Pasarse de la raya

Luis Ordóñez
Luis Ordóñez NO PARA CUALQUIERA

OPINIÓN

19 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay una chanza que recorre los foros progres la última semana, un vídeo de Albert Rivera en el que recoge algo que otro le pasa brevemente y se lo guarda en el bolsillo, quizá una moneda, mientras escucha a otro tocar la guitarra en un acto electoral. Después de que Juan Carlos Monedero insinuara (y luego se retractara a su manera) en un acto de la Revista Mongolia que el líder de Ciudadanos esnifa cocaína, la broma ha sido común entre la muchachada del cambio. Nada parece más improbable que si Rivera quisiera pillar un poco de perico lo hiciera en un acto multitudinario, a la vista de todos y mientras le graban un vídeo pero, qué más da, hemos quedado en que ya no hay actos positivos o negativos sino que la bondad de las acciones la concede la persona que las lleva a cabo porque hay gente que es buena de nacimiento y hay otros que ni siquiera son gente.

Hace apenas unas semanas volvía a la actualidad asturiana el caso del diputado autonómico del PP, David Medina, que pidió (y luego retiró) penas de cárcel para los periodistas que habían publicado sus muy lejanas detenciones por tenencia y tráfico de cocaína. Me solidaricé con los periodistas a los que se pedía cárcel por publicar esa información, una sanción a todas luces excesiva. También es cierto que fue una filtración interesada en un momento en que Medina competía por hacerse con la dirección del PP de Gijón, en un congreso en el que se hizo votar incluso a los muertos según nos han dicho los tribunales y que no tuvo nada de limpio visto lo visto. No hay nobles y buenos en esta historia, todo el mundo actuó por un interés espurio.

¿Qué nos queda al final? ¿El escándalo porque un cargo político consuma drogas? ¿a estas alturas del siglo XXI, qué esto, Kansas? Lo cierto es que apenas los muy cerriles pueden defender ya que la prohibición total, la persecución del narcotráfico como si fuera una «guerra» no ha sido un fracaso. Hay estados, como México, a punto de ser derrumbados por el enorme desequilibrio de fuerzas entre el gobierno y los narcos. Mientras tanto, en Colorado, en EEUU, la legalización de la marihuana no deja de dar beneficios sin que se haya producido ningún desastre social, al contrario. Allí se grava la venta de marihuana con un impuesto finalista dedicado a aumentar el presupuesto de educación. Aquí sólo vemos al Ministerio de Interior presumir cada semana de la destrucción de algún invernadero con unas decenas o centenares de plantas como si fuera el colmo de la lucha contra el imperio del mal. ¡Qué desperdicio de dinero, de medios! Es absurdo.

En el tiempo en el que Medina era detenido, el PP asturiano ponía el grito en el cielo ante iniciativas de ONG tan inocentes como permitir a los jóvenes que salían por la noche testar en puntos seguros si la sustancia que habían adquirido tenía cierto grado de pureza o era simple porquería cortada. Hasta eso era tabú para los que sólo usan el papel de fumar para cogérsela. Basta ya. Medina solicitó con toda legitimidad dado el grado de sus delitos que no constaran en sus antecedentes penales, no tenemos nada que criticar en eso. Las acusaciones contra Rivera son meras calumnias interesadas y reveladoras además de una moralina puritana e hipócrita insoportable.

Ambos casos deberían servirnos, si fuéramos progresistas de verdad, para reclamar de una vez por todas un debate sosegado y tranquilo sobre la legalización de todas las drogas, no necesariamente a la vez, no todas de la misma forma, pero hay que hacerlo. La prohibición sólo ha servido para enriquecer hasta límites inconcebibles a los peores criminales del globo, para impulsar el comercio ilegal de armas, el tráfico de personas, porque todo está relacionado. La legalización debe servirnos para dar garantías sanitarias a los consumidores, para que sea el Estado el que recaude los beneficios de esa venta. Y también, no deja de ser relevante, para reivindicar que nadie, ninguna institución, ningún organismo, puede dictar a un ciudadano adulto cómo quiere disfrutar la ebriedad siempre que no moleste a nadie.