Menos da una piedra, amigo Sánchez

OPINIÓN

11 jul 2016 . Actualizado a las 07:12 h.

Muy condicionado por su personal barrena, Pedro Sánchez usó el comité federal del PSOE para dividir la política española en dos bandos: los que ganan (el PP), y los que pierden (todos los demás). Y, una vez establecida tan sesuda frontera, se proclamó brillante vencedor de perdedores, martillo de populistas, manipulador de liberales, y? ¡tachán, tachaaaaán!... la alternativa fragmentada y desnortada dispuesta a acceder a la Moncloa cuando la derecha se aburra de estar en el poder. Es como si Alberto Contador quisiese ganar el Tour empleándose a fondo en los descensos del Tourmalet y L’Alpe d’Huez en vez de competir en sus duras ascensiones.

Claro que, a cambio de tanta contumacia y tanta ingravidez, el mismo Sánchez ha venido a insinuar que si Rajoy no es investido presidente por la gracia del dios Rivera, no repetirá la chuminada de ir a una investidura sin votos; ni pondrá al país a la ridícula espera de que los apestados de Podemos le regalen sus votos para poner en la vicepresidencia al liberal Rivera; ni va a pretender que los vetados del PP le hagan las reformas que el PSOE propone para que Sánchez pueda jugar al minigolf en la Moncloa y hacerle a sus nietos un álbum apañadito.

Y esa es la razón por la que Sánchez I, el dialogante, trazó ante la estupefacta concurrencia del comité federal su hoja de ruta para la gobernación de España: «Iré a la Moncloa a hablar sobre nada; a cualquier propuesta que me hagan diré que no, que no es no, y que no acierto a saber qué parte del no se niegan a entender; utilizaré mi risita falsa para decirle a Rajoy que pacte ‘con los suyos’; después, para que nadie crea que dirijo al PSOE desde el resentimiento, diré que el pueblo votó cambio, y que si no hay Gobierno es porque todas las derechas y todas las izquierdas se niegan a votarme; y finalmente, cuando pongamos rumbo hacia las terceras elecciones, trataré de colocarle al pueblo ese mantra impresentable de que Iglesias y Rajoy vetaron el cambio desde los extremos, y que solo eso me impidió bailar la peonza en el porche de la Moncloa».

No creo que haya ningún ejemplo histórico de un discurso que haya reunido tantas simplezas y tanta irresponsabilidad en tan escasas palabras. Ni creo, en positivo, que una cabeza tan hueca haya liderado a tantos diputados, tantos barones, tantas figuras históricas, y tantos alcaldes y presidentes autonómicos sentados en tan inestables poltronas. Ni recuerdo otro líder tan huero que, huyendo siempre hacia adelante, haya intentado llevar a tantos electores, patriotas y honrados, hacia el abismo de las terceras elecciones. Pero en el fondo no me extraña. Porque cuando alguien llega a creer que un bloqueo resentido es una genialidad, todo es posible. Y mucho me temo que, entre todas las posibilidades, a Sánchez solo lo anima su ambición disparatada.