Atentado en Estambul


La realidad acaba por imponerse y obliga, incluso al presidente de Turquía, aspirante a convertirse en sultán y recuperar el imperio, a reconocer que ni es tan fuerte, ni tan listo, ni tan inmune. El pasado martes, un ataque coordinado de tres terroristas pertenecientes al Estado Islámico sumió el aeropuerto de Estambul en el horror de la muerte y la sangre. Hasta ahora, 42 muertos y más de 200 heridos.

Decir que Turquía ha mantenido una postura de tibieza o de poco control con los yihadistas que han asolado gran parte de Siria y de Irak es un eufemismo. La permeabilidad de las fronteras turcas para con estos asesinos ha sido total. El hecho de que los yihadistas, de confesión suní combatieran al Gobierno chií de Al Asad propició sino una colaboración directa, sí una tácita condescendencia. Una condescendencia que estalló, el año pasado, junto con las bombas en la localidad kurda de Suruc. Erdogan aprovechó para lanzar una ofensiva contra los kurdos, que habían mantenido una tregua de más de dos años, y sin embargo, no hizo casi nada contra el EI.

Un año después, forzado por la ralentización de la economía, gravemente perjudicada por los atentados, que han reducido el turismo en un 30 %, así como por su distanciamiento de la UE, Erdogan se ha acercado a quien puede congraciarle con EE.UU., es decir, Israel, mientras intenta recuperar la relación con Rusia. No parece casualidad, pues, que el día anterior al atentado, Turquía hubiera firmado un acuerdo de reconciliación con Israel, país con el que había cortado relaciones diplomáticas hace seis años como consecuencia del ataque a la llamada flotilla de la libertad.

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