Llorando por Niza con el alma en vilo

OPINIÓN

16 jul 2016 . Actualizado a las 09:10 h.

El dolor, el horror, la solidaridad y las ganas de vencer se nos suponen. Que el terror va por barrios, y que Francia solo es una estación, también lo sabemos. Lo que nadie sabe, en cambio, es dónde están las fuentes del mal, cómo se genera la convicción de que matar a ciegas arregla el mundo y por qué estas fuerzas, de apariencia tan débil y consenso tan escaso, resisten con éxito a las grandes potencias. Por eso sugiero que terminemos pronto las jaculatorias, que repiten mil veces lo que ya sabemos, para reflexionar sobre los arcanos del terror. No vaya a ser que acabemos dando palos de ciego a invulnerables fantasmas.

La idea de que el mal se puede evitar con encastillamientos inexpugnables es falsa. Y alguien tendrá que pensar en cómo secar las fuentes del mal. Porque si el yihadismo sigue creciendo y alimentando su brutalidad con la pobreza, la desigualdad y el pésimo uso de la violencia institucional y cooperadora no habrá diques suficientes para detener el flujo de la muerte. Más aún, dado que el terror no necesita armas ni soldados, sino lobos solitarios que convierten en armas las grandes máquinas y los mejores servicios de la civilización, hay que aceptar que el Occidente libre, rico y democrático que nos tocó en suerte se puede convertir en la zona más desprotegida del mundo. Lo que fue el hacha para los primitivos -utilísima herramienta y, a la vez, terrible arma- son ahora los aviones, los camiones, los trenes, los servicios públicos y las aglomeraciones festivas: herramientas para la paz y armas devastadoras para la guerra. Y contra eso no valen de nada las murallas más altas ni las garitas del centinela.

También es un error creer que la compactación y el arbitrio de la sociedad solo dependen del civismo de las personas y de las leyes del Estado. Cada día necesitamos más normas, más justicias y más vigilancias para cumplir con escaso éxito los mismos objetivos que antes cubrían la educación, las costumbres, la comunidad, las familias, los maestros, las religiones y los mayores. La idea de que no hay más autoridad que la ley y su justicia está fisurando y debilitando nuestras sociedades de una forma tan trágica como imperceptible. Y por eso creo que, aunque para tratar este revival necesitaría más páginas que el Espasa, me sobra una línea para decir que se nos está colando por ahí la inesperada fragilidad de nuestras empoderadas sociedades. Y el tercer error es que, mientras el mundo se globaliza, las estrategias de socialización y control se fragmentan, sin que nadie advierta que detrás de las lianas llega también la ley de la selva.

Lloremos por Niza muy sinceramente. Pero pensemos también que tanto mal y tanto odio no serían posibles sin errores garrafales. O sin que el orgullo de cultura y poder nos hiciesen inmunes a las verdades del barquero.