Documentalistas express


Todo el mundo a mi alrededor hace fotos. Todo el tiempo. Fotos aquí, fotos ahí. Fotos a comida, a paisajes, a lugares turísticos y sitios de memoria, a bancas roídas por el sol, a palacios y páramos abandonados, a coches y a guitarras, a personas exponiendo en un congreso, a artistas de diversa índole. Y de vídeos, lo mismo. Desde niños peleándose, eventos mundanos, pájaros excretando guano, o ciudadanos inciviles dando muestra de toda la capacidad que puede tener su valiente irresponsabilidad, hasta momentos cumbre de la humanidad, así como eventos clave para la solución de algún entramado político, económico o social. Todo eso sin dejar de lado el totalitarismo impuesto por el selfiísmo.

Me pregunto, ¿hasta cuándo durará esta obsesiva y compulsiva moda de, masivamente, documentar hasta el más insignificante detalle de la vida de cualquiera? ¿Será una simple moda, o será que esa manía de guardar registro de toda la insignificancia cotidiana llegó para quedarse? También me pregunto si la gente que está obsesionada con los selfies (o el selfie stick: el colmo de la haraganería e inutilidad egocéntrica), o con grabar en vídeo todo lo que acontece a su alrededor, ¿destina tiempo en algún momento para ver o repasar todas esas imágenes? Sinceramente no lo sé, pero lo que sí sé es que hubo un momento en el que la imagen y la fotografía tenían otro valor. Y no hace tanto tiempo de ello, aunque parezca, hoy en día, que hablar de la era predigital es hablar en términos prehistóricos. Los fotógrafos profesionales logran importantes imágenes con sus teléfonos móviles, indudablemente, y en ocasiones, también hay quien, sin dedicarse profesionalmente a ello, capta imágenes merecedoras de reconocimiento y admiración. Sin embargo, la sofisticación en cámaras y programas de edición en los móviles más modernos ya ha superado (y con creces) a las virtudes/limitaciones de sus usuarios (por algo son smartphones, ¿no es así?).

¿Cuál es el objetivo de mencionar lo anterior? Son dos, específicamente: la depreciación que ha sufrido el concepto de fotografía/imagen (por la masiva utilización de instrumentos fotográficos y la compulsiva adicción a documentar hasta lo más insignificante), y la irresponsable utilización del término periodismo ciudadano (que desde mi punto de vista es absolutamente cuestionable).

Antes de ahondar en estos temas tan polémicos que, per se, no tienen salidas argumentativas fáciles, sencillas o cuadradas, quisiera expresar mi completa reticencia hacia la idea de que un smartphone automáticamente le brinda a cualquier persona el título y oficio de fotógrafo y/o periodista. Pese a las grandes virtudes que tiene la tecnología como herramienta (sí, como eso: herramienta) me niego a creer que un dispositivo, un soporte o un instrumento, puede ser sustituto del criterio, el arte, el olfato, y la maestría para comprender un contexto en sintonía con la multiplicidad de imágenes que le rodean, así como para hacer uso de la palabra (escrita o de forma oral) para lograr una crónica, un relato, una narración o una descripción noticiosa de calidad.

Tanto la fotografía como el periodismo son disciplinas que coinciden en ciertos aspectos. Ambos requieren de una buena formación teórica, pero también son oficios que se desarrollan y se ponen a prueba en todo momento. Los artistas de la imagen instantánea, así como aquellos de la crónica, la narrativa y la difusión informativa, necesitan de su olfato, de su aguda vista, de su intuición, y sobre todo: su saber hacer. Y eso es justo lo que una herramienta nunca podrá brindar, ¿por qué? Porque es simplemente un instrumento para desarrollar todo lo anterior. La idea de periodismo ciudadano me repugna. Es como si a alguien, que por llevar sus cuentas y finanzas domésticas, se le llamara contador ciudadano o economista ciudadano. Es como si a cualquiera que tenga un botiquín de primeros auxilios en casa se le considerara médico ciudadano. Y no es que esté en contra de que un ciudadano cualquiera se convierta en gestor de información. Ante eso ya no se puede hacer nada, porque para bien o para mal, mejor logrado o peor logrado, cualquiera con un teléfono móvil con cámara (no sé si aún existan los que ya no la tienen) y redes sociales, puede, como he dicho anteriormente, gestionar datos, opiniones y archivos con material audiovisual. La participación ciudadana para la contribución de información e imágenes es un fenómeno imparable y que avanza a pasos agigantados, lo cual favorece al desarrollo social desde incontables aristas. Eso es algo que la generación anterior hubiera anhelado muchísimo. No es esa mi crítica o mi punto de reflexión, sino sobre el abuso de la tecnología y la irresponsable ponderación de eso sobre lo que claramente ya no tiene tanto valor, es decir: lo humano, los sentidos y el criterio. Y, en definitiva, me niego a creer que alguien automáticamente limitado a describir lo superficial o lo inmediato en 140 caracteres merece el título de periodista.

