Sánchez obliga a los socialistas a votar a ciegas

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

La historia es caprichosa y a veces juega malas pasadas. En esta ocasión, ha querido que en el momento más difícil del PSOE en toda su existencia se encuentre al frente del partido el que sin duda es el peor secretario general que ha tenido nunca. La gestión de Pedro Sánchez desde su elección como nuevo líder socialista en julio del 2014 solo puede calificarse de mala o muy mala. Pero lo que está haciendo desde que se celebraron las elecciones generales del 20 de diciembre trasciende el acierto o el error político y se enmarca directamente en el ámbito de una grave irresponsabilidad por la que tendrá que rendir cuentas no solo ante su propio partido, sino ante todos los españoles. Basta recordar que hace seis meses, pese a obtener el peor resultado de la historia del PSOE, la aritmética le situó ante el dilema de escoger entre ser presidente del Gobierno con apoyo de Podemos y de los nacionalistas o convertirse en vicepresidente y pieza clave de un Ejecutivo de coalición con el PP, que habría sido el más estable de la democracia en número de escaños, y capaz por tanto de aprobar por amplio consenso las grandes reformas económicas e institucionales que necesita el país.

Ignorando que la política es el arte de lo posible, Sánchez desdeñó ambas opciones y optó por lo imposible, lo inútil para su partido y para España. Cerró un pacto con la única fuerza que no garantizaba un Gobierno y convirtió en estrepitoso fracaso lo que era una oportunidad de redención. El resultado es que el partido hegemónico de la izquierda durante décadas, pieza clave en la construcción del actual sistema democrático, puede quedar reducido a la condición de bisagra. ¿Puede agravarse un despropósito de semejantes dimensiones? Sí. Parecía imposible, pero Pedro Sánchez está dispuesto a llegar al día de las elecciones sin aclarar ni a sus militantes ni al resto de españoles lo que hará con los votos recibidos.

Ayer, el líder socialista hizo otro ejercicio de funambulismo político, hilando un condicionante tras otro para evitar decir algo tan simple como esto: «Si el PSOE queda tercero, no hará nunca presidente a Pablo Iglesias». Ni lo dice, ni lo dirá. Por tanto, quien vote este domingo al PP sabe que está votando por la gran coalición; quien opte por Podemos, sabe que está apoyando un Gobierno de izquierdas con el PSOE; quien vote a Ciudadanos sabe que propugna un Ejecutivo tripartito PP-PSOE-C’s. (O al menos, eso dice Rivera). Pero aquellos que escojan la papeleta socialista, lo harán a ciegas, porque su líder se niega a ser claro y honesto. Y la diferencia no es baladí. Porque, en caso de que el PSOE quedara tercero, ese voto lo mismo puede servir para que en España gobierne la alianza entre un partido comunista y otro de corte populista, como para que, en el probable caso de que Pedro Sánchez dimitiera por ese pésimo resultado, el PSOE dejara gobernar a un partido netamente conservador. Los votantes socialistas no se merecen el tener que acudir a las urnas sin saber lo que están votando.