Vendrán tiempos difíciles


Pertenezco a la generación que casi nació y creció con la negra sombra de ETA. Todo su largo historial de crímenes me resulta tan pegado a mi historia que no recuerdo ya ni las treguas anteriores ni los tiempos sin dolor. 

ETA ha estado demasiado presente y ha causado demasiado dolor a la sociedad que alumbró la esperanza del cambio en este país, y pese a ella fuimos capaces de construir espacios de libertad, lugares donde entendernos, y contra ella nos manifestamos reiteradamente las personas de buena voluntad de este país. 

Uno puede recorrer las grandes alamedas de la memoria, recordar manos blancas, discursos, crispación y nucas ofrecidas al dolor profundo de las víctimas pidiendo un imposible, que quienes practicaban el terror tuvieran un ápice de piedad por el resto. 

He patrullado la muga vigilando el paso de los taldes, son cosas de la vida; hemos utilizado la jerga del terror como quien aprende la lengua de su tiempo; he conocido terroristas en la cárcel y ex terroristas en la política, algunos fueron compañeros de militancia fracturados frente a un mundo del que huyeron y al que no volverán jamás. 

ETA jamás reconoció el dolor en los demás y conviene saberlo, porque no fue capaz de reconocerlo ni en los suyos, no pidamos sentimientos al acero frío de las pistolas ni a quienes las empuñaron, hace tiempo que traspasaron los límites de la piedad y de ahí no se vuelve. 

Pero conviene saber que en el dolor se está solo, que la soledad de las víctimas será inmensa y aun así debemos habitarnos de esperanza. 

Ya sé que no hay consuelo frente al crimen, que los días son noches y las noches hogueras de dolor; alguien que tiene pérdidas sabe que lo más duro es el vacío del retorno a casa, del desconsuelo de la soledad, pero ahí se está sólo, por eso las víctimas deben saber que en ese espacio de la casa estarán siempre solas, pero también deben querer que ni uno más se sienta como ellos.

Pasarán al menos dos generaciones para mitigar el dolor, en este país sabemos bien cómo se transmite el dolor de padres a hijos, vendrán tiempos difíciles en los que la voluntad de los más tendrá sin duda que pasar duras pruebas. 

Por eso la esperanza, la duda y la esperanza, esto que empieza aquí no acaba aquí, exige cordura y sin duda exigirá renuncias. Es este tiempo de pensar hasta dónde las dudas y conocer el límite de las renuncias, de acompañar, pero no utilizar a las víctimas; de poner sobre la mesa de la democracia el mayor esfuerzo posible para el consenso. 

Que nadie use este proceso como instrumento político frente al otro, como arma política frente al resto (cuando las otras armas comienzan a callarse). Una vez más la historia del éxito será la historia de todos, porque si es así la historia del fracaso será sólo de ellos, de los que tras mil muertos, y miles de amenazados y extorsionados, no han sido capaces de entender nada.

En estos días, meses y años que aún nos quedan para acabar con todo, esta generación, que creció con ETA pegada a los talones, sabe que habrá que hablar de presos, y con  partidos, y hacerlo con interlocutores terribles; de reeducar una sociedad demasiado enferma para producir su propio cauterio, y habrá que hablar de víctimas, y de dolor, y de agenda política, y tener compañeros de viaje indeseables.

Que ETA pase de los periódicos a los libros de historia (abyecta, pero historia) es el gran reto, que una generación (nacida o por nacer) la desconozca es el fin de los más. 

Para estos días en que espero que mi hijo me preguntará por estas cosas guardo un poema de Cesare Pavese, el poeta italiano, que decía: «Vendrán tiempos difíciles», y añadía «y yo estaré contigo».

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