Evidentemente el acceso indiscriminado a las herramientas fotográficas y digitales para creación de contenidos ha (en muy corto tiempo) cambiado la historia tanto de las artes gráficas, la imagen, el diseño, así como del periodismo, la narrativa y la gestión informativa. Cualquiera capta imágenes y cualquiera tiene un blog, pero lo importante es saber que no cualquiera es fotoperiodista, documentalista, así como tampoco cualquiera es periodista o escritor. Basta con dedicarse a este oficio y salir a la calle a desempeñarlo para encontrarse con fotoperiodistas o fotógrafos profesionales y notar la diferencia. En ellos se advierte un instinto y una vocación. Algo muy similar a la de un médico: alguien incapaz de discernir entre su persona y su trabajo. El poder admirar hoy en día todas las obras que se concentran en la World Press Photo (por mencionar sólo un ejemplo) nos permite contemplar no sólo la captura de los momentos más extraordinarios (independientemente de las diferentes categorías que la componen), sino que estamos, de manera indirecta, contemplando y recibiendo el legado y la magia de Henri Cartier-Bresson (considerado como el padre del fotorreportaje), Jacob Riis (autor de Cómo vive la otra mitad), Cristina García Rodero (fotógrafa española enfocada en retratar usos y costumbres tradicionales en puntos nacionales e internacionales. Es para admirar y destacar el arte con el que pone a convivir el patrimonio intangible con el tangible), Helmut Newton o Dorothea Lange (fotodocumentalista norteamericana autora de Madre emigrante y otras imágenes sobre la Gran Depresión), por mencionar sólo algunos.

Sobre las artes escritas, en relación con la gestión informativa, lo mismo. A pesar de los detractores sobre el periodismo narrativo, esta vertiente (tanto del periodismo como de la narrativa) resulta en una de las expresiones escritas más complejas, ya que requiere de capacidades y habilidades en donde echar mano de lo noticioso para la creación de ficciones (y viceversa) es una constante. Algo, sin duda, que sólo los más experimentados en ambos terrenos pueden lograr. Algo apto para aquellos que dominan el oficio de extraer información, pero también el de la transcripción de ficciones gestadas en un mundo interior. Arte que nombres como Rodolfo Walsh (Operación Masacre, 1957), Truman Capote (A sangre fría, 1966) , Gabriel García Márquez (Relato de un náufrago, 1970), Javier Cercas (Soldados de Salamina, 2001) y Martín Caparrós (El Interior, 2006-2014, El Hambre, 2014) han dejado muy, pero muy en alto.

Es cierto, en este punto ya se están tratando dos terrenos absolutamente diametrales: por una parte, lo artístico, y por otra, lo de consumo masivo e inmediato. Evidentemente no podemos clasificarlos o tratarlos de la misma manera. Pero, dada la rapidez con la que la tecnología transforma el desarrollo de las sociedades, me salta la inquietud de saber, ¿hasta dónde o hasta cuándo permanecerá esta diferencia? Lo cierto, independientemente de opiniones polarizadas como la mía, es que cualquiera capta una imagen y la difunde de manera instantánea con millares o millones de personas, así como cualquiera abre un blog y publica (mas no: escribe) cualquier insignificancia. Claramente los espacios más selectos e instituciones como la World Press Photo, o diarios prestigiosos, quedarán destinados para las obras más selectas y de carácter profesional, pero aún así, el contacto entre las nuevas generaciones y el concepto de imagen (aunque sea con las herramientas de acceso a ella) ya es completamente distinto al de todas las generaciones anteriores. Igualmente con la palabra, la información y la rapidez de su difusión. La web, desde siempre, concentra cantidades ingentes e inabarcables de basura gráfica, escrita y audiovisual. ¿Cuál es el reto entonces? ¿La clasificación de ese material? Hace unos años se hubiera pensado que la especialización tecnológica, es decir, que las cámaras buenas serían para los profesionales, mientras que las cámaras de baja calidad serían para el uso común, pero actualmente ya no es así. Los smartphones cada vez tienen cámaras (y complementos digitales) más sofisticados. Independientemente de las múltiples respuestas a las interrogantes que se han planteado en este escrito, nos encontramos en un estado de transición sumamente interesante y bucólico, ya que todas esas incógnitas nos permiten plantear un sinfín de escenarios posibles. Unos más esperanzadores, otros menos. Aún así, merece la pena abrir el plano reflexivo sobre qué es lo que estamos haciendo con las artes gráficas y la manipulación fotográfica, ¿por qué nos estamos convirtiendo en una sociedad cada vez más visual y menos sensorial? ¿Qué necesidad tenemos de haber expandido una moda como el selfie? ¿Por qué todos queremos contar historias y publicarlas? ¿Será Internet el único espacio en donde exista una democracia funcional? Bueno, esta última pregunta nació hace ya más de una década, y prácticamente podemos responderla de forma negativa, pero hemos llegado a depender tanto de la tecnología que esa misma respuesta puede cambiar mientras estamos leyendo esto. Finalmente me pregunto: cómo sociedad, ¿estamos tan vacíos y negados de nuestro paso por este mundo terrenal que nos hemos obsesionado con darle sentido a nuestras acciones inmortalizándolas en un archivo inabarcable de chatarra digital? Tal vez, como siempre, tal vez.

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