Pisando nuestros pasos


Redacción

Europa, como tantas veces en la historia, es centro y destino de una de las tantas movilizaciones humanas forzadas en la actualidad. Frontera física y simbólica del anhelo por un futuro promisorio, y de aquello que queda enterrado en el pasado detrás de cada paso que se da. La diáspora siria se dirige, sin querer/poder mirar a atrás, hacia el oeste del continente, no en busca de «una vida mejor», sino de simplemente salvar la vida. Todos los capítulos omitidos en la crónica de la trayectoria entre el escenario de brutalidad en Medio Oriente y «el destino soñado europeo», guardan en secreto las razones reales y más humanas del porqué de esa movilización. Hace cinco años ya que los sirios convirtieron en lugares comunes conceptos como hambre, frío, impotencia, violación y desesperanza. Algo que en Europa ha quedado para los libros de historia y los guiones de series televisivas. Cinco años ya que los civiles han abandonado sus casas, negocios y propiedades gracias la devastación gestada por las mafias bélicas; algo que en Europa, parece ser, también ha quedado para el recuerdo.

Cuando cayó el Muro de Berlín en noviembre de 1989, y los ojos del mundo también atestiguaron la caída del modernismo, así como de la bipolaridad global instituida con la Guerra Fría, se creía -en términos muy amplios- que esa idea de libertad generalizada llevaría a la humanidad hacia un nivel de desarrollo mayor. Hubo, como era de esperarse, gente que desde la academia cuestionó ferozmente esa supuesta «libertad generalizada», como es el caso de Andreas Huyssen y de Jürgen Habermas. O, al menos, pusieron en tela de juicio los idílicos posibles resultados de ese libre «poder hacer» de las naciones y de los pueblos. Y mucho del cuestionamiento sobre ese posmodernismo naciente y recién gestado tenía, igualmente, un origen en la siguiente interrogante: ¿estarían, las naciones del mundo, preparadas para interactuar y convivir sin la idea del miedo como estabilizador y freno ante cualquier amenaza bélica? Veintiséis años después comprobamos que la respuesta a esa cuestión fue negativa. Desde entonces hemos sido testigos de vergüenzas humanitarias como Ruanda, la Guerra de los Balcanes, Irak, Afganistán, Egipto, Túnez, Argelia, Líbano, Sudán, entre otros. Además de un empobrecimiento generalizado en el tercer mundo, perdón, en las naciones «en vías de desarrollo». Pero también hace veintiséis años ya que la primicia posmoderna (¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, y? ¿hacia dónde voy?) se volviera motor y disparador de reivindicaciones nacionalistas y fanatismos en todo lo largo y ancho del globo. En pocas palabras, veintiséis años ya que decidimos buscar desesperada y obsesivamente en el pasado las preocupantes respuestas anheladas en el presente, generadas por la asfixiante angustia de un futuro incierto. Así es, veintiséis años que muchos pueblos acorralados por el pánico a esa libertad (o falta de protección en el sistema de equilibrio internacional, como sostendrían algunos), se acorazaron bajo el lema de «todo tiempo pasado fue mejor» con la finalidad de construirse una identidad frente a lo que Fukuyama llamó «El Fin de la Historia».

En 1936, hace exactamente ochenta años, comenzó el episodio bélico más traumático en la historia de España. Un capítulo que partió a la población civil, que desmoronó la conciencia colectiva y que fue un parte aguas en la construcción histórica del país. Un hecho nada sorprendente para muchos, como Ortega y Gasset, o para Paul Preston, quienes la Guerra Civil no era más que una consecuencia directa de las condiciones políticas, económicas y sociales que imperaban en una España cada vez más dividida desde el siglo XIX. Ese episodio, que en los libros de historia sólo se ubica cronológicamente entre 1936 y 1939, actualmente se hace cada vez más presente en los diarios digitales, publicaciones literarias, exposiciones y discusiones entre paisanos en los bares de toda la España contemporánea. Muchos de los españoles de esa generación perdieron la vida. Muchos, pertenecientes a los tres bandos: los nacionales; los republicanos; y los que eran tan pobres que estaban al margen de la política, y cuya mayor preocupación en la vida era trabajar duro para llevar algo de comida a la mesa. Muchos murieron, es cierto, pero otros tantos también salieron de su tierra natal para salvar la vida en esa condición que la Europa Institucional sataniza hoy en día, es decir: de refugiado. Pero la imagen de barcos atiborrados zarpando desde los puertos andaluces, gallegos, cántabros y catalanes no es exclusiva de 1936; España ha protagonizado durante numerosas etapas en la Historia episodios de crisis en donde muchos de sus hijos han salido a reinventarse y buscar refugio en el exterior. Para ejemplo de ello, tenemos la crisis del 98, en donde la hambruna y la escasez dejaron en despoblado el norte y otras zonas que hoy son icono del progreso y la industria. 

Lo anterior, en relación con México, fueron los refugiados españoles, de la derrotada II República, quienes tuvieron facilidades para entrar al país y establecerse gracias a cuestiones políticas. Algo que la nación americana presume con tintes de gloria, ya que muchos de ellos formaban parte de la élite intelectual, académica, cultural y científica en España, por lo que en su destino de acogida contribuyeron notablemente al desarrollo mediante la creación de centros de investigación académica, escuelas, centros culturales y de fomento artístico, entre otros. Pero no sólo fue esa oleada migratoria la que llegó en condición de refugiada. Desde finales del siglo XIX el norte español, entre otras zonas, vio cómo los pueblos se iban vaciando de jóvenes que saturaban los barcos en los puertos rumbo a Canarias y a Cuba, los cuales los llevarían finalmente a Argentina, México, Uruguay y Venezuela, respectivamente. Por una parte se gestaba una generación de intelectuales, en las grandes ciudades con ilustres nombres como Baroja, Unamuno o Maeztu, quienes daban vida al conocido movimiento Generación del 98, mientras que por otra, filas de madres lloraban todos los días en los puertos la partida de sus hijos, a quienes cosían un botón de oro en la chaqueta. Así es, hubo un día en que la mujer en la escultura gijonesa de Ramón Muriedas, El Monumento a la Madre del Emigrante, era de carne y hueso.

Hace cinco años que comenzó, oficialmente, la Guerra en Siria. Cinco años ya que el país quedara en carácter de ingobernable y con un nivel de devastación generalizada sin precedente. Cinco años ya que los científicos, intelectuales, maestros, abogados, artistas, doctores y escritores comenzaron a huir, no por ambición, sino para salvar la vida. Hace días que los niños no han probado bocado o están encerrados en campos «para refugiados” en Grecia o Turquía. Hace cinco años que el Mediterráneo es un cementerio de quienes tuvieron que salir de casa para salvar la vida en un bote. De las cuotas establecidas por la Unión Europea sobre la cantidad de refugiados que los países deben acoger, a España apenas ha llegado una veintena en donde la mayoría son eritreos. Por otra parte, hace ochenta años que comenzó la Guerra Civil Española. Ochenta años en que mucho de la élite académica e intelectual del país adquirió la condición de refugiada simplemente para salvar la vida. Ciento dieciocho años en que una crisis política, bélica y económica en España alcanzó su punto más álgido, orillando así a pueblos enteros a refugiarse en otro tiempo y en otro espacio lejos de su origen. Hay condiciones humanas que, afortunada o desafortunadamente, están al margen de la política. Hay situaciones que rebasan las capacidades argumentativas de izquierdas y/o de derechas. Hay crisis humanitarias mucho más complejas y profundas que no se pueden resolver con un número en una calculadora, o un decreto numérico sobre cuántas personas «deben»  ser acogidas o cuántas deben ser rechazadas. Parece que la Historia sólo se construye sin que se aprenda de ella. Qué irónico resulta que mientras más nos acercamos, vía la tecnología y los medios de comunicación, más barreras ponemos entre nosotros mismos, alejándonos así los unos a los otros. Parece ser que, al menos en términos de aprendizaje de la Historia, estamos perdidos y que ni pisando nuestros propios pasos encontramos el rumbo o el camino.

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