¿Qué podría enseñarle Iniesta a Pedro Sánchez?

OPINIÓN

23 jun 2016 . Actualizado a las 08:51 h.

Si Iniesta es el mejor centrocampista del mundo no se debe a la mera ubicación en el centro estratégico de su equipo, sino por utilizar esa posición para crear y repartir juego y para hacer que Messi, Suárez y Neymar se harten de marcar goles. Si Iniesta aprovechase su posición para hacerse dueño del balón y no dejar jugar a nadie más, no sería un centrocampista, sino un chupón inútil de tercera regional.

La política es un juego. Muy serio, ciertamente, pero un juego. Y para ser centrocampista no basta con marear la perdiz en el centro del tablero. Porque la centralidad política no se define por la posición ideológica o por la simple ocupación del centro del tablero, sino por la capacidad de crear y repartir juego y hacer posible la obtención de resultados. Por eso Pedro Sánchez está incapacitado para jugar de central en la política española, y corre el riesgo de bajar, si el pueblo no lo impide, a tercera regional. La centralidad de un partido se puede definir desde dos perspectivas: porque se sitúa -o lo sitúan los electores- entre el 4 y el 6 de la escala que mide la divisoria entre izquierda y derecha; o porque tiene un enorme potencial de coalición que le permite ser dirimente de la mayoría en los escenarios pluripartidistas. Y, de la misma manera que sucede con Iniesta, lo determinante del centrismo no es la posición en la escala ideológica, sino la disponibilidad y la habilidad para hacer y dar juego político. Veamos dos ejemplos.

La UCD de Suárez era el 5 de la escala ideológica, pero no podía ejercer de centro político porque ganaba las elecciones en competencia dual con el PSOE. La verdadera centralidad la ejercían los nacionalistas del PNV y CiU, ya que, a pesar de ser más de derechas que UCD, tenían capacidad de pacto hacia la derecha, con la propia UCD o con el PP, y hacia la izquierda, con el PSOE. Por el mismo motivo puede decirse que CiU, que tantas veces hizo de centrocampista, juega hoy de extremo izquierda, y no por haber cedido su posición de derecha liberal, que no la cedió, sino porque el independentismo le oxidó la bisagra y le impide escoger entre el PP y el PSOE.

Y esta es la razón por la que Sánchez se ha convertido en la rémora más estéril de la política española. Porque, a pesar de que el éxito de Podemos lo desplazó hacia el centro ideológico, no sabe repartir juego como Iniesta. Su única obsesión es chupar balón e impedir que nadie, salvo él, pueda marcar un gol. Y por eso no le sirve para nada esa obligada centralidad entre Rajoy e Iglesias, que él mismo describe con la frase más estúpida de nuestra democracia: «No haré presidente ni a Iglesias ni a nadie del PP». Porque lo que dice, en realidad, es que solo puede ganar la Champions el que va a perder todos los partidos. Y esa ignorancia solo podría superarla con unas lecciones de Iniesta.