Los miserables


La elaboración y publicación del Informe Chilcot acreditan que el standard de calidad democrática de Gran Bretaña es muy superior al de nuestro país. En España aún no es posible una investigación oficial, promovida por las instituciones, sobre los crímenes del franquismo, las zonas oscuras de la Transición (Montejurra, 23-F, GAL ...) y mucho menos, la participación de nuestro ejército en la invasión de Irak.

No es que el trabajo coordinado por John Chilcot aporte grandes novedades, pero cumple la función profiláctica de demostrar fehacientemente que lo que llevan sosteniendo desde el principio quienes se opusieron a la guerra, siempre fue cierto. Y que todo lo que dijeron Bush, Blair y Aznar en relación a las famosas armas de destrucción masiva y la amenaza que el régimen de Sadam suponía para la seguridad mundial fue un cúmulo de mentiras dirigidas a manipular a la opinión pública e intentar condicionar la posición de Naciones Unidas.

Cuando el 16 de marzo de 2003 se reunió el trío de las Azores, con Durâo Barroso como anfitrión, hacía ya semanas que habían tomado la decisión de realizar la invasión y, todas los encuentros, declaraciones e informes que previamente se habían producido tenían como único objetivo lograr para aquélla la cobertura de un acuerdo favorable del Consejo de Seguridad de la ONU. Tras constatar que la posición de Francia, Rusia y China hacía imposible conseguir una coartada con apariencia de ser acorde al  Derecho Internacional, los mandatarios de USA, Gran Bretaña y España se encontraron exclusivamente para dar luz verde al inicio de las operaciones y lanzar, una vez más, el mensaje de que el objetivo que buscaban era dotar a Irak de un Gobierno respetuoso con los derechos humanos.

Ejecutado Sadam, que era un dictador como lo fue Franco, destruida la economía y las infraestructuras del país, producida la muerte de más de ciento cincuenta mil civiles, exacerbada la división y el enfrentamiento sectario, promovido el surgimiento del DAESH y saqueado los recursos naturales, es evidente que hoy la calidad de vida de la mayoría de la población, hasta la primera guerra del Golfo de las más elevadas de la zona, se ha desplomado hasta el nivel de mera supervivencia y que Irak no disfruta de un Gobierno respetuoso con los derechos humanos, sino uno de los más corruptos del mundo.

Estos son los logros de la invasión y por ello, resultó inevitable que Blair, que sin embargo sigue defendiendo su decisión, haya pedido perdón. No lo han hecho ni Bush, ni Aznar. El presidente de FAES que ya en su momento dejó entrever las razones profundas de la guerra, cuando afirmó que la participación española era imprescindible para que nuestras empresas pudiesen participar después en el negocio de la reconstrucción de Irak, por mucha sangre que ello haya costado, jamás va a someter a revisión su mezquino momento de gloria como líder mundial, eso sí, subalterno.

La pérdida del Gobierno por el PP en el 2004 y la subsiguiente retirada de las tropas españolas seguramente redujeron la participación de España en el reparto del botín, lo cual debiera ser motivo de orgullo para nuestra sociedad. Hay, sin embargo razones fundadas, para pensar que alguna de nuestras multinacionales si pudo repartir «dividendos de sangre» y que ello pueda tener alguna relación con el dinero en paraísos fiscales recientemente detectado a quien era responsable de la Embajada española en los primeros años de la ocupación.

Si de la soberbia de Aznar no se puede esperar nada más que el sostenella y no enmendalla, de quien tuvo como responsable de la cartera de Defensa,  premiado después con la embajada en Londres, hemos recibido una respuesta a lo recogido en Informe Chilcot coherente con su probada inteligencia y veracidad: «España no participó en la guerra de Irak». Así demuestra su respeto por el riesgo que corrieron los 2600 militares enviados y por los 11 que cayeron. El mismo respeto que en su día demostró por las víctimas del Yakolev en el que regresaban soldados españoles de Afganistán.

La derrota electoral de 2004 ya fue una condena de estos personajes por el electorado. Pero falta el enjuiciamiento formal de sus crímenes, a poder ser, antes del juicio final.

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