Yo quiero las terceras elecciones

OPINIÓN

14 jul 2016 . Actualizado a las 07:54 h.

En contra de lo que dicen «los expertos», los contactos exploratorios para la formación de Gobierno han dejado un panorama tan aterrador como claro, cuyos datos son los siguientes: no habrá gran coalición; no habrá mayorías de gobierno ni fijas ni variables; no hay mínimos de lealtad para garantizar el funcionamiento del Estado; no hay posibilidad de que las izquierdas y los independentistas cuajen una alternativa; y los pasillos del Parlamento están llenos de rencores. A lo único que se puede aspirar es a una investidura trampa que, a cambio de maltratar al candidato como si fuese un nazareno, le permita montar la pantomima de un Gobierno abocado al fracaso absoluto y a emponzoñar aún más -si cabe- el escenario político. Y para eso es mejor dejarse de ambages y preparar las terceras elecciones.

Contra esta opción están, con razones e intenciones, los que creen que «cualquier cosa» es mejor que una tercera consulta. Pero la experiencia de la historia dice -desde Lao-Tsé a Lincoln, desde Maquiavelo a Talleyrand y desde Aristóteles a Sartori- que en política no hay error más grande que optar por «cualquier cosa», y que «es mejor ponerse rojos una vez que un ciento colorados». Con los datos que hay sobre la mesa es imposible gobernar este país si el PSOE no quiere y no prioriza el interés general sobre su orgullo herido. Y, dado que el PSOE no quiere, y que si permite una investidura solo será después de un conflicto que lo divida y usando un procedimiento que degrade la política, el Parlamento y el candidato, creo que lo mejor es pedirle al electorado que dirima -¡por fin!- entre Errejón y Rajoy.

Mariano Rajoy debe ir a la investidura tan pronto como el rey haga las consultas, porque es el vencedor aritmético y moral, y tiene que poner en marcha el reloj de la convocatoria antes de las vacaciones. Playa sí, pero con la obligación de gritar en cada puesta del sol, como si fuésemos antiguos reclutas, «¡un día menos!». Y el segundo intento ya no debe programarse si no hay absoluta seguridad en que el acuerdo de investidura es también una promesa de lealtad a los mínimos de gobierno. Porque humillar candidatos no es hacer política, ni servir a la democracia o al Estado.

De esta forma ganaríamos dos cosas importantes. Que las negociaciones de agosto se harían con el reloj en marcha y dejando en evidencia a los bloqueadores. Y que podríamos celebrar elecciones a principios de diciembre, coincidiendo con las vascas y gallegas, y garantizándonos una Navidad felizmente gobernada por una mayoría absoluta. Porque a estas alturas de la película solo hay dos opciones. Hacer cualquier cosa para que no haya elecciones. O hacer elecciones para que no haya cualquier cosa. Y yo -mayor de edad, con mucha experiencia y alguna ciencia, y con todos los sentidos conservados- elijo la segunda.