Charlène Wittstock, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Charlène de Mónaco, princesa triste, pálida, lejana y sola. Te escribo desde el mundo real donde existen el todo incluido en los hoteles de playa, las vecinas con rulos, los brócolis, los menús del día a ocho con cincuenta. Te escribo desde un piso de tres habitaciones con patio de luces y salón con dos tomas para la tele, desde un barrio con parque con columpios que han pasado los controles de calidad ISO 9001, desde una ciudad sin yates y sin sol. He esperado cinco años para enviarte mi mensaje en una botella que no es de Moët & Chandon, sino un viejo envase de mirinda que conservo desde la infancia porque sabía que llegaría el momento de usarlo para salvar una vida, tu vida, para sacarte de la feria de las vacuidades donde solo hay duques y condes y vizcondes con títulos más falsos que su existencia. Ahora que tu plazo se ha cumplido, que tu contrato parece haber prescrito en el-otro-Principado, ya puedo recitarte Duda, el poema de Rafael de León que musicó el maestro Solano y que versionó, como siempre desangrándose, el genial Bambino con el título de Mi amigo (también lo versionaron a sus modos y maneras las dos Rocíos): ¿Por qué tienes ojeras esta tarde?... Tienes la línea de los labios fría, fría por algún beso mal pagado; beso que yo no sé quién te daría, pero que estoy seguro que te han dado. ¿Qué terciopelo negro te amorena el perfil de tus ojos de buen trigo? ¿Qué azul de vena o mapa te condena al látigo de miel de su castigo?
Yo por ti seré, si tú lo quieres, Bruce Lee en El furor del dragón. No voy a echarme atrás si tengo que tronzar el cuello ronaldesco de mi enemigo mientras él tirita de miedo con su mano y su pierna temblando del dolor sobrevenido en mitad de un coliseo tan falso como los pelos arrancados del pecho de Chuck Norris. Olvídate del Baile de la Rosa, de los yates de eslora oceánica, de las manos de bacarrá en el casino, de Casiraghi, de Junot, de Vilas, del alemán etílico, de los artistas de circo, de las cuñadas, del aliento en la nuca de Grace Kelly, de Cástor y de Pólux. Olvídate de todas tus posibles contrincantes. Déjales tu hueco, porque todas querrían estar en la lista. Etiqueta urbana para la pasarela. Los estampados simples son siempre los que triunfan: chaleco con carisma, abrigo combinado en lana y pelo, falda de caucho y napa, bolso modelo Amaya en acabado piel tricolor, sandalias con detalle de pelo en el talón. Sofá chester de cuero años 50, mesita italiana de mitad de los setenta en madera revestida de acero pulido y perspex, paneles de madera de nogal, de pura lana virgen las alfombra de lana. Collar chapado en rutenio, top y pantalón de seda con plumas y pedrería, maxibolso en piel efecto pitón, pulseras doradas con detalles de serpiente, cebra y tigre. La mujer fatal marca el paso: barroquismo jet set.
Pero no tú, tú no quieres estar. Qué poco te ha entendido el torpe Alberto. Un cuento de hadas no, dijiste, nada que quepa en el estrecho margen de lo eterno. Comernos, dijiste, por dentro, disponer las entrañas a la plancha, dejar lustrosas nuestras íntimas cavidades, devorarnos, dijiste. Y al fin, esto fue todo: una avalancha gris de interjecciones, esmeradas maneras, lecciones de encerado, plomizas certidumbres, cenicientos alivios en voz baja, amor de manual y domingos de luto, educación curtida y virtuosa. El daño que te hacen es de atrezo, tus llagas no tienen profundidad, tus heridas están en la epidermis, tu sangre es plastilina diluida. El daño se concreta en un cultivado elogio de la superficie: dermoabrasión por punta de diamante.
Ven conmigo, Charlène. Serás lo que tú quieras. Volverás a reír. Yo escribiré por ti los versos más alegres de la historia de la literatura y que se joda Simic. Relatos de mordacidad incomparable y profundidad psicológica digna de Dostoievski. Artículos que levanten aplausos y ampollas y gestos de júbilo. Viviremos en Ítaca, en Shangri-La y en Marina D’Or. Y nos invitarán, ya ancianos y arrugados, a la ceremonia de entrega del Premio Nobel a Vilas en Estocolmo. Del otro Vilas, no del tenista. Él lo recogerá ataviado con una réplica exacta del traje que usó Elvis en su último concierto de Las Vegas. Parecerá un Gabriel García Márquez con tupé distorsionado y lentejuelas, embutido en su guayabera de cuellos imposibles, un arcángel san Gabriel con su traje blanco roto y sus alas a juego, con sus patas de elefante, sus botines de piel con tacón cubano, sus brisbrises, maqueado y luciendo sus quilates de oro en el cuello, su aspecto de hombre pájaro, de ángel exterminador albino y sudoroso.
Mientras esperamos en la butaca de fieltro rojo, tan cómodos que estaremos a punto de quedarnos dormidos un par de veces, iremos cantando mentalmente la melodía encadenada a dos voces inaudibles. Parecerá Vilas un superhéroe alimentado con carne de pollo tratada con hormonas y anabolizantes. Junto al rey Gustavo-hijodeGustavo-nietodeGustavo, el premio se lo entregará, por decisión propia y en contra de cualquier protocolo, una venerable Paulina Rubio vestida con un cortísimo y escotadísimo vestido de lamé negro (así lo recogerán las crónicas de sociedad), quien después cantará a capela, susurrante como Marilyn entonando el Happy Birthday a JFK, su famoso estribillo: «Ni una sola palabra?»
Has sido hasta ahora, bella Charlène, un contorno de ojos muy resistente al sudor, un aceite ligero para el pelo, un buen labial moderno, polvos de sol que no resecan, un borrador de poros, un sérum matificante, una hidratante con aminoácidos, un peeling enzimático suave, una doble C cream que no agobia la piel, una laca de uñas en color pastel, unos reflectores de luz que transforman visualmente la dermis, un perfume que huele a vacaciones. Todo eso pasará si lo deseas. Y te convertirás en protagonista de un nuevo cantar de los cantares. Lluvia de rosas. Caricias alisadoras. Frutos rojos. Néctar de semillas. Elixir untuoso. Sonidos que arrullan. Más allá del dolor, ciertas marcas están sustituyendo las ideologías: parecen más auténticas. Tú me dirás «suponte que tus células fueran ladrillos y las ceramidas el cemento que los une y que mantiene firme la barrera o pared: y de pronto anochece».