Ciudadanos, una bisagra que chirría

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Por más que Albert Rivera insista en que su deseo es que se forme cuanto antes un Gobierno estable, sabemos desde antiguo que la aspiración de los partidos bisagra, como el suyo, es siempre la contraria: Ejecutivos en minoría que les sitúen a ellos, por pocos escaños que tengan, como árbitros con poder suficiente para tener al Gobierno que se forme bajo amenaza constante de hacerlo caer. Por eso mismo, a Rivera le interesan como socios partidos con un liderazgo débil. De ahí su veto a Rajoy y a Iglesias y su flirteo con Pedro Sánchez. Para un partido bisagra es irrelevante quién gobierne, porque lo decisivo es que ellos tengan la llave. Todo esto se aprecia con claridad en la actuación de Rivera, que lo mismo apoya en Madrid un Gobierno del PP, al que no se cansa de vincular con la corrupción, que facilita que en Andalucía gobierne el PSOE, con más de 300 cargos o excargos imputados.

La decisión de apoyar a uno o a otro tras el 26J no va a depender por tanto de lo que Ciudadanos defiende en su programa ni de los intereses generales de España, sino de qué fórmula de Gobierno sea la más débil y, por tanto, la más rentable para Rivera. Desde ese punto de vista, lejos de ser la nueva política, Ciudadanos representa el papel que durante muchos años interpretaron en España los partidos nacionalistas, vendiendo su voto al mejor postor con las nefastas consecuencias ya conocidas. Rivera se muestra así como un líder de convicciones gaseosas, creencias volubles y principios intercambiables, cuya razón de ser es influir en el poder, y no defender una ideología que, en su caso, es difícil de ubicar.

A todos estos males, comunes en todo el mundo a la mayoría de fuerzas con aspiraciones de ser bisagra, Ciudadanos agrega algunas taras autóctonas. La primera es el hiperliderazgo absoluto de Rivera. Haga usted la prueba de tratar de enumerar a media docena de posibles ministros de Ciudadanos y repítala luego con el PP, el PSOE y hasta Podemos, y entenderá de qué estoy hablando.

El segundo lamparón es que para el partido naranja en España solo existen Madrid y Barcelona. Algo que Rivera deja claro cada día con su desprecio a Galicia y su enciclopédico desconocimiento de la realidad de esta comunidad, y Garicano, su gurú, con su afirmación de que el AVE gallego es un «derroche keynesiano».

Votar a Ciudadanos este domingo es por tanto lanzar una moneda al aire. Las nobles intenciones, los golpes en el pecho, los cantos de amor a la patria y el rechazo al populismo están bien. Pero, por el momento, el hecho cierto es que Ciudadanos se sentó en una mesa con Podemos para negociar un Gobierno presidido por el PSOE sin que Pablo Iglesias renunciara a hacer un referendo independentista en Cataluña y sin que se retractara después de haber calificado a la Constitución de 1978 como un «candado» que es necesario romper. Y -también hay que recordarlo-, quien se levantó de aquella mesa y abortó el acuerdo de Gobierno fue Podemos, no Ciudadanos.