Una primera ministra accidental


¿Hasta qué punto es legítimo que Theresa May se haga cargo del Gobierno sin enfrentarse a las urnas? Ni siquiera pasará por las de su propio partido, que la ha coronado por incomparecencia de los adversarios. Algunos piden ya elecciones anticipadas. Lo hacía ayer en un artículo Tim Farron, el líder del partido Liberal Demócrata; y lo ha insinuado también, de forma un tanto suicida, el partido laborista, que se encuentra prácticamente al borde de la escisión.

En realidad, en términos estrictamente políticos, May cuenta con toda la legitimidad que necesita. En el sistema político británico, el Parlamento ocupa un lugar todavía más importante que en una democracia constitucional como, por ejemplo, la española. Blindada por una larga tradición y la falta de una Constitución escrita, la soberanía de Westminster es absoluta, y su aprobación al reemplazo del primer ministro otorga un mandato incontestable. De hecho, los precedentes de primeros ministros que sustituyen a otros del mismo partido a mitad de carrera son numerosos: Baldwin en 1923, Chamberlain en 1937, Eden en 1955, Macmillan en 1957, Douglas-Home en 1963, Callaghan en 1976, Major en 1990, Brown en 2007?

Otra cosa es que, además de legítimo, lo que va a intentar May sea fácil. Eden y Chamberlain acabaron dimitiendo al poco tiempo. Macmillan y Major pudieron revalidar su mandato en las urnas, pero Baldwin, Douglas-Home, Callaghan y Brown perecieron políticamente en el intento. Es la otra cara de la moneda de la centralidad del Parlamento: el primer ministro está muy expuesto a las maniobras de los diputados, especialmente los de sus propias filas, y las frondas en las bancadas del gobierno -y de la oposición, como se está viendo estos días- son el runrún constante de historia política británica.

La mayor amenaza para May es, por supuesto, la gestión de la salida británica de la UE, una operación delicada que provocará muchas turbulencias y muchos descontentos. Dentro de lo que cabe, sin embargo, May es la candidata menos vulnerable que se podía haber encontrado. No ha conspirado contra el primer ministro anterior ?debe ser casi la única-, por lo que no está expuesta a la venganza de sus seguidores. Su posición en torno al brexit, más un fatalismo voluntarioso que un entusiasmo, puede servir de pasarela en la división furiosa que existe ahora en el partido entre partidarios y detractores. Y aunque resulte un tanto extraño que deba pilotar el país en este trance una persona que votó por la permanencia en la UE, eso mismo tranquiliza a los mercados y facilita el entendimiento con Europa en las negociaciones que se avecinan.

Ahí May se encontrará cara a cara con otra mujer, otra hija de un clérigo protestante como ella: Angela Merkel. Con ella tendrá que pactar como se deshace una unión mientras, al mismo tiempo, intenta preservar otra, el Reino Unido, frente a otra mujer, la primera ministra escocesa Nicola Sturgeon. Es en ese juego de damas en el que May podrá revalidar la legitimidad que ahora tiene de prestado. O no.

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