Lo que pudo ahorrarnos Pedro Sánchez

OPINIÓN

21 jul 2016 . Actualizado a las 07:30 h.

Pedro Sánchez ya sabe que no puede competir por el poder real, porque las urnas no se lo dieron, ni por el poder aparente, porque sus atrabiliarias maniobras para colgar su cuadro en la galería de presidentes de Castellana 3 fallaron estrepitosamente. Por eso lamento mucho que su analfabetismo político le haya impedido leer el mensaje el 20D, que ya era diáfano, y que nos haya obligado a administrarle una segunda dosis -más fuerte- de derrota electoral. El problema de Sánchez fue que confundió un proceso de altura, en el que figuraba como perdedor, con una contienda imaginaria entre un presunto reformador, progresista e impoluto -es decir, él mismo- y un presunto reaccionario, indecente y pasmao, que era Rajoy. Por eso montó su candidatura sobre una apropiación indebida de los votos de toda la oposición, hasta quedar aplastado por su propio postureo.

Pero este don Pedro, que ya probó la hierba amarga, sigue sin saber la teoría. Y por eso se retiró de la contienda de forma insensata, tendiendo celadas al sistema, y sin ayudar limpiamente, solo con lo justo, a la formación del Gobierno. Y ahí seguimos. Porque si bien es cierto que Rajoy está acumulando éxitos, controlando las Cortes, dejando a Podemos en la penumbra, obligando a Rivera al aggiornamento estratégico, mostrándose como un negociador sagaz y oportuno y dejando al PSOE aislado en su frustración, no tenemos ninguna seguridad de que la legislatura pueda ser exitosa, de que no se esté preparando la cutre y aviesa maniobra de formar un Gobierno sin fuelle para rebozarlo en su propio fracaso, ni de que no acabemos confundiendo el desastre del Gobierno con el éxito imaginario de una oposición desleal.

Por eso Sánchez enreda contra todos. Contra los nacionalistas, como si darle salida a la situación, a favor del ganador, fuese lo mismo que montar un barullo indecente a favor del perdedor. Contra los independentistas, como si fuese lo mismo sumarlos al derecho a decidir de Podemos que secarles cualquier posibilidad de progresar a base de desórdenes institucionales. Contra Rivera, intentando que su disposición a facilitar la investidura de Rajoy, con su geometría variable de pactos, equivalga a asumir toda la corrupción y todas las ramplonerías discursivas del PP. Y contra los propios populares, a los que quiere convencer de que ganar o perder no da derecho a nada y de que hay una democracia sui generis en la que valen lo mismo victorias y cambalaches.

Por eso seguimos sometidos -a través de Sánchez- a la tiránica y obsesiva endeblez de Luena y Hernando y con el temor a que el PSOE sufra una nueva e irreversible catástrofe. Porque a quien no sabe perder lo ofusca la derrota, hasta hacerle confundir su contumacia con la fortaleza ilimitada que mostraban las pilas del palista de Duracell: ¡Y duran?, y duran?, y duran?!