El referendo catalán, en serio


¿Les parece que hablemos en serio del referendo catalán? Habrá que hacerlo, porque las encuestas dicen que el 80 por ciento de la sociedad catalana lo reclama. Y, si hay ese altísimo porcentaje, y creciente, tarde o temprano habrá que plantear qué se hace con esa demanda. Podemos lo llevó en su programa electoral y ganó a las fuerzas políticas tradicionalmente hegemónicas en esa comunidad. Si el referendo no está ahora en la agenda de Gobierno, es porque Podemos perdió en el resto de España. Si hubiese ganado, esa consulta se celebraría esta legislatura. Por lo tanto, primera conclusión, o se inventa una alternativa, o los catalanes vivirán en estado de reivindicación permanente. Lo sabe muy bien el señor Rajoy. Cuando en diciembre se sentó en una terraza de Badalona, solo se le acercó una pareja de jubilados y no le preguntaron por las pensiones. Le preguntaron: «Por qué no nos dejan votar, señor Rajoy?».

Lo tremendo es que el referendo catalán se identifica con la democracia. Si no se vota, no hay democracia. Esta es otra batalla de opinión -y van muchas- que gana el independentismo ante la falta de creatividad política del Estado. No se puede despachar, por tanto, con los exabruptos habituales de multitud de políticos y analistas mediáticos. Los exabruptos solo consiguen radicalizar posturas, como ya ocurre: ahora mismo, gran parte de los independentistas ya no hablan de referendo legal; ya lo plantean como desafío al Estado. Igual que la DUI, la declaración unilateral de independencia.

Hablo de este asunto, porque el PSC acaba de mostrarse también partidario del referendo según el modelo de Canadá. Recibida la iniciativa con disgusto en Madrid, las gentes de Miquel Iceta matizaron: sería una consulta nacional, en toda España. Esa idea de que todos los españoles tenemos derecho a decidir sobre Cataluña es magnífica, pero con un matiz: al publicarse los resultados, se sabría lo que han votado los catalanes. ¿Y qué ocurriría si votan a favor de la independencia? Ocurriría que, cualquiera que sea el resultado a nivel estatal, el problema catalán se habría agravado más.

Cuidado, pues, con las ocurrencias, sobre todo cuando nadie las pide, como no se le pidieron al PSC, que no tenía ninguna obligación de abrir ese frente. Pero sépase que el problema está ahí. Y que se incendia cada vez que se menciona. Y puede ser, como se suele decir, otra fábrica de independentistas. No se trata de prohibirlo, que ya lo prohíben las leyes, ni de autorizarlo, que es imposible. Se trata de darle solución política. O una alternativa, como dice Pablo Iglesias. Taparlo o disimularlo en una consulta estatal es la peor solución. Casi peor que ignorar el sentimiento popular.

El referendo catalán, en serio