Entre la catarata de tópicos que se repiten cada vez que el terrorismo islamista perpetra una matanza, siempre me llaman la atención aquellos que se centran de manera obsesiva en la responsabilidad de Occidente. La simpleza número uno es la que presenta estas atrocidades, y muy especialmente las que se suceden en Francia, como la respuesta lógica a la invasión de Irak. Da igual que el 11S fuera muy anterior a esa invasión o que Francia y Bélgica no solo no participaran en esa ocupación, sino que fueran los que más activamente se opusieron a ella en la ONU. A los defensores de esa teoría, la realidad no les estropeará su brillante argumento.
El segundo tópico es el que insiste en que prácticamente hemos arrastrado a esos jóvenes musulmanes a ser asesinos en masa por marginarlos de manera racista. Los atentados serían así la respuesta lógica de una comunidad obligada a vivir en guetos y a la que se le niegan oportunidades. El grado máximo de ese argumento estulto lo representaría el eurodiputado de Podemos Miguel Urbán, que tras las matanzas de París aseguró que eran consecuencia de que Europa ha fallado a la hora de «estructurar a mucha gente que no ve otra salida que inmolarse». Esa tesis de la marginación llevaría a que los negros de Estados Unidos o los gitanos europeos mataran cada día a miles de inocentes. Presentar a los musulmanes como un grupo uniforme capaz de responder asesinando a niños cuando se sienten discriminados es un insulto, y muy grave, a millones de musulmanes que viven entre nosotros y que jamás matarían a nadie por duras que sean sus condiciones de vida.
Llama la atención también que después de cada atentado haya en Europa supuestos progresistas que se conviertan en fervientes defensores del islam y critiquen las imaginarias trabas para practicar esa religión en Occidente. Son curiosamente los mismos que claman cada día para que desaparezca de nuestro espacio público cualquier rastro de cristianismo y son capaces de asaltar templos católicos en plena misa, amparándose entre otras cosas en la misoginia de la Iglesia. Aunque dudo que hicieran algo similar en una mezquita, pese a que el islam algo sabe de misoginia. Para quienes somos agnósticos, esa es una muestra más del empeño de algunos por demonizar todo lo que forma parte de nuestra propia cultura y exaltar sin embargo todo lo ajeno.
Cada vez que hay un terrible atentado en Europa y alguien muestra su conmoción por lo ocurrido, están también los que le reprochan de inmediato no haberlo hecho cuando hubo atentados en Irak, en Siria o en Kenia. Como si no fuera humano que a uno le impacte y le atemorice más que asesinen a su vecino de escalera que a alguien que vive a miles de kilómetros. Por lo visto, tengo que avergonzarme de llorar cuando pienso en esos niños aplastados bajo las ruedas de un camión en Niza, por cuyas calles paseaba yo hace solo unos meses, si no lo he hecho antes por todos aquellos que murieron en Nairobi. A ese absurdo hemos llegado.