Soberanía, independencia e involución

OPINIÓN

05 jul 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

A la hora de descifrar la motivación del electorado para la adopción de determinadas decisiones o de explicar por qué ganan predicamento algunas posiciones entre la opinión pública, se suele acudir a la idea de que una parte de la gente se siente empujada fuera del tren de la globalización y amenazada por la pérdida de referencias, acudiendo a ciertos valores que considera un refugio. Las viejas jerarquías, la nación, la religión (de una manera más difusa), el origen cultural o, incluso, la raza (¡horror!), serían para una parte de los perdedores de la era global o para los temerosos ante la velocidad de los cambios, algo así como el bono alemán a diez años o el franco suizo para los inversores financieros. Aunque más que para cobijarse en algunos valores, parece que se blanden para arrojarlos a la cara a terceros que, curiosamente, suelen ser los más débiles o los que han tenido peor suerte aun en el azar de la reciente historia, con la figura del refugiado sirio o del inmigrante que se busca la vida como blanco idóneo de los recelos en Europa. Cuando, a lomos de la xenofobia y preconizando un programa de repliegue sobre sí mismos, el Reino Unido vota por el Brexit, Norbert Hofer roza la Presidencia austriaca y Marine Le Pen ya se ve confortablemente en la segunda vuelta de las presidenciales francesas, entre otros ejemplos de la involución en toda regla que vive nuestro continente, la proclama de la soberanía de la nación inmortal se aduce no para invocar el espíritu revolucionario que derribó el Antiguo Régimen sino para reverdecer la herencia de los imperios y las esencias patrias, cultivando la semilla del odio a la diferencia y (aunque menos declarada) la rivalidad nacional que tanta huella sangrienta dejó en el siglo pasado, incluso rescatando viejas querellas territoriales al más puro estilo del Periodo de Entreguerras (por ejemplo, Hofer reclama para Austria el Alto Adigio, incorporado a Italia en 1919).

Sabemos, por las enseñanzas del pasado, la tragedia a la que abocaría el triunfo completo de estas posiciones, lo que debe ponernos en guardia porque en nuestras manos está impedirlo mientras la forma de elegir nuestros representantes sea democrática. Lo llamativo, no obstante, es el modo de dejarse engañar entre la parte del electorado que entrega su voto a la causa de la salvación nacional que les proponen. No sólo por la sarta de medias verdades, mentiras clamorosas, tergiversaciones y promesas falsas que les embuchan como a ocas (véanse los brutales reconocimientos de Nigel Farage posteriores al referéndum). También por el producto defectuoso que les colocan en el mercado electoral, ya que en modo alguno un retorno a políticas aislacionistas e identitarias es viable materialmente, dados los efectos irreversibles (felizmente) del intercambio económico y cultural y del reflujo de la época postcolonial en los países que fueron imperio de ultramar. Y, más aún, aunque fuese posible aferrarse a la idea de la soberanía nacional con brazos y piernas, como en la cucaña, de nada resultaría por la inutilidad del Estado-nación ante los problemas del mundo global; el premio en lo alto del palo no es, en fin, la «independencia nacional» ni la supuesta «libertad», sino el podrido fruto de la frustración. Por mucho que se refugien en esa pretendida soberanía salvífica con la que arremeter frente al diferente, George Soros u otro magnate volverá a especular con éxito frente a la libra, los desequilibrios geopolíticos globales causarán más impacto que cualquier decisión nacional y la necesidad de mano de obra, el envejecimiento y los flujos migratorios continuarán modificando las características de la población. Nada será como antes, entre otras cosas porque la idea mítica que albergan de países definidos de forma uniforme tampoco existió jamás como la evocan.

Saskia Sassen, en su magnífica conferencia de hace unos días en el Espacio Fundamentos promovido por la Junta General y la Universidad de Oviedo (pueden verla en www.jgpa.es) ponía el énfasis en el debilitamiento de la territorialidad como elemento sobre el que se proyecta el Estado (visto que, por ejemplo, las compañías de inversión inmobiliaria del Emirato de Qatar tienen más propiedades en Londres que la propia Crown State) y en la creación de nuevas fronteras, no físicas ni políticas (en el sentido clásico), cuyo origen nada tiene que ver con la conformación de los Estados, pero tanto o más determinantes que éstas para el desarrollo de las personas. Efectivamente, pensar que los viejos resortes del Estado-nación conforman el mundo o que son suficientes para contener, encauzar o dominar, en suma, las fuerzas del entorno global (y singularmente los flujos financieros hipertrofiados), es una quimera, además de una estupidez malsana que, acompañada de la debida dosis de fanatismo, puede conducir al infierno del conflicto y la búsqueda de la absurda pureza identitaria. Sólo en la construcción de espacios globales de gobernanza democrática, de cooperación e integración, de ordenación económica internacional y de corresponsabilidad de todos con todos (ya que lo que sucede en cualquier parte del globo nos afecta de una u otra manera) puede haber esperanza.