Estrategias equivocadas


Como era de esperar, las elecciones generales del pasado 26 de junio han arrojado unos resultados que, en esencia, corroboran los ya obtenidos el 20 de diciembre. En un plazo de seis meses sería poco probable que se produjese un vuelco electoral, y las previsiones estadísticas que habían apuntado lo contrario sólo demuestran cuán inútiles son los sondeos, entre otras cosas, porque no describen lo que puede pasar, sino que influyen en esos mismos resultados que supuestamente pronostican. Pero, a pesar de que la esencia de los resultados entre los comicios del pasado domingo y los del mes de diciembre sean sustancialmente equivalentes, existen ciertas diferencias de matiz que no son baladíes.

Más de un partido político se estará arrepintiendo a estas horas de la estrategia adoptada en la abortada legislatura. Ciudadanos era quizás el más consciente de que sería difícil conseguir unos resultados electorales mejores que los que había obtenido, y de resultas trató de actuar como partido bisagra entre el PP y el PSOE, empecinándose en que el segundo tenía que apoyar indefectiblemente al primero, al descartar el partido de Albert Rivera cualquier «contaminación» con Podemos. El resultado ha sido que el votante de PP que otrora había apoyado a Ciudadanos retomó su voto al partido liderado por Rajoy por dos obvios motivos: no le habrá gustado que Ciudadanos se aliase con el PSOE, pero tampoco vería utilidad en votar a un partido bisagra si el objetivo era que gobernase la derecha. Para eso mejor votar directamente al partido que mejor la representa: el PP.

El PSOE buscó lo imposible, la cuadratura del círculo, intentando atraer a Podemos e IU al redil de su pacto con Ciudadanos. Estrategia imposible, habida cuenta de que ni aquellos ni estos se hallaban por la labor. Su intento de sustituir al PP del Gobierno le llevó a mostrar por momentos una postura errática, en la que interpretaba de forma diferente su pacto con Ciudadanos según sus interlocutores, intentando por todos los medios contentar a propios y extraños. También le habrán pesado al PSOE los conflictos internos, las salidas de tono de los «barones» (horrible palabra para un partido que presume de socialista) y la condescendencia mal disimulada de una Susana Díaz que se ha dado el batacazo también ella misma en estos comicios, al perder el PSOE en un feudo tradicional como es Andalucía.

Pero quizás quien más se hayan estrellado sean Podemos e IU, y las caras de sus líderes al comparecer tras conocerse los ya inevitables resultados lo decían todo. Satisfaciendo al batiburrillo de fuerzas en las que se ha convertido una mal llamada izquierda (habría que ver si nacionalismo e izquierdas son realmente compatibles), jugaron la baza del independentismo catalán, dejando al margen los derechos sociales de los que presumían ser únicos paladines. Porque si Podemos hubiese cedido en la cuestión del «referéndum catalán», el relevo del PP en el poder hubiera sido más probable, o al menos se habría puesto la pelota sobre el tejado de Ciudadanos. Este partido se vería, entonces, obligado a decir expresamente que no quería a Podemos, más allá de la cuestión catalana, lo cual le habría obligado a evidenciar nuevas «líneas rojas» y a mostrar de forma descarada su preferencia por el PP.

Pero, con su evidente intención de rebasar al PSOE y con el prematuro reparto de ministerios por parte de un crecido Pablo Iglesias, Podemos dio una imagen de extremismo que alarmó a muchos votantes, dando carpetazo a sus expectativas demoscópicas. Y peor le ha ido a IU con la estrategia apadrinada por Garzón y el emérito Julio Anguita. Concurrir por separado posiblemente les hubiese propiciado unos resultados modestos, pero que alentarían hacia una posible recuperación de su fuerza, ya que muchos de sus votantes tradicionales no sentían simpatía por Podemos y otros desencantados con este último partido buscaban a tientas una fuerza de izquierdas a la que apoyar. Bien es cierto que el respaldo de las bases de IU a la coalición fue abrumador, pero ya se había advertido que el abstencionismo había sido también muy elevado, lo cual ponía en entredicho las expectativas del pacto. Para el recuerdo quedará la imagen de Garzón en un segundo plano, como convidado de piedra, detrás de los líderes de Podemos. No creo que falte mucho para que acabe engrosando las filas de este partido político, como ya lo hizo Tania Sánchez. Con lo cual, Podemos acabará fagocitando a IU, como Ciudadanos lo hizo con UpD.

¿Y a quién le salió bien su estrategia? Pues a quien no movió ficha. Un Rajoy desaparecido, agarrado a su sillón a pesar de que él, posiblemente más que su partido, era y es el principal escollo para cualquier pacto. Un partido, el único, que ni es nuevo (como Podemos o Ciudadanos), ni apostó por un nuevo líder (como el PSOE e IU), pero aun así volvió a ganar las elecciones, llevándose además de premio escaños antaño en manos de Ciudadanos (algo esperable), pero también del PSOE (que no bascularon a Podemos, como pretendía esta última fuerza política) e incluso del PNV.

Pero donde más ha triunfado la inmovilista estrategia del PP ha sido a la hora de minimizar el peso electoral de los numerosos casos de corrupción que pesan sobre sus espaldas. Poco parecen haber importado, a tenor del apoyo electoral recibido. Resulta que el enfado ciudadano se queda en los comentarios en la barra de un bar, en la peluquería o en la frutería. Quizás porque la política esté tan desprestigiada que ya nadie considere que otros partidos puedan estar limpios, o quizás se prefiera la corrupción a ciertas políticas que podrían ponerse en planta si no gobernase Rajoy o, en fin (y sería lo más triste), en el fondo sigamos admirando la figura del pícaro (en realidad, del reo), y que nuestras críticas a él sean, en realidad, fruto de la envidia. Algo que no sería de extrañar en un país en el que las televisiones privadas pagan a un sujeto como el «pequeño Nicolás» para que aparezca en sus programas.

El único estratega ha sido, pues, quien no trazó más planes que quedarse en su casa. Luego dirán que los españoles tenemos que arrimar el hombro. ¿Para qué? Los ejemplos demuestran que compensa practicar el absentismo.

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