Aunque el 99,99 % de los habitantes del planeta creen que los espectáculos retóricos son un invento americano, conviene saber que los ejercicios de exposición, argumentación y conclusión están en el origen de Occidente, y que fueron profusamente utilizados antes de que se inventase la televisión. La Grecia clásica acudía en masa a escuchar a Demóstenes, Pericles o Lisias. Cicerón y Quintiliano brillaron después en los escenarios de Roma. Con Duns Scoto y Ockham se entretuvo la Baja Edad Media, cuando ya saltaban en sus piezas las chispas del Renacimiento. Báñez y Molina, en el Siglo de Oro, atestaron de público las plazas de Salamanca, para verlos discutir -a veces en latín- el problema de la ciencia media. Robespierre y Collot enfervorizaban a los parisinos durante la Revolución Francesa. Y tanto Castelar como Ortega, en distintos momentos de las Cortes Españolas, fueron capaces de encandilar a invitados extranjeros que no sabían ni una palabra de español.
El invento de nuestro tiempo no es el espectáculo retórico, sino el circo de debates electorales, morales y jurídicos en el que hablan los que menos saben, y en el que las formas, los realizadores y los presentadores prevalecen sobre el fondo. A los medios les da igual el Debate a 4 que Sálvame Deluxe, y que los astros sean Iglesias y Rajoy o Belén Esteban y Kiko Matamoros. Porque la utilidad y la rentabilidad de uno y otro espectáculo es casi la misma, aunque el público disfruta mucho más con Sálvame. Y así seguirá esta historia hasta que una cadena cualquiera me compre la idea con la que espero forrarme: un programa de monólogos políticos, presentado por Eva Hache, que exponga -en clave de humor y sin interrupciones- los programas de Gobierno.
El error que hemos cometido el lunes nace de la dañina confusión entre el debate político -que es un proceso continuo, con protagonistas conocidos y espectadores posicionados-, y el espectáculo electoral, que es una especie de falla valenciana que se construye y quema en dos horas, y en el que los colorines, el cartón piedra y el fuego impiden ver y estudiar los elementos estructurales que lo sostienen, las redes que lo financian, las rentas que producen y las emociones que implantan y alimentan. Por eso los debates televisados tienen siempre el mismo resultado: son decepcionantes, estériles y aburridos, y no evitan que los espectadores se queden in albis sobre la política de pactos y bloqueos del PSOE, que era lo único que no sabíamos y queríamos aclarar.
El mérito que tienen los debates -como diría Rajoy- es que crean empleo. Porque vista la nube de expertos y managers que se juntaron allí para manosear la banalidad y acentuar el postureo, doy por sentado que el número de contratos firmados en junio pesará a favor del PP en las elecciones del próximo 18 de diciembre.