Sociedades abiertas, sociedades plurales

OPINIÓN

16 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Lo que es innegable es que las estructuras sociales actuales son plurales, demasiado para algunos. Vivimos en sociedades abiertas tanto a presiones internas (reivindicaciones multiculturales internas de tipo étnico, religioso, lingüístico o sexual) como a flujos externos (inmigrantes, refugiados). Y muchas de ellas generan sentimientos de xenofobia, rechazo o simple indiferencia. La figura del otro, del distinto a mí, del que vive de un modo distinto al mío se generaliza y se hace cada vez más evidente.

La sociedad pluralista está vinculada a la tolerancia. El pluralismo presupone tolerancia, sin ella no hay sociedades ni abiertas, ni plurales. Hasta aquí, nada parece ser nuevo: la tolerancia fue una de las premisas de la génesis del liberalismo. Pero debemos apreciar un matiz que separa el origen de la tolerancia de la visión pluralista. Ese matiz, nada superficial, es la diferencia entre la neutralidad, la indiferencia liberal y la subjetividad y la consideración pluralistas. Entre la abstención y el reconocimiento, entre la imparcialidad y el partidismo. De hecho, esta diversidad es enriquecedora para el individuo y para la sociedad.

Las reformas protestantes obligaron a considerar la tolerancia religiosa, en primer término, como un bien básico garantizador de la convivencia, no sólo religiosa. Se llegó a la conclusión, a la propia necesidad más bien, de que preferible era convivir que tratar de eliminar u homogeneizar al resto de confesiones. Para ello, se separó la ciudad de Dios y la del hombre (aunque con esta frase se hace evidente que estas ideas ya flotaban en el ambiente europeo) y el teocentrismo abandonó la interpretación social, lo público, para pasar a un plano privado. En la actualidad sería lo auténtico, lo propio, lo que ha sustituido este espacio de fe y, presuntamente, lo público es el lugar para el encuentro y la convivencia (aunque debemos recordar los chalés adosados o los clubes sociales...).