El último gesto antes de las elecciones o la legislatura


Redacción

Ella se acostó a su lado con bastante descuido para que despertara y se fuera. Él despertó a medias, en efecto, pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada. Ella lo sacudió por el hombro para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la cama de plumas de sus bisabuelos, que prefirió capitular: «?Déjame aquí ?dijo?. Sí había jabón.» (García Márquez, G., El amor en los tiempos del cólera).

Me parece percibir que la convivencia doméstica es sobre todo el arte de las primeras palabras y de las primeras reacciones. No importa lo segundo que se diga al llegar a casa ni lo segundo que se le diga a quien llega a casa. Según que la costumbre sea que ese primer gesto sea sonriente o refunfuñón, así será de amable o áspera la convivencia en esa casa. Sin embargo en política, como en cualquier actividad donde parte del éxito consiste en que los demás crean que tenemos éxito, lo importante es el último gesto. Se dijo que Cristiano Ronaldo había marcado el penalti «decisivo» en la final de la Champions. En realidad, el Madrid ganó por un penalti de ventaja, por lo que todos fueron decisivos. El de Ronaldo simplemente fue el último y eso hizo parecer que lo más importante lo había hecho él.

En este momento en que se estrechan las negociaciones, estamos viendo lo que ya vimos en la legislatura fallida y que tiene que ver con la gestión del último gesto. La iniciativa de negociación corresponde siempre a quien está en situación de formar gobierno. En la legislatura que no fue le tocaba al PSOE. No hace falta sacar la calculadora: si antes la Presidencia del Congreso fue para Patxi López y ahora para Ana Pastor, es porque esa era la correlación de fuerzas. En las nuevas elecciones, las izquierdas perdieron 5 diputados y las derechas ganaron 6, lo que hace 11 diputados de diferencia, mucha diferencia en un parlamento tan quebrado. En las elecciones fallidas, el movimiento aritméticamente relevante era el que hiciera el PSOE hacia Podemos y consistió en la siguiente oferta: Podemos debía apoyar a un gobierno del que no formaría parte; el gobierno se basaría en un documento que Podemos no podía tocar; el documento era tan bueno que Podemos tenía que apoyarlo, y esa era la oferta: que no estorbase. Es imposible que el PSOE creyera que eso era una negociación, pero sabía quién debía hacer el último gesto. El último eslabón de la cadena que llevó a las nuevas elecciones fue el no de Podemos, lo que podía darle tanto protagonismo en el fracaso como a Cristiano tirar el último penalti. Por eso lo del PSOE fue un órdago más que una negociación: después de tu negativa no viene nada, a ver si te atreves. Algo parecido viene ocurriendo en Asturias, donde las negociaciones del PSOE con Podemos están siempre presididas por el argumento que sintetizó desde el principio Javier Fernández: «¿Qué se puede negociar con Podemos?»

Ahora la iniciativa evidente le corresponde al PP. Se dice que es normal que el PP proponga las ideas del PP. No es así. La legislatura del PP fue pródiga en escándalos y delitos. Y en lo político fue radical y contestada. Ahora el PP tiene que entenderse con quienes se enfrentó y tiene que crear un clima favorable en los dos aspectos. Nadie quiere ensuciarse las manos con asociaciones delincuentes y el PP debería dar alguna señal de dejar de proteger a tanto macarra. No sé si lo de que Jorge Fernández pudiera presidir el Congreso iba en serio o sólo se dijo para que pareciera que C’s había arrancado algo al PP. Es igual. El hecho de que se haga público que personaje tan infame era aceptable como tercera autoridad del Estado indica que el PP no hará ningún gesto para que deje de apestar la administración. En lo político, podrían ofrecer al PSOE negociar las leyes más extremistas del PP, educación, mordaza, reforma laboral y tantas otras. En lugar de eso, sueltan a Cospedal para decir condescendiente que sólo aceptarán cambios que hagan a esas leyes «aún mejores», cuando la derogación de semejantes bodrios debería ser la condición de cualquier acercamiento al PSOE. Pero el PP está pensando también en el último gesto. Mientras sigamos encadenando elecciones ellos siguen en funciones. En la mente de los españoles domina, como en la final de la Champions, lo último más que lo importante. A los españoles les va dominando ya el hastío de tanta negociación fallida más que el recuerdo de la legislatura que deberían sancionar. Es el tipo de hastío que llevaba al Juvenal Urbino de García Márquez a reconocerle a su mujer la falsedad de que sí había jabón en la bañera, para dormir en su cama y acabar con aquella discusión conyugal que lo mantenía desterrado en el sofá. Rajoy sabe que si vuelve a fallar la formación de Gobierno, en unas próximas elecciones los españoles dejarán de pensar en educación o pensiones, le dirán hastiados y sin querer discutir que sí había jabón y lo aproximarán a la mayoría absoluta.

Por eso el PP le deja al PSOE el último gesto. Hay algo que está por encima del saqueo delincuente de las arcas públicas y de leyes extremistas: la responsabilidad de permitir que haya Gobierno, que España, como las ranas de Esopo, quiere ser gobernada. Y de nuevo, la negativa del PSOE, por ser el último gesto, será la responsable del desaguisado. De nuevo órdagos en vez de negociaciones. El PSOE ya debió aprender que la propaganda que amenaza caos absurdos (Venezuela, ruptura de España, terrorismo) hace impunes los delitos del PP, mientras que a él el miedo no le da ningún voto. También debió aprender ahora que la unidad de España aguanta bien hablar con políticos nacionalistas como si fueran políticos, como hace el PP. Con 161 diputados y un par de abstenciones nacionalistas, no quiso ser Presidente porque esas abstenciones rompían España. Quizá ahora esté aprendiendo que lanzar órdagos no es lo mismo que buscar entendimientos.

Podemos, no se sabe si por necesidad o por reflexión, está haciendo lo que le toca hacer ahora: callar. Él no puede ser un actor relevante en esta fase de la comedia. Ni puede repetir los golpes de efecto de cuando aparecían por primera vez en el Parlamento, porque ya no sería la primera vez. Les toca esperar y recuperar ese millón y pico de votos siendo más Podemos y menos Zapatero. Puede que ellos lo estén entendiendo así o puede que el juego de Rajoy los deje fuera de foco a propósito. Mientras tanto, C’s sigue a lo suyo. Es un partido frentista que quiere parece dialogante. Realmente, C’s quiere favorecer cualquier combinación que deje fuera a Podemos y a los nacionalistas. Es un partido que quiere entendimiento entre los españoles propiamente dichos y que señala con más explicitud que nadie qué españoles no sirven para España. Sus maniobras tienen tanto de búsqueda de acuerdos como de cizaña. Los maniobreros de toda condición fueron siempre así. Siempre buscaron alianzas, lo que no quiere decir que fueran gente de consenso. A veces resultan un poco infantiles haciéndose los hombrecitos y señalando deberes como si pintaran más de lo que pintan. Especialmente gracioso resulta que se pongan pavitos con el PP, como si pudieran hacer otra cosa que lo que esperan de ellos quienes los pusieron ahí. Tienen suerte de que en España la mentira cuesta poco. Cuando uno hace lo contrario de lo que dijo, sólo tiene que adoptar aire de tragedia y señalar la gravedad del momento para que parezca que su incumplimiento es un sacrificio por una causa superior. Rajoy lo hace a diario.

El PSOE tendrá que hacer prácticas de una de las varias lecciones que fue aprendiendo. Puede tragarse el sapo del último gesto que le brindó a Podemos y abstenerse en segunda votación «por responsabilidad». O puede ayudar a convencer a los nacionalistas a que arrimen el hombro para que no sea culpa suya que gobierne el PP, y tragarse el sapo de no haber formado gobierno porque los nacionalistas rompían España (hace un par de meses). Mientras tanto, cada vez más españoles hastiados están dispuestos a reconocer que había jabón y que no les molesten.

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