque debemos recordar los chalés adosados o los clubes sociales...).

Durante la Edad Media la heterogeneidad fue más evidente de lo que pudiera parecer, pero las estructuras sociales eran demasiado rígidas. Será con el humanismo, el relativismo cultural de las conquistas (recuérdese el diatriba del Padre Almeida en la película El rey pasmado), el comercio y la reforma cuando se comience a tener en consideración la heterogeneidad como algo positivo y estabilizador. Una diversidad controlada, un disenso verificado por el Estado moderno primero y por el Estado-nación después, una distinción privada y privativa dentro de un mismo molde, el del súbito primero y el del ciudadano después. La indisoluble unidad de la nación española, convive con las regiones y nacionalidad que la integran o el pluralismo de partidos son dos bueno ejemplos de este sano disenso. De hecho, es el propio Estado el que alienta, hasta cierto límite, estas divergencias y desacuerdos, considerándolos, dentro de espacio común de convivencia, como algo muy beneficioso para la sociedad.

De este modo, según Sartori, estaremos ante un verdadero pluralismo cuando no exista monopolio de creencias (para lo cual es esencial una sociedad secularizada), persista un sincero pluralismo social y convivamos en una verdadera democracia de partidos (muy en la línea de R. Dahl).

Para el modelo liberal-democrático, el consenso y el disenso es algo habitual, incluso más el disenso («la dialéctica del disentir» como dice Giovanni Sartori). El consenso es necesario en los principios fundamentales (principios necesarios) (y el más importante es el de la resolución de conflictos, que en democracia es la regla de la mayoría, ¡nunca del consenso! de una mayoría limitada que respete los derechos de las minorías, ya que son igualmente tratadas y tenidas en consideración). En lo referente a los principios accesorios (principios contingentes) cabe todo tipo de conflicto, que será canalizado dentro del marco de los principios fundamentales, por ello el conflicto se encauza y nunca lleva a desastres ni se elimina a las variantes o identidades porque todas tienen cabida en el disenso. (Disenso controlado). En el pluralismo, se produce un consenso por medio de muchos (continuos) disensos. Éstas son algunas de las reflexiones de G. Sartori en La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculuralismo, extranjeros e islámicos. (SARTORI, 2003)

El pluralismo postula una sociedad de asociaciones múltiples. Parece que cualquier modelo de sociedad es así pero para que se dé, es necesario que las asociaciones sean voluntarias. Ésta es la clave que pone una frontera infranqueable entre el pluralismo y el multiculturalismo, la voluntariedad, el carácter optativo de la elección. Por ello, el pluralismo cree en las divisiones pero únicamente en las horizontales, opcionales y diacrónicas, pues considera que las cleavages verticales, forzosas y concomitantes termina gestando rechazo, cerrazón y agresividad frente al resto de identidades. Esta visión considera al multiculturalismo un foco de conflictos y de aislamiento, dentro de una etnia, raza, lengua, religión, cultura y color de piel determinados. Por el contrario, el pluralismo se relaja en las identidades y, a diferencia de aquéllos, considera que estas pertenencias pueden alternarse: podemos compartir una misma religión con personas de distinto color de piel, de la misma o diferente clase social, ser políglotas y estudiosos de una cultura distinta a la nuestra de origen. Incluso dirán que podemos cambiar de sexo. Estas combinaciones, estas convivencias múltiples, nos llevarán a ser más tolerantes al valorar las diferencias sin llegar a constituirlas en un motivo de enfrentamiento. Vuelvo a los guetos autoimpuestos de los chalés pareados, donde pretendemos encontrar personas de nuestra raza, lengua, religión, gustos culinarios, prácticas sexuales, cultura, permisibilidad respecto a los escarceos sexuales, lugar de la mujer, carreras a estudio de nuestros hijos y un largo etcétera. ¿Pluralidad? Que lo sean los que no tienen más remedio que serlo.

Por ello, parece que estas sociedades cada vez más abiertas y ricas están generando una búsqueda interior, un reconocimiento que fragmenta la sociedad, que destaca más lo que nos separa que lo que nos une, frente a un disenso más suave en lo que nos puede aportar algo positivo y un consenso, igualmente necesario, en lo que nos es fundamental. Si compartimos en un contexto muy reducido y cerrado, tendemos a mirarnos al ombligo, desatendiendo a los que nos rodean. Seguro que ya estamos pensando la respuesta multicultural: no elijo mi contexto, no puedo abandonarlo a mi antojo, me hace como soy, lo sustantivo me viene dado y, por ello, tal vez no pueda nunca llegar a puntos de entendimiento con otros que no son como yo. Debemos recordar que mi pertenencia no es ni voluntaria, ni múltiple, es mi segunda piel y, por ello, es única. Me puedo operar, aprender otro idioma, convertirme a otra religión, cambiar de equipo de fútbol, pero nunca dejaré de ser el que soy. O sí.

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