Solo hay un perdedor en el debate: Pedro Sánchez

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

¿Quién gana un debate electoral? ¿Quién lo pierde? Desde luego, no aquellos que indiquen las encuestas realizadas entre todo el espectro de votantes. A Mariano Rajoy, por ejemplo, no le afecta en nada lo que opinen de él los que piensan apoyar a Unidos Podemos, y a Pablo Iglesias no le influye lo más mínimo cómo le valoren los votantes del PP, porque entre ellos no se disputan prácticamente ningún voto. Y tampoco les suma nada, ni a ellos ni a Pedro Sánchez ni a Albert Rivera, la valoración que hagan quienes ya tienen decidido votarles y lo harían aunque resbalaran con una cáscara de plátano en pleno debate y se estamparan contra el suelo. La inmensa mayoría de los espectadores, y sus valoraciones, son por tanto prescindibles para los candidatos, porque los destinatarios útiles de este debate son exclusivamente aquellos que dudan a quién votar. El duelo lo gana quien cumple mejor con sus expectativas sobre esos indecisos, y lo pierde el que más se aleja de ellas.

Veamos entonces cuáles eran esos objetivos. El de Rajoy, salir vivo del entuerto, no cometer errores graves y mantener asegurada su condición de ganador de las elecciones. El de Pedro Sánchez, recuperar terreno e imponerse a Pablo Iglesias para evidenciar que la alternativa a Rajoy es él, y no el líder de Podemos. El de Rivera, aguantar la posición, no perder protagonismo y mantener la capacidad de pactar con PP y PSOE. Y el de Iglesias, no asustar, afianzarse como segunda fuerza y evidenciar que solo hay dos alternativas: que gobierne él o que lo haga Rajoy. Con esas premisas, puede discutirse quien ganó, pero resulta indiscutible que el perdedor clarísimo es Pedro Sánchez, que no solo no logró ninguno de sus objetivos, sino que probablemente perdió su última oportunidad de alcanzarlos.

Resulta inaudito que, sabiendo que se trata de la pregunta clave de estas elecciones, y también que se la iban a formular en el debate, Sánchez solo fuera capaz de balbucear una torpe colección de vaguedades cuando se le inquirió sobre si apoyará o no a Pablo Iglesias en el caso de que su partido quedara tercero. «No. Lean mis labios. El PSOE jamás entregará la presidencia de España a Unidos Podemos. Así que, si quieren un Gobierno de izquierdas, vótenme a mí». Esa habría sido la única respuesta aceptable a la pregunta desde el punto de vista de los intereses del PSOE. Entre otras cosas, porque no mentiría. Él, desde luego, no tendrá oportunidad de apoyar a Iglesias, porque si queda tercero tendrá que dimitir inmediatamente, presionado por su partido. Y si él no da la presidencia a Unidos Podemos, mucho menos lo hará un PSOE descabezado y obligado a renovarse, porque entonces comenzaría su regeneración suicidándose.

Al negar tajantemente que vaya a apoyar al PP, pero no aclarar si apoyará o no a Podemos, Sánchez deja en el aire la idea de que podría hacerlo. Y por esa puerta abierta salieron de inmediato miles de indecisos que podían haber votado al PSOE, pero que jamás harían presidente a Iglesias.