La hora de Sánchez y el fin del Sun Tzu vallecano

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

28 jun 2016 . Actualizado a las 08:53 h.

El pasado 22 de enero, Rajoy entraba en la Zarzuela para entrevistarse con el rey. Le hicimos ya el epitafio, dando por hecho que iba al matadero para ser desollado en la investidura. Pero hete aquí que Rajoy le dijo al monarca paso palabra, dejando al personal con un pasmo, que decían los Desmadre 75. Lo demás ya fue todo ponerse de perfil y dejar que la izquierda se suicidara. El veterano Rajoy, nuestro Andreotti, que ya era diputado cuando Pablo Iglesias tenía tres años, deja en ridículo a sus jóvenes adversarios y también a ese ejército de politólogos que cargados con sus iPad y sus tablas de Excel nos querían convencer desde la tele de que esto de la política es cosa de algoritmos, restos y cuentos similares. Pero luego resulta que el ciudadano vota lo que le peta, sin importarle un pito a cuánto cotiza su voto en el mercado persa de las encuestas.

Lo que se demuestra en estas elecciones es que una cosa es votar a Pablo Iglesias como expresión de rebeldía y de cabreo contra la corrupción, y otra hacerlo cuando uno se ve ante la posibilidad real de acabar gobernado por ese cruce entre el Che Guevara y Evita Perón. Un millón y medio de sus votantes le han dicho que hasta aquí llegó la broma. El mito estratégico del Sun Tzu de Vallecas acaba en chiste. En pleno siglo XXI, pretender convertirse en presidente del Gobierno de España yendo de la mano de un partido comunista que sigue venerando a la momia de Lenin, y con Julio Anguita de maestro Yoda, es una ocurrencia equiparable a querer ligarse a Scarlett Johansson siendo Pozí. Un imposible metafísico. Y así se lo han hecho saber los votantes a un Iglesias que los ha tomado por tontos con su espectáculo de transformismo inacabable. Al final, va a resultar que lo que necesitaba el Ibex 35 no era un Podemos de derechas, sino uno de izquierdas, el original, para que siga gobernando el PP. Porque, por si alguien no lo ha pillado, si Podemos no hubiera nacido, la izquierda gobernaría en España desde hace seis meses.

Otro medio millón de los que votaron el 20D a Ciudadanos para dar un aviso a Rajoy han regresado al PP, hartos también de ver a Rivera bailando la yenka y haciéndole ojitos a Iglesias y los suyos. Si no fueran dos dirigentes de la nueva política, que gozan al parecer de una inmunidad que a los demás se les niega, Iglesias y Rivera deberían haber dimitido el mismo domingo ante su estrepitoso fracaso. En cuanto a Pedro Sánchez, cuando se recupere de la resaca de la fiesta del no sorpasso, comprobará que por fin tiene que hacer lo que menos le gusta: tomar una decisión. Y solo le caben tres opciones. Dos de ellas, apoyar la investidura de Rajoy o forzar nuevas elecciones, serían fulminantemente suicidas para él. La tercera, buscar triquiñuelas para que gobierne Rajoy sin mojarse demasiado la ropa, como la de que el diputado de Nueva Canarias se abstenga en la investidura, le daría al menos unos meses de vida antes de que comience la vendetta en el PSOE, con Madina en el papel de Luca Brasi.