¿Europa a contracorriente?


Redacción

Después del «Brexit» , la incapacidad para regular los movimientos de las personas de acuerdo a nuestros valores y la creciente brecha en las desigualdades económicas en la ciudadanía y entre países, parece que el atractivo del proyecto europeo difícilmente resistirá mucho tiempo más sin rectificar el rumbo.  El centro de gravedad económica del mundo se traslada indefectiblemente hacia el este y las respuestas a los retos del siglo actual están cada vez más en manos de grandes conglomerados económicos y políticos. Es verdad que existe una gran cantidad de músculo cultural, científico y económico operando a lo largo y ancho de los países europeos y que ese caudal de energías se ha venido desplegando sin freno desde los tiempos de la Ilustración con unos resultados que nos colocan a la cabeza en la liga mundial de derechos humanos y bienestar. Una clasificación que hay que tomar en el sentido que denota el chiste de los dos economistas que se encuentran, y en el saludo uno de ellos pregunta al otro: ¿Cómo está tu esposa? Y la respuesta que obtiene es ¿Comparada con qué?

Pero no podemos negar que todo ese proceso europeo ha tenido también su cara B en forma de colonialismo, violencia clasista y patriarcal, guerras civiles europeas y degradación masiva de nuestro entorno natural. ¿Cuánto de todo eso hemos dejado atrás en el terreno de los hechos? Porque además ya no nos medimos con nuestros logros en un mundo desigual e intercomunicado sino con nuestras expectativas siempre crecientes y poco sensibles a los límites materiales de nuestro planeta. Una de las paradojas a las que nos enfrentamos reside en los distintos tipos de respuesta que requieren nuestros problemas. Por ejemplo, detener a tiempo los efectos negativos del cambio climático causado por el funcionamiento de nuestras economías no es posible sin grandes y coercitivos acuerdos de los principales bloques económicos y por tanto la Unión Europea es un actor fundamental para su concreción en una fórmula eficaz. Para atajar los problema de la violencia y las desigualdades de género confiamos más en instituciones nacionales y locales que nos permiten desplegar una batería de medidas preventivas, formativas y punitivas que salen del aprendizaje y la experiencia sobre el terreno.  El principio de subsidiaridad que está en el código genético de la Unión Europea es la respuesta a la complejidad de los problemas que tratamos, lástima que la realidad y sus cambiantes circunstancias no permita una aplicación sencilla de ese principio. A mayor heterogeneidad en el número de países y en las características de su ciudadanía, crecientes dificultades para aceptar sin disputas y tensiones qué hacer en cada nivel de gobierno (europeo y nacional).

Los últimos acontecimientos muestran que si estas tensiones se tradujeran a términos deportivos las soluciones «nacionales» estarían goleando a las «europeas». Muchos espectadores pueden estar perplejos considerando que las mejores jugadores en términos de tradición y competencia se alinean en el equipo europeo pero muchos otros jalean a los nacionales por su bravura y descaro. Por ejemplo, en el debate por el contenido de las respuestas a problemas como el de la gestión de los flujos migratorios están en juego tanto valores firmemente asentados en nuestras leyes y tradiciones como decisiones que condicionarán el futuro social y económico de nuestras sociedades. La deriva hacia la preeminencia de las soluciones nacionales en esta materia pone en cuestión la coherencia de lo que ha sido hasta ahora la Unión Europea como un espacio integrado de libertades, movilidad y búsqueda de una prosperidad compartida. ¿Tenemos claves para entender estas tendencias como un paso previo y necesario para su corrección? Una primera consideración exigiría una cierta humildad y mayor capacidad de escucha porque las soluciones desde los principios tienen que ser complementadas con mucha más atención a las fórmulas específicas que se construyen con paciencia y muy pegados al terreno. Existen muchas experiencias europeas de convivencia con la diversidad y no todas están funcionando bien. Parece que no hay soluciones simples y de manual a problemas complejos que involucran elementos económicos, sociales y de identidad construidos a lo largo de muchos años.

Pero como tantas veces se ha dicho, «allí donde crece el peligro está también la salvación». Existe la inteligencia colectiva, la capacidad de resistencia a lo que sabemos que está mal, la voluntad de aprender y de utilizar lo mejor del conocimiento humano en todos los campos para no rendirse a la fatalidad, a la ignorancia y a la influencia de los que bloquean el avance social para defender privilegios. Como nos recuerda George Steiner, la idea de Europa que nos puede hacer soñar viene de muy lejos, de nuestras villas, ciudades y cafés donde se reunían nuestros antepasados para hablar, debatir, conocer y decidir de qué manera la vida en común merecía más la pena. Las libertades que nos permiten replantear constantemente nuestra convivencia, explorar y defender las conquistas sociales que vamos construyendo costosamente a lo largo del tiempo, nacen primero en los pequeños espacios donde es más fértil la combinación de emoción y razón que sustenta su consolidación y su progresión hacia espacios políticos más amplios. Así pues, quizá exista, en estos tiempos de nacionalismos desatados, una oportunidad para lo que el holandés Dick Pels denomina un europatriotismo, una eurociudadanía y una eurodemocracia que consiga desplegar sus contenidos tanto en el ámbito local como en el nacional y en el europeo y dispute la conquista de emociones y razones a las visiones que nos acechan apelando a nuestros peores instintos.

Conoce nuestra newsletter

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Comentarios

¿Europa a contracorriente?