Y ahora qué


Redacción

Después de una descafeinada campaña electoral -en lo ideológico, mediático y discursivo- en la que las coincidencias demoscópicas daban un ganador sin triunfo claro, a un perdedor adelantado por la izquierda, a un conquistador del lejano centro y a un cuarto dispuesto a tender su mano a un lado y a otro, los comicios han dado su veredicto. 

 Dejamos atrás una campaña veraniega, futbolera y casi eterna en la que las plazas de toros no se han llenado (ojalá no se llenasen nunca más en la vida) ni los autocares de jubilados han sido fletados para la ocasión. Por momentos nos olvidábamos (sobre todo cuando Iniesta hacía de las suyas) de lo verdadero y únicamente importante: formar un gobierno estable, un gobierno, dicho sea de paso, que deberá afrontar más de un problema largo tiempo macerando.

Con los resultados sobreimpresionados en las pantallas de todos los canales de televisión (menos en Telecinco que siempre ha sido especial, desde las mamachicho hasta el partido Hungría-Bélgica) se demuestra una cosa: la demoscopia y los que se llenan la boca de datos, porcentajes y estadísticas -muchos de ellos politólogos, sociólogos y periodistas- no tenemos más idea que el común de los mortales. Las estadísticas son números sin cara y la política debe ser caras sin números. Hágame caso, no confíen en los que les digan: casi siempre existe un interés más o menos oculto.

Empecemos por la abstención. El porcentaje de potenciales votantes que no han acudido a las urnas ronda el 30%: poco más se puede decir. Si bien debemos advertir que estas elecciones han sido muy singulares, entre otras cosas por su reiteración, situación que ha intoxicado al ya cansado ciudadano. Los partidos han tratado de llevar a cabo una campaña de perfil bajo (una paradoja absurda) lo que muchos analistas han confundido con una moderación del mensaje. Por este motivo, los partidos que más deseaban (necesitaban) movilizar al electorado han obtenido unos porcentajes de voto muy similares a los anteriores comicios, mientras que el partido que mayor nicho de voto cautivo tiene, los ha mantenido e incluso los ha aumentado.

El Partido Popular ha ganado estas elecciones (algo que se esperaba y que nadie dudaba) con un margen mayor del esperado, sobre todo por los votantes que se ha ido dejando por el camino Ciudadanos. Más de diez escaños que hace seis meses para una formación que ni siquiera se postuló en un intento de investidura, que le rodean los casos de corrupción (no son los únicos) y que vienen de un profundo desgaste gubernamental. Ni la erupción de otro partido de centro-derecha (que pacta con el PSOE para facilitar su investidura) le ha supuesto un gran dolor.

El Partido Socialista, al que todos daban por superado e históricamente adelantado, se mantiene como segunda fuerza política a un mundo de la anterior formación. En otros tiempos se hubiera calificado de descalabro, en los actuales no parece serlo tanto. Tantos estudios y sesudos teóricos diciendo que Unidos Podemos les iba a superar, que casi nos lo creemos. El voto se hace más conservador a medida que se acercan las elecciones, lo cual no significa votar a la Derecha sino votar al “malo conocido”, lo que también sirve para explicar la pérdida de peso de Ciudadanos a favor de los Populares. Como la felicidad es una cuestión de expectativas, tal vez los Socialistas no estén tan tristes? Sobre todo aquellos que piden que alguna cabeza ruede.

La sensación en Unidos Podemos imagino que será inversamente proporcional a la que tienen en el bando socialista. La estimación de voto directo atribuida a estas formaciones era tan alta, que no puede quedar un buen sabor de boca. Unos resultados muy similares a los obtenidos hace seis meses hacen pensar que su estrategia (una vez más) deberá adaptarse a estos resultados, ya que de otra forma todo hace pensar que han tocado techo en las Generales. A los jóvenes (avalistas de Podemos) les/nos cuesta ir a votar por dos motivos: siempre hemos vivido en Democracia y ejercer el derecho al voto nos parece (por suerte) consustancial a la vida pública y creemos que ocuparnos de los asuntos públicos, participar de lo común, no es exclusivamente meter una papeleta en una vieja urna. Ya imagino las críticas que recibiré por estas líneas, pero en el fondo es algo que dice mucho de nuestra juventud.

Acabo con Ciudadanos, ya que los partidos nacionalistas parecen haber perdido su dorado protagonismo. El globo parece perder altura a medida que las pruebas se hacen más exigentes, dado que sus escaños de hace seis meses pasan a los Populares (y los perdidos por los Socialistas también). Da la sensación que sostener un partido en la pureza ética y en la lucha contra la corrupción no proporcional réditos electorales, lo cual dice muy poco de nuestra sociedad. No obstante, no es menos cierto que en España los partidos de centro no han tenido mucho éxito: sí, ya lo sé, UCD era de centro pero no era un partido.

Y ahora qué. Tres escenarios se abren: o pactos, complejos en lo aritmético y en lo ideológico; o gobierno en minoría del partido más votado, con la feroz oposición, si llega a producirse, del resto de fuerzas o unas nuevas elecciones. Las abstenciones en segunda vuelta nos aclararán las cosas y no los apoyos, inocuos en lo matemático. ¿Se abstendrán algunos partidos para evitar un nuevo paso por las urnas, favoreciendo el triunfo de viejos enemigos? Una cosa está clara: la desafección ciudadana ante unas terceras elecciones generales dejaría muy tocada a la clase política de este país, lo que no es demasiado importante, salvo por los efectos que puede tener en nuestra Democracia.

